Ya llevaba varios días rezando por ella, ahí, en ese rincón, siempre sentada sobre la desvencijada silla de paja y pino, solo cubierta por un colorido almohadón de lana tejida.
Juana le había prometido a la Virgencita dedicarse a rezar todo el tiempo que pudiera mientras ella estuviera enferma, y, así, cuando estaba, el murmullo de sus oraciones inundaba los ambientes.
O sea, cuando Juana no estaba en el puesto del mercado o atendiendo alguna emergencia de sus hijos, estaba allí, rogando por ella y su salud.
En la media luz de la cocina, único estar aparte de la pieza donde dormían, Juana se adormecía por el cansancio, así que intentaba despejarse concentrándose, entre rezo y rezo, en recuerdos sobre todo lo que le debía a ella.
No era para menos, habían bastado solo unos segundos cuando ella le tomó la mano y la escuchó, aquella vez que vino al barrio, para que su vida y la de sus chicos cambiara para bien.
Los materiales para levantar esa cocina donde ahora rezaba, el puesto en el mercado, la plata para los primeros cajones de verdura, y, de repente, un “Uy” se le escapó en el silencioso anochecer: Había recordado que ella también le había conseguido los anteojos para el Cholito, el del medio.
“¿Que vamos a hacer si se nos va…?”, solía preguntarles a las más grandes mientras tomaban mate y los más chiquitos jugaban en el patio, recordándoles que el barrio entero estaba en deuda con ella, y que igual faltaban tantas cosas todavía.
El silencio estiraba los rezos, los recuerdos y hasta algún sueño, algún deseo, en aquel frío anochecer invernal, cuando en las penumbras se le acercó Josefina, la mayor, que acababa de llegar de lo del Cacho, su novio, que vivía por ahí cerca.
En silencio, la hija le tomó la mano, y sus miradas se encontraron.
Pocos segundos bastaron, sin que mediara palabra alguna, para que Juana comprendiera de qué se trataba y se liberaran sus lágrimas desde sus cansados ojos por el sabido desenlace.
Así, ya sollozando, Juana se fundió en los brazos de la Jose, mientras afuera, la noche y la neblina vestían de luto a la barriada, y desde las casas y casillas se rebelaba la tristeza en conmovedores llantos.
Así se fue ella, prometiendo volver y ser millones, y haciendo que por generaciones nadie pueda olvidar aquella noche del 26 de julio, hace 62 años atrás.
Más allá de la controversia instalada y alimentada por los poderes hegemónicos nacionales a lo largo de la historia, y de la malversación de su ejemplar legado, su efímero paso por la vida pública jamás podrá ser borrado de las páginas de nuestra historia.
Solo que bregar para que la política la honre más allá del discurso casual y oportunista de esta fecha.
Norman Robson para Gualeguay21

10 septiembre, 2026 2:21 am/
Cuando quienes lucimos canas éramos chicos, el palo borracho era un árbol muy simpático, fruto de...

















