En el ingreso sur a nuestra ciudad, viniendo de Buenos Aires, inmediatamente después de la primera curva peligrosa, sobre terrenos presuntamente fiscales, desde hace unos cuatro meses se ha levantado un pequeño ranchito.
En el mismo, de tres metros por tres, con cuatro tijeritas de eucaliptus, restos plásticos y de madera por pared, y cubierto por silobolsa, vive una familia numerosa completa.
Él hombre tiene 43 años, ella 40, ambos desocupados, con sus seis hijos, todos menores, de 15 años, de 10, de 8, de 4, de un año y 7 meses, y el bebe de tan solo 4 meses.
Los ocho duermen en ese rancho de plástico y madera sobre el piso de pasto y tierra, sin ventanas ni ningún tipo de ventilación. Los ocho esperan ahí adentro el inminente invierno.
Alguien les prestó una vieja cocina, pero no tienen garrafa. Alguien les dio jabón, y el tendal de ropa de distinto tamaño da fe de ello. Caminan 200 metros para traer agua. Van al baño donde pueden y a cielo abierto.
Desde el estado le prometieron una manguera para traer agua, unas chapas, unos colchones, frazadas, pañales. Pero en seis años que llevan de un lado para el otro, como nómades modernos, el estado nunca cumplió.
El sustento económico de este grupo familiar es casi inexistente. El padre hace la changa que consigue, su oficio es de artesano del cuero, pero tiene problemas en la vista que urgen tratamiento.
La madre no puede trabajar, los gurises y sus problemas cardíacos, que no son tratados, se lo impiden, especialmente porque los dos más chicos, con menos de dos años, sufren de los bronquios.
Así espera el invierno esta familia numerosa. En un indigno rancho en condiciones infrahumanas ante los ojos del pueblo.
Gualeguay21

7 septiembre, 2026 12:22 am/
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