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Cosas que pasan: Cuestión de licencias


Era una tibia mañana gualeya, un primer lunes de enero y, como todos los días, la madre los había dejado a él y su hermanito en el hogar para así poder ir a trabajar.

Ninguno de los tres podía imaginar en ese instante que a partir de ese día ya nada sería igual.
Esa siesta, él, de solo once años, prefirió quedarse solito viendo tele antes que ir con los demás a jugar a la pelota.
Es que hacía mucho calor y el día anterior ya había estado mucho al sol en la pileta.
Así estaba cuando Pochi, el celador, lo sorprendió y, sin mediar palabra, lo tomó de los brazos, juntándolos atrás tipo esposado, con una mano, le tapó la boca con la otra, y se lo llevó por la fuerza a la pieza de arriba.
Una vez en ese lugar que nunca olvidaría, Pochi lo tiró sobre una cama, lo sostuvo boca abajo, le bajó los pantaloncitos, se bajó el jean, y, según él mismo contara después, se le subió encima.
El dolor le hizo morder el cubrecama mientras le brotaban las lágrimas.
Cuando todo terminó, Pochi le advirtió que pobre de él si le contaba algo a alguien, y lo mandó a seguir viendo tele.
Él se tiró a descansar sobre la misma cama.
Enmudecido, con los ojos aún húmedos, los minutos eran eternos en la espera de que su mamá viniera a buscarlos.
Una vez en su casa, donde vivían los tres, se quejó con su mamá del dolor de cola.
Ella lo revisó, vio una irritación y, pensando que estaba paspado, le aplicó Hipoglós.
Pasaba la semana y el dolor no menguaba, al punto de que se sentaba de costado y se le hacía difícil el caminar, pero la mamá pensó, también, que podía estar constipado.
Ella no podía dejar el trabajo, entonces él y su hermanito seguían quedándose en el hogar, a pesar de sus berrinches de llantos y nervios todas las mañanas.
Pero el viernes el dolor ya era insoportable, razón por la cual el sábado a la mañana, luego de dejar a mas chiquito con una vecina, marcharon a verlo al doctor.
Luego de luchar un rato, el doctor y la mamá lograron bajarle los pantalones y revisarlo, pero el doctor se interrumpió apenas vio el problema y resolvió mandarlos de inmediato al hospital.
A partir de allí el vértigo se apoderó de sus vidas, a él lo internaron de una, primero lo vio una doctora, después un cirujano, otra doctora, interconsultas, y la angustia y la ansiedad que los enloquecía.
Finalmente confirman el diagnóstico, acceso, dilatación y lesiones que ameritan cirugía inmediata, y se lo dicen a la mamá.
¿Cómo puede ser? ¿Quién pudo ser? ¿En qué momento pudo ser? La mamá solo lo escucha decir: “yo no quiero que le pase a nadie lo que me pasó a mí…”.
Interviene la justicia, aparecen las sicólogas, mientras que a él lo operan, luego le dan el alta, a la mamá le dieron unos días en el trabajo, pero no más, y los dos chicos ahora van a un nuevo hogar.
Él tiene miedo de los hombres, él se golpea la cabeza contra la pared, él agrede a su mamá, él le echa culpa, la hace responsable, él no duerme de noche, él tiene pesadillas.
Ella sufre, a ella la desborda la situación, ella tiene que trabajar, le ofrecen un trato para que retire la denuncia, quieren ocultarlo todo, se niega, su propia familia la culpa, está sola, tiene que trabajar.
La mamá comienza un tratamiento, y a él, y a su hermanito, los recibe un nuevo hogar ya todo el día, donde se va adaptando y, de a poco, vuelve a sonreír.
Como si nada, se confiesa con sus celadoras, pero le echa la culpa a un compañerito. Eso es imposible.
La Cámara Gesell no resulta, igual la Justicia insiste y pregunta por el compañerito, pregunta por Pochi, todos saben quién es Pochi, pero nadie lo conoce, ni saben su apellido.
La Justicia no deja de preguntar, pero no hay indicios, solo él sabe lo que pasó.
Así llegó el invierno, nuevamente el verano y así un nuevo invierno, un año y medio de paciente terapia, de paciente justicia.
Un año y medio y el momento de hablar llegó y confesó lo ocurrido, primero a la sicóloga y luego al juez. Les dijo a todos que había sido Pochi.
Ese Pochi que todos sabían quién era pero que ninguno conocía.
Hoy, la Justicia actuó y hoy ya hizo justicia, pero lo hizo sobre el hecho consumado, dejándole a la sociedad el desafío de evitar que estas injusticias ocurran.
En el mundo de los gurises aún hay mucha gente que goza de la confianza del sistema, gente que cuenta con licencia por sobre ellos, y que, tal vez, no es apta.
Maestros, curas, doctores, celadores, instructores, profesores, catequistas, cuidadores, enfermeros, niñeras, entre otros, nos ayudan con nuestros hijos, pero hay algunos que abusan de esa posición.
Entonces, si se exigen exámenes para conducir un auto, para tener un arma,  y hasta para ejercer la prostitución… ¿porque no a quienes tienen acceso libre a nuestros hijos?
Norman Robson para Gualeguay21

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