En los últimos años las campañas deliberadas para quebrar la credibilidad del periodismo parecían haber hecho mella en la labor periodística. Los casos más escandalosos de grandes medios tergiversando hechos y datos para proteger privilegios o atacar gobiernos que amenazaban sus intereses, no colaboraban en nada con el escenario.
Pero aquellos medios y periodistas que supieron mantenerse por encima de “la brecha”, ahondando en la profundidad de las tramas de intereses y corrupción que atraviesan a la política y sus vínculos con empresarios, han tenido su merecido reconocimiento con el paso del tiempo.
El papel para envolver los huevos
Desde tiempos lejanos, el periodismo se consolidó como herramienta de control frente al poder, en cualquiera de sus formas. Aquellas frases que identificaron al periodista con el “moscardón jodiendo detrás de la oreja” o la figura del “perro guardián” hoy vuelven a cobrar plena vigencia después de un período de descrédito generalizado que embarró a todos por igual, sin discriminar entre quienes ejercían una verdadera labor periodística y quienes se disfrazaban de tales para “operar” políticamente o a favor de intereses concentrados.
Fueron unos cuantos los que ladraron en el desierto durante varios años cuando las denuncias periodísticas que vaticinaban la corrupción que hoy se constata a montones, eran tildadas de “maniobras”, “operaciones” y otros epítetos que intentaban minimizarlas.
Es que por aquellos días, el Poder Judicial era cómplice de la situación: desde la inacción, el silencio o el encubrimiento. Y los periodistas parecían “loquitos sueltos” que tiraban piedras al Palacio de Cristal, mientras Jueces y Fiscales miraban pasar las denuncias periodísticas con las que luego envolvían los huevos que compraban en el almacén.
¿Cambio de época?
Muchos atribuyen este resurgimiento del Periodismo como vigilante activo de los desvíos del poder al cambio del escenario político en la Argentina. Sin embargo, es indispensable preguntarse si fue realmente el cambio de Gobierno el que reacomodó las cosas y volvió cada pieza a su lugar o si, en cambio, se trató de una conquista del propio periodismo que logró sobreponerse a los ataques y demostró, una vez más, que su labor trasciende las coyunturas electorales.
En todo caso, el efecto “político” puede haber incidido de forma más directa en el Poder Judicial que mostró un claro cambio de actitud desde la asunción de Mauricio Macri. El caso no hace más que ratificar la fuerte dependencia de la justicia respecto al poder político, la falta de coraje de jueces y fiscales que jamás se animan a investigar a funcionarios en ejercicio y esperan que el “árbol esté caído” para impartir su peculiar sentido de la “justicia”.
Pero ese no es el caso del Periodismo. En las investigaciones que hoy cimentan cuantiosos expedientes judiciales, los periodistas construyeron sus propias bases de legitimación desde la convicción que la labor vale la pena, que la ciudadanía necesita de un periodismo activo, que el control al poder se ejerce en cualquier tiempo y contexto, aún a pesar de las represalias y las maniobras que el poder de turno ejerce con toda violencia.
Tapar el sol con la mano
Podrán haber cerrado medios que incomodaban a los intereses preponderantes del momento, podrán haber comprado los principales diarios de la provincia, podrán haber acallado las voces de los que tienen precio, pero el periodismo ha triunfado a pesar de todo.
Los esfuerzos sostenidos por unos pocos, contados con los dedos de una mano, y el compromiso con la palabra, con la voluntad de descorrer el velo de los negociados, de sacar a la luz los estrechísimos lazos del poder empresario con el poder político, se han impuesto por fuerza propia.
No es novedad que el sol no puede taparse con la mano. O que el agua puede frenarse con un dique: tarde o temprano, por algún lado pasa la barrera y se derrama con la contundencia de las verdades que trataron de ser aprisionadas y hoy explotan por los aires.
El periodismo está vivo y goza de muy buena salud.
Adrián Pino

















