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Cuando ya no sabés qué hacer

Sobrevivir los ocho meses de cuarentena, sin laburar, sin generar ingresos, es un desafío para cualquiera. Ni hablar si se trata de una mujer sola. Ahora bien, cuando, encima, se agotan los ahorros, también las ganas de ser ayudada, y, encima, las políticas erráticas de quienes deben ordenar este desastre son injustas, la paciencia se termina, la desesperación manda, y pasan estas cosas. Ese es el caso de Ale.

Ella tiene un taller de arte, donde enseñar es su laburo central, pero, aparte, hace otras actividades para poder sostenerse ellas y sus hijas. Durante esta cuarentena, apenas la dejaron trabajar unos días, y, sin comerla ni beberla, solo por las dudas, la obligaron a dejar de hacerlo. “Hay que achatar la curva”, le dijeron. “Hay que detener los contagios para que no se desborde el hospital”, le explicaron.

Pero claro, el hospital se desbordó igual, los casos crecen igual, muchos trabajan igual, todos se amontonan igual. Todo igual, pero solo un grupo, inocente de contagios, tuvo que dejar de trabajar. Todos como ella, gente de laburo pagando un pato ajeno.

Entonces ve a sus colegas de Galarza libres, laburando, cuando de allá todos vienen a este hospital. ¿Y porqué ellos pueden y ella no?, ¿Porqué la tienda de acá a la vuelta también y ella no? Entonces, la luz hay que pagarla igual, el alquiler también, las chicas comen, hay ayuda pero a su edad no le gusta, se queja pero no la comprenden, se desespera, y empieza a sentirse sola, y se desespera más, y no sabe qué hacer, y zaz… 

Ahogada entre lágrimas, desbordada de angustia, y temblando, tomó una cadena, un candado, y se encadenó a la puerta de la Municipalidad. “Hasta que no me dejen trabajar no me voy de acá”, dijo, casi sollozando. Al ratito, colegas, amigas y conocidas estaban junto a ella, y no la abandonaron.

Después de horas, salieron a prometerle algo que no escuchó. Solo les dijo que ya no confía en nadie, y les pidió que entiendan que no todos tienen la suerte de tener un sueldo a fin de mes. Entonces se desencadenó. No porque no se la aguantara, sino porque sus hijos se lo rogaron. Temían por su salud.

Esta es solo otra historia de tantas en que la impericia política cobra víctimas inocentes.

Norman Robson para Gualeguay21

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