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Algún día todos los niños…


… tendrán niñez. ¿Qué quiero decir? Lo que es esperable en esa hermosa etapa de la vida. Que tengan alimento, teta y cariño, leche, puré. Salud. Familia y amigos. Escuela. Escucha. Cobijo. Juegos. Barriletes, plaza, deportes, cine, chupetines y un montón de cosas más.

Algunas de estas situaciones aparecen reflejadas en las publicidades de artículos para niños: pañales, alimentos, ropa. Ni siquiera hace falta que sea tan naïf. Lo importante es que sea.
En el día de todos los niños quiero pensar en aquellos que son felices y serán hoy festejados como se merecen. Saldrán a pasear o tendrán algún regalito. Reirán y bailarán como Dios manda. Sus propios papás, o sus abuelos, tíos o primos, se encargarán de ellos. Serán hoy niños contentos porque así son tratados todos los días del año.
Pero no quiero dejar de lado a los que están afuera de esa realidad, y que son unos cuantos. No es mi intención aguar la fiesta, sino desear que sea para todos.
Hoy no hay día especial para las niñas y adolescentes secuestradas para la prostitución infantil. Tampoco para los pibitos que son usados como mulitas para trasladar droga de un barrio a otro, o para cruzar la frontera con mercadería de contrabando. No lo hay para los que van a la cama a las 3 de la mañana después de cartonear, o los que 2 horas después que ellos se acuesten se tienen que despertar para ir a trabajar al campo.
Algunos dormirán tapados por un perro como mejor abrigo, y otros estarán tratando de pegar un ojo en terminales de ómnibus, trenes, o el hall de algún hospital.
Un antiguo libro de la Biblia dice que “el que siembra vientos, cosecha tempestades” (Oseas 8, 7). ¿Qué esperamos para mañana y pasado como sociedad? O mejor aún: ¿qué esperamos para hoy? Hay muchos niños que esperan niñez. Es injusto que mendiguen. Que no tengan mesa para comer, mesa para hacer los deberes, mesa para la familia. No es su culpa ser niños pobres. ¿O sí?
En América Latina, y también en la Argentina, la mitad de los pobres son niños, y la mitad de los niños son pobres. “Los cuente quien los contare”, como dijo el Cardenal Bergoglio en una oportunidad.
Hay un hombre grande que es amigo de verdad de los chicos más pobres. Es el Dr. Abel Albino, que se dedica desde hace años a luchar y trabajar para erradicar la desnutrición infantil. Él insiste ─como puede comprobar quien se tome el tiempo de leer mínimamente─ que el cerebro desarrolla especialmente su volumen y capacidad en los primeros 6 años de vida. Lo que no se logra en esa etapa no se puede suplir y deja secuelas irreparables. Es la única enfermedad mental producida por el ser humano. Escuchando sus reflexiones me conmovía. Miles de seres humanos pequeños están hipotecando su presente y su futuro. No podrán avanzar en la escuela, no podrán entender el teorema de Pitágoras ni realizar razonamientos con alguna complejidad. ¿Están condenados? ¿Por quiénes? ¿A quién le toca solucionar esta grave injusticia? Primeramente al Estado en sus diversos niveles. Pero también a la sociedad toda. Te pongo un ejemplo. Si vos sabés cuánto es tres más cuatro, o veinte menos quince, si vos estás leyendo estos renglones sin ayuda de nadie, entonces vos estás en condiciones de saber que en un país que exporta alimentos para casi diez veces su población, no debe haber ni un solo niño desnutrido. Que los haya es irracional e inmoral. Y los hubo, y los hay. Eso es un insulto a la condición humana.
Hacemos bien en quejarnos de la inseguridad y en reclamar medidas eficaces que protejan a todos los ciudadanos. Pero advirtamos también la violencia que están recibiendo tantos pequeños, y reivindiquemos sus derechos. Exijamos para los pequeños, grandes derechos.
Cuando imaginamos una casa hacemos un plano que nos guíe para construir lo que deseamos. ¿Cómo te parece que es el plano que estamos utilizando para construir esta sociedad? ¿Hay lugar para todos los niños?
En estas semanas me conmovieron de manera particular las imágenes de los niños que mueren o son heridos en la guerra. En esos lugares ellos sienten miedo a las bombas, las explosiones, las sirenas. Miedo a perder su familia. Esas fotos de niños muertos o llorando son una desgraciada muestra de una humanidad desquiciada. Y muchos adultos, que también tienen miedo, les crean desde la imaginación espacios de paz en medio de la guerra.
En el Evangelio se nos cuenta que Jesús niño tuvo que huir porque lo buscaban para matarlo. Constantemente pienso en esa situación en estos días.
Hace poco el Papa Francisco nos hacía tener en cuenta a otros miles de niños: “Me urge llamar la atención sobre decenas de miles de niños que emigran solos, no acompañados, para escapar a la pobreza y a las violencias. Esta es una categoría de migrantes que, desde Centro América y desde México, atraviesa la frontera con los Estados Unidos de América en condiciones extremas, en busca de una esperanza que la mayoría de las veces resulta vana. Ellos aumentan día a día. Tal emergencia humanitaria reclama en primer lugar intervención urgente, que estos menores sean acogidos y protegidos. Tales medidas, sin embargo, no serán suficientes, si no son acompañadas por políticas de información sobre los peligros de un tal viaje y, sobre todo, de promoción del desarrollo en sus países de origen. Finalmente, es necesario frente a este desafío, llamar la atención de toda la comunidad internacional para que puedan ser adaptadas nuevas formas de migración legal y segura” (11-VII-2014).
Varios migran con sus familias, y muchos lo hacen solos, exponiéndose a las mafias de trata para la explotación laboral o sexual.
Esperemos que esté cerca el día en que todos los niños tengan niñez.
Algunas historias de vida tienen esa espesa densidad que solo da el dolor. Así son las vidas de las Abuelas de Plaza de Mayo que, en Argentina, superando sufrimientos y atesorando esperanzas, llevaron adelante un camino sólido y tenaz en la búsqueda de sus nietos nacidos durante la última dictadura militar (1976-1983) mientras sus madres permanecían secuestradas en la clandestinidad.
El martes 5 de agosto la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, fue informada por la jueza a cargo de la causa que habían encontrado a su nieto Guido-Ignacio, hoy un hombre de 36 años. Todo un símbolo para nuestras sociedades latinoamericanas, tan castigadas en cuestiones de apropiación de identidad y atropellos a la dignidad humana.
Hoy en la Iglesia se conmemora a San Lorenzo, un diácono de los primeros siglos del cristianismo, que fue martirizado a causa de su fe en el año 258. A él le rezo por todos los diáconos, y por quienes son perseguidos y asesinados hoy en el mundo por ser cristianos.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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