En la actualidad, nuestra Sociedad vive un estado de desorden que, a los ojos de algunos, no responde a una coherente evolución de la misma, tal como ocurre en otros casos.
El Cambalache de Enrique Santos Discépolo, de premonitoria vigencia, desnudó nuestros más mezquinos vicios, pero hoy, pasados más de ochenta años, su visión se instala como una Realidad ya casi institucionalizada por la propia Sociedad.
“Nosotros somos así…”, se escucha decir con frecuencia, entre la aceptación y la resignación.
Para muchos de los que hoy peinamos canas, hemos pasado los 50 y alguna vez fuimos bautizados Hijos del Proceso, algo no salió como tenía que salir y la cuestión se desmadró.
Me refiero a que no somos pocos, afortunadamente, los que vemos que la evolución de nuestra Sociedad, en algún momento del último medio siglo, equivocó el rumbo, y ese desvío provocó una severa degradación en la Convivencia, lo que impacta negativamente en la Calidad de Vida de los Ciudadanos, sin distinción de rango o color social.
Libertinaje y barbarie
Síntoma de esto es el marco de extrema intolerancia y agudo egoísmo que se vive hoy en día y despierta en los Individuos sus instintos más primarios, llegando al extremo de la violencia, y sumiéndolos en la incredulidad, en la indiferencia, en el facilismo y en el comodismo propios del libertinaje y la barbarie
Como Diagnóstico, según se desprende de un rápido vistazo a nuestra realidad en general, y a ese marco social en particular, vemos que esta situación que hoy vivimos está estrechamente ligada a la ausencia de Autoridad en todos los órdenes de nuestra Convivencia, la cual, a lo largo de décadas, ha hecho desaparecer el Respeto y ha generado este imperio de Desorden y Caos que hoy algunos vemos casi institucionalizado.
Esta Realidad, hoy puede ser entendible, pero, de ninguna manera, puede responder a un proceso de evolución, sino de involución, razón por la cual se insinúa, en un futuro no tan lejano, un preocupante Apocalipsis Social.
Pero, más allá de esto, lo que más preocupa a quienes nos educamos en la época del Vigilante, del Juez y de la Colimba, son las consecuencias de este proceso involutivo en el Desarrollo Social de nuestra Sociedad y en la Calidad de Vida de nuestros Ciudadanos.
El gran desafío
Ahora bien, el desafío en este caso es, por un lado, confirmar el Síntoma y el Diagnóstico, y, por el otro, dilucidar cómo llegamos a esta situación, todo esto sin morir en el intento, ya que para ello debemos desnudar nuestros más inconfesables vicios y pecados, ponerlos sobre la mesa, desmenuzar cada uno, reconocerlos, y, finalmente, tratarlos en la búsqueda de acciones correctivas.
Es que, en realidad, somos fanáticos especialistas en excusarnos y desligarnos de la Realidad que construimos y que hoy vivimos, y de la cual nunca, hasta donde sabemos, nos hemos hecho cargo.
Por eso, en el afán de creer que algún día nos desayunaremos maduros, a continuación abordamos esto a ver que resulta.
Bienvenidos al sistema
De acuerdo a la decisión de nuestros Constituyentes, desde hace tiempo atrás, nosotros vivimos dentro de un sistema democrático y republicano, constituido por tres poderes independientes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, los primeros dos en manos del Poder Político, elegido por el Pueblo, y el tercero elegido por concurso, supervisado por los dos primeros.
Estos tres poderes diseñados para convivir en un equilibrio formal, tienen como contralores al Cuarto Poder, conformado por el periodismo, y al Poder Ciudadano, el cual integran el Poder Económico, el Poder Sindical, el Poder Eclesiástico, las Fuerzas Vivas, etcétera.
Así es como está determinado que funcione nuestro sistema de Convivencia y como funciona en otras partes del mundo, pero, en nuestro caso, no todo es tan fácil…
En nuestra Sociedad, donde desconocemos que todos somos socios de todos, el equilibrio se ha roto mal, el juego de poderes enloqueció peor, y la Sociedad se encaminó, desbocada, en un escalofriante proceso de degradación social.
Quienes vemos este escenario imaginamos a las ovejas, inocentes, mezcladas con los lobos, necios y voraces, marchando ignorantes y patéticamente ordenados hacia un inminente holocausto social.
Ante esta realidad, no pretendemos sugerir un Estado Paternalista, sino un Estado Presente en el pleno cumplimiento de todos sus deberes constitucionales.
O sea, creemos que el Estado no debe coartar las libertades sino que las debe controlar, evitando el libertinaje, su degradación en barbarie, y promoviendo el Orden Público y la sana Convivencia.
Semáforos eran los de antes
Sentados en alguna esquina urbana, vemos que las últimas décadas, las ganadas y las perdidas, han dejado una profunda huella de necia estupidez en nuestra Sociedad, haciendo desaparecer valores indispensables como el Orden, la Autoridad y el Respeto, al punto de que hoy los semáforos ya no son como eran antes.
Si bien se ha instalado que los viejos consideramos que todo tiempo pasado fue mejor, quienes hoy analizamos esta Realidad, cuando éramos muy chicos, fuimos enseñados en la convicción de que cuando el semáforo está en rojo, debemos detenernos, porque, si no lo hacemos, violamos la Ley.
En aquellos tiempos, sorprendentemente no tan lejanos, la Ley no se violaba, se respetaba y a rajatablas, pues, sino, el Vigilante o el Juez nos metía presos, y si éramos menores, metían presos a nuestros padres.
Así fue como nos educaron, pero hoy, parece ser que esto ya pasó de moda, o no es más así.
Tal es así que la culpa de pasar un semáforo en rojo hoy puede ser compartida entre el transgresor, sus padres, la humedad ambiente, y hasta su maestra de jardín de infantes, sin olvidar, por supuesto, su afiliación política.
Todo depende de todo
Hoy, al evaluar nuestra Realidad, nos encontramos con que todos los Compromisos y las Responsabilidades están relativizados y flexibilizados propendiendo un caótico marco de Convivencia, donde esta está absolutamente desordenada con todas las normas corruptas.
Tanto es así que, hoy, normas históricamente indiscutibles son puestas en duda de acuerdo a los intereses particulares según el lado de la biblioteca jurídica que se las mire, siempre y cuando antes no se haya expedido al respecto algún programa de televisión.
Por eso, recordando nuestra tradicional “viveza criolla” y el dicho “hecha la ley, hecha la trampa”, una vez rota la regla, hoy ya no se sabe a quién culpar, menos a quién penar, y las Instituciones que deben iluminar la Realidad e imponer la Ley y el Orden brillan por su ausencia.
Basta para esto recordar al motochorro que se hizo famoso internacionalmente gracias a un video viralizado filmado y subido por un turista que estaba siendo asaltado por él. Ante el hecho, la Sociedad lo excusó porque era el cumpleaños de su pequeño hijo y fue recibido por varios programas televisivos para que comparta su experiencia de vida con la audiencia.
Ahora bien… ¿Qué medió en el medio de nuestra historia para llegar a esto? ¿Cómo se perdió la Autoridad y el Respeto para llegar a este escenario de Desorden y Caos donde cada uno puede hacer lo que se le da la gana?
El derrumbe de la Política
Lo primero que uno piensa en este caso es en la Política, y, en este sentido, debemos convenir que la Sociedad solo puede llegar a este escenario con su complicidad, ya que nada de todo esto que pasó podría haber pasado sin la anuencia cómplice de los políticos al frente del Poder Ejecutivo o ubicados en las bancas del Poder Legislativo, quienes no pueden alegar no haberse percatado de lo que ocurría.
Esto indicaría que este proceso de degradación social podría haber comenzado con la prostitución de los cuadros políticos, la cual podría haber ocurrido “casualmente” a partir de los diferentes procesos no democráticos, ya que hasta los años sesenta, nos guste o no, tuvimos políticos comprometidos con el Estado.
Perón, Illia y Frondizi, más acá en el tiempo solo Alfonsín…
Desde aquellos tiempos a hoy, los Políticos y la Política han dilapidado su ascendencia en el pueblo canjeándola por un profundo y arraigado descrédito popular.
De este modo, hoy, a los ojos del pueblo, la más digna de las actividades civilizadas, es considerada, masivamente, como inmoral, indecente y, básicamente y corrupta, y sus cultores, la peor calaña de la sociedad. Y poco se equivocan.
De este modo, ante el descrédito popular, la Política quedó, a lo largo de los años, en manos de una misma casta de Políticos, todos enquistados en el sistema, y que enquistaron en el mismo a sus amigos, a sus herederos, y a los amigos de sus herederos, perpetuándose una nefasta dinastía dirigente que logró, al cabo de los años, ser cualquier cosa menos representantes de los legítimos intereses del pueblo, sino una mafia de mezquinos oportunistas en busca del enriquecimiento personal.
Esta casta gobernante, sin distinción de colores políticos, en realidad divorciada de cualquier ideología, fue progresivamente consolidándose y ausentándose cada vez más del territorio en todos sus papeles protagónicos, abandonando a los ciudadanos a la buena de Dios.
Como resultado de todo esto, las Políticas Públicas desaparecieron de la faz territorial y todo se redujo meras escenificaciones de corte mediático.
El derrumbe de la Ley
Si bien hoy las Leyes siguen siendo las mismas, a la hora de desoír la ley cobra valor cualquier tipo de atenuante y/o condición, meras excusas para quienes ya peinamos canas.
En este sentido, vemos que hoy están deformados o desvirtuados conceptos indispensables para una sana Convivencia, como lo son los roles y las responsabilidades de los individuos y del Estado, los cuales conforman la base del Estado de Derecho, indispensable para una sana convivencia.
Pero hoy hemos llegado a un punto de inconvivencia consentido por el sistema, e impuesto como normal, al punto de casi institucionalizarlo.
Hoy no hay reglas de juego claras, pero no porque no haya Leyes, sino porque no las respetan ni los Ciudadanos ni el Estado, y no las imponen las Instituciones, ni la misma Sociedad, lo que hace que hayamos perdido el Estado de Derecho y que la Justicia sea cada vez menos justa.
Cabe recordar, en este punto, que el Estado de Derecho, elección Constitucional de nuestra República, es aquel sistema por el cual existen, por un lado, reglas y garantías que rigen la vida de los Ciudadanos en comunidad y, por el otro, Instituciones responsables de hacerlas cumplir para que se dé un sano marco de Convivencia.
Cabe recordarlo pues pareciera que hemos olvidado que, si bien la Ley deber ser acatada por los Ciudadanos, es deber primigenio del Estado hacerla cumplir para que, de ese modo, a la hora de la Justicia, ésta no esté teñida de injusticia. Algo que, lamentablemente, ocurre cada vez con más frecuencia.
Por lo tanto, a la hora de la Convivencia, un Estado de Derecho degradado, sino ausente, destruye la Autoridad, fomenta la falta de Respeto y, por supuesto, promueve el Desorden y el Caos.
De muestra basta un botón: si bien el normal de los Ciudadanos hoy conoce profundamente sus Derechos laborales, desconoce casi totalmente sus Derechos civiles, sus tan afamados Derechos Humanos, y, cuando el Estado los recuerda y se los reconoce, se manifiestan ridículamente agradecidos.
De este modo, la Ley perdió todo su valor y los ciudadanos, rápidamente, comenzaron a olvidar todos sus Derechos y a sacrificar todos sus accesos más básicos: al trabajo, a la salud, a la seguridad, a la educación y a todo lo que garantiza su Calidad de Vida.
El derrumbe de la Opinión Pública
Así como hoy la Justicia está para ser discutida y no para ser cumplida, lo que hace que se diluya en las tinieblas de la discusión, algo similar ocurre con la Realidad.
Si bien es cierto que nada es absoluto y que todo es relativo, también es cierto que hay una excepción que hace la regla: lo único absoluto es la Realidad, pues hay solo una.
O sea, cuando es de noche, la Realidad es que es de noche, mientras que si es una linda o fea noche es algo sujeto a la visión particular de cada uno. Se puede discutir si es linda o es fea, pero no se puede discutir que es de noche.
Pero, al igual que ocurrió con la Justicia, por alguna razón, hoy, cualquier Realidad expuesta siempre es parcial y tendenciosa, provenga de donde provenga, la diga quien la diga.
Como parte de la ausencia de Autoridad y Respeto imperante, toda Realidad difundida por algún medio, sea periodístico o no, ha sido desacreditada sistemáticamente hasta instalar la concepción de que todo, medio o no medio, está prostituido, lo que terminó destruyendo totalmente la Opinión Pública, al punto de que hoy prácticamente ya no existe.
Al imponerse la convivencia de muchas Realidades, la Sociedad se ahoga en la desinformación y la incertidumbre, sin saber ni que creer ni a quien creer, ya que la Realidad que le presentan ahora es una visión, una opinión, o un mero punto de vista particular o sectorial y siempre tendencioso.
O sea, hoy, cualquier realidad es tan verdadera como uno quiere considerarla, y no importa si es real o no, y todo lo que uno lee, ve u oye está sujeto a quien lo dice, lo cual está, seguramente, supeditado a los intereses del sector al cual pertenece quien lo dice, y, también, seguramente, lo dice porque responde a una visión interesada de lo que dice.
De este modo, al desprestigio de la Política y a la degradación del Estado de Derecho se sumó la destrucción de la Opinión Pública, de forma de que, sin representantes en el Poder, sin derechos, y sumidos en la incertidumbre, sin tener a quien recurrir, los otrora Ciudadanos se han convertido en verdaderos parias deambulando por la vida como zombis sin rumbo.
El derrumbe del Poder Social
A partir de este escenario, la Responsabilidad Social en las manos del Poder Ciudadano, esa responsabilidad propia de las Instituciones Intermedias, repartidas entre aves de rapiña, señoras gordas y figurettis, no demoró mucho en derrumbarse.
La Iglesia, el Sindicalismo, el Poder Económico, las Fuerzas Vivas, entre otros, rápidamente vieron dinamitadas sus bases y sucumbieron ante la impotencia de enfrentar la debacle: o se sumaron al ganador equipo de los malos, o perdieron por goleada en el equipo de los buenos.
De este modo, sin Política, sin Ley, sin Información, y sin Instituciones, las bases quedaron fundadas para el libre imperio del Desorden y el Caos en favor del Poder reinante, abriendo la famosa Grieta entre amigos y enemigos que no hace más que dividir para reinar, politizando absolutamente toda la Realidad, al extremo de imponer un claro clima de guerra civil moderna, no tan sangrienta pero sí de igual grado de odio encarnizado e inescrupuloso.
La Realidad nuestra de cada día
Hoy vemos que el tránsito se desboca, que los gurises abandonan la escuela y toman la calle y se toman hasta el agua de los pajaritos, que la droga crece impune, que los grandes se zarpan en todo, que cada uno construye donde se le da la gana, y que los abusos se multiplican e invadir sobre lo público o sobre lo del otro se hace moneda corriente.
No son pocas las veces que hemos escuchado la frase que nos recuerda de donde viene el problema: Estamos en democracia, puedo hacer lo que quiero. Pero mientras cada uno hace lo que quiere todos han olvidado sus derechos, aquellos que definen los límites entre unos y otros.
Cualquier recorrida por cualquier ciudad nos permite analizar el ordenamiento de su convivencia urbana, uno de los escenarios donde más se comprueba este caótico imperio de Desorden, no solo en el tránsito sino en toda su rutina: en el tratamiento de sus residuos, en la carga y descarga, en los horarios comerciales, en el estacionamiento, en el libre tránsito pesado, en la sistemática violación de las prohibiciones, en el consumo de agua, en el consumo de electricidad, etcétera.
Es en este escenario donde nos encontramos con la clara señal de la deformación conceptual que adolece la Comunidad, cuando la misma se responsabiliza a sí misma por el Desorden, y no al Estado responsable de aplicar laLey e imponer el Orden.
Tal es la distorsión de los Roles de los Ciudadanos y aquellos del Estado, que hoy se culpa a los padres por el caos de las motos, a los consumidores por los excesos de residuos, a las piletas por la falta de agua, a los aires acondicionados por la falta de luz, a los perros por la caca en las plazas, a los drogadictos por la inseguridad, a los borrachos por los choques, a las putas y putos por el sida, a los degenerados por la promiscuidad, etcétera, etcétera…
De este modo, a lo largo de este proceso el Poder ha logrado privatizar la Culpa y estatizar la Impotencia, nos ha convencido de que esto es así y ya nada ni nadie tiene solución, y, sin siquiera ponerse colorado, nos dice: “relájate y goza”.
O sea, con un Estado ausente, corrompidas las Leyes, sin Información fehaciente, y sin Instituciones presentes, el Orden desapareció casi totalmente, creció el desconcierto y se impusieron conductas instintivas y no civilizadas que nos llevaron a perder primero el Respeto, luego a olvidar la Autoridad, y, por último, comienzan a atribuirse entre los propios Ciudadanos los compromisos y responsabilidades, creando el escenario de Desorden y Caos que vivimos.
Lamentablemente, ni la Sociedad, sumida en el facilismo, el comodismo y el conformismo, ni el Estado, embebido en su soberbia y totalitarismo, se hacen cargo de una Realidad social, económica o cultural con pronósticos escalofriantes.
La culpa es del Poder
Es difícil asegurar que todo esto responde a un macabro plan ideado y articulado desde el Poder, pero no podemos negar que el Poder no hizo nada para corregir esto y, por el contrario, luego se sirvió y se benefició de esto.
No hay forma de que todo este escenario de desórdenes y deformaciones no haya sido consentido por el Poder, ya que resulta casi evidente que lo promovió, lo alimentó, lo potenció y lo explotó como herramienta de extrema utilidad para su gobierno, no siempre en favor del orden público y el desarrollo, sino, la mayoría de las veces, en busca de su beneficio particular y su perpetuación.
Tal es así que, de esta relativización y flexibilización de las reglas solo se benefician quienes se mueven en el palo más alto del gallinero, mientras que la convivencia en los palos inferiores se hace cada vez más caótica por la ausencia de autoridades imponiendo límites y ejerciendo controles.
Hoy cada uno hace lo que quiere y ese río revuelto es segura ganancia de los pescadores.
El gran proceso
Esta Realidad que hoy vivimos, de una u otra forma, vemos que responde a un proceso histórico que debe tener su origen en algún momento entre los tiempos del Vigilante, el Juez y la Colimba, y los tiempos actuales.
De este modo, creemos que se puede analizar este proceso como una evolución degradatoria a partir de las conductas de los violentos setentas, pasando por la revancha del regreso a la democracia, la fiesta a pura pizza y champán, y el proyecto nacional y popular.
A lo largo de estos años, los maestros se convirtieron todos en trabajadores, los políticos en corruptos, los milicos y los policías en represores, los curas en pedófilos, los sindicalistas en piqueteros, los padres se vieron todos obligados a tener dos trabajos cada uno, y la televisión se hizo cargo del hogar que, por la falta de educación sexual y la crisis habitacional, se hizo cada vez más chico.
Para colmo de males, se abolió el servicio militar obligatorio, y un ejército de fantasmas surgió de la nada anunciando hecatombes tanto del lado del bien como del lado del mal, sin importar quien estuviera de uno u otro lado, ni cuál era uno o cuál el otro.
O sea, en nuestro país, a lo largo de este proceso que imaginamos, disimulamos una guerra civil entre dos bandos que lleva medio siglo, nos dijimos que la casa estaba en orden pero nunca probamos de dejar de robar dos años, ayudamos a volar dos edificios con gente adentro, dejamos robar hasta lo que no teníamos y, encima, dejamos que nos liquidaran a un fiscal en nuestras propias narices…
Al cabo de todo esto… ¿Qué podemos pretender que piense el consciente colectivo?
Definitivamente, nuestra Realidad de hoy es ciertamente resultado de nuestra historia, de la cual no estamos ajenos y deberemos, tarde o temprano, hacernos cargo.
¿Quién le pone el cascabel al gato?
Es cierto que todo esto puede que no sea así, pero no podemos negar que mucho de lo expuesto aquí es casi indiscutible, lo que permite sospechar que todo esto se ha dado como desarrollamos hasta acá.
Más allá de esto, hay algunas premisas que, al día de hoy, ya son casi indiscutibles: Vivimos en un extremo y preocupante Desorden, no hay Políticos ni Política sino oportunistas, la Ley no existe, la Opinión Pública desapareció, la Sociedad está dibujada y nadie ve a nadie que quiera ponerle el cascabel al gato.
Destruir el orden establecido, con lo frágiles y débiles que somos, fue muy fácil, pero restaurarlo, con nuestros múltiples vicios, es un desafío rayano con la épica y la ciencia ficción.
Pero si no lo hacemos, el destino apocalíptico de este Desorden y Caos es inevitable. Restaurar el Orden y el Estado de Derecho y recuperar la República en toda su dimensión es necesario y urgente, pues cuanto más tardemos peor será.
Más allá de saber quién será quien le ponga el cascabel al gato, el primer gran desafío de la Sociedad es aceptar esta Realidad, reconocerse Responsable de la misma, y, luego, ponerse a trabajar en ello.
Definitivamente, estamos complicados, pero, como dije al principio, puede que un día de estos nos levantemos maduros y tomemos la Realidad por las astas y recompongamos la situación. Sino, realmente, que Dios y la Patria nos lo demanden.
Cambalache
Este cruel espejo de nuestras patéticas mezquindades fue creado en 1934 por Don Enrique Santos Discépolo y hoy, luego de 82 años, tiene más vigencia que nunca, pues hoy la Vergüenza a muerto dejándole el camino abierto a nuestras Miserias y Vanidades.
“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé. Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador. Todo es igual, nada es mejor, Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón. Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón. Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón. Mezclao con Stavisky va Don Bosco y La Mignón, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida, y herida por un sable sin remaches ves llorar la Biblia contra un calefón.
Siglo veinte, cambalache, problemático y febril. El que no llora no mama y el que no afana es un gil.
Dale nomás, dale que va, que allá en el horno nos vamo a encontrar. No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao. Es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley…”
Creo, con cierto alto grado de certeza, que Don Enrique nunca sospechó que llegaríamos al Siglo XXI.
Norman Robson para Gualeguay21


















