Rectángulo Image

“Cuando se abandona el pago…

 

… y se empieza a repechar, tira el caballo adelante y el alma tira pa’ atrás”, canta Don Atahualpa Yupanqui en su zamba “La añera”.

Una muy bella expresión de lo que implican los sentimientos encontrados en algunos momentos de nuestra vida.

Como te comentaba hace unas semanas, el Papa Francisco me ha pedido una nueva misión que me lleva a despedirme de esta querida Diócesis de Gualeguaychú y partir hacia San Juan.

Hoy no tengo motivos para estar triste, sino agradecido. Dios me ha mimado entre ustedes y con ustedes. Soy un obispo feliz. Se han ganado un gran lugar en mi corazón. Los quiero de verdad. He disfrutado cada encuentro, cada celebración. El trabajo y los mates. Me llevo el corazón repleto de rostros, historias, diálogos… la vida que hemos compartido como miembros de la Iglesia Peregrina.

La vocación sacerdotal nos impulsa a entrar en contacto con los que el Señor Jesús va poniendo en nuestro camino. Somos presencia sacramental suya, y esto implica entrar en relación con todos. No podemos mantener una distancia aséptica, o con una especie de “amor abstracto” que no compromete ni se deja conmover por la vida de los demás.

Llevamos a la oración las historias de cada persona con la que dialogamos, o que ayudamos a acercarse más a Dios por medio del sacramento de la reconciliación. Muchas veces me quedo conversando con Dios o repasando delante de Él lo que he escuchado: sufrimientos, esperanzas, desencantos, fracasos, alegrías…

Por eso los cambios por un lado nos cuestan, y a su vez nos renuevan en el deseo de servicio desinteresado.

Cuando entré al Seminario hace ya muchos años, tenía el deseo firme de ir donde hiciera falta, “Llévame donde los hombres, necesiten tus palabras…”, o “Me has forjado caminante, buscador de horizontes…” solemos cantar en algunas celebraciones. Y yo también lo hago oración y disponibilidad.

Después de la Pascua, cuando Jesús resucitado dialoga a solas en la playa con Pedro (que lo había negado en tres oportunidades), le pregunta la misma cantidad de veces. “¿me amas?”. Y ante la respuesta afirmativa del Apóstol, el Señor le pide: “apacienta mis ovejas”.

Ser “pastor con olor a oveja”, como nos insiste Francisco, es fruto del amor por Jesús y por los que Él ama. Somos permanentemente enviados por el Señor Resucitado a dar testimonio de su amor. La dimensión misionera de la fe nos impulsa a ir al encuentro de quienes están en las periferias geográficas y existenciales. Ser “Iglesia en salida” que deja de lado el encierro y la comodidad.

El 11 de marzo del 2006 comencé mi servicio como obispo de Gualeguaychú. Hoy después de más de 10 años y medio de ser parte de esta Iglesia diocesana rezo con el salmo: “Te doy gracias, Señor, por tu amor, no abandones la obra de tus manos” (Salmo 137).

Durante varios años nos hemos comunicado semanalmente por medios impresos y electrónicos. No quiero dejar de agradecerles que fueron ellos los que nos han permitido semana tras semana encontrarnos y conversar. Intentaré mantener por un tiempo esta presencia.

Ante las despedidas es bueno tener a mano “un alguito” para dejar con cariño en esos lugares queridos, casi como una excusa para volver. No dejo “un alguito” en Gualeguaychú: aquí quedan personas concretas con gestos concretos que son los mismos que van a seguir latiendo con su recuerdo en mi alma y cada vez que el bueno de Dios, generoso en sorpresas, nos invite al reencuentro.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú, presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y arzobispo coadjutor electo de San Juan de Cuyo

× HOLA!