Dos años de la mano de Francisco

Muchos -entre los que me incluyo- no alcanzamos a percibir lo extraordinario que tiene este tiempo en la vida de la Iglesia, comenzado el martes 13 de marzo del 2013. Está lleno de elementos únicos y probablemente irrepetibles.
Que un obispo argentino sea el sucesor del apóstol  San Pedro hace que nos miren y nos miremos de modo particular: fue bautizado en una Parroquia nuestra (como nosotros), estudió en una escuela de un barrio de aquí (como nosotros), fue sacerdote jesuita en varios lugares del país. Participó de reuniones, cenas, encuentros, misas en nuestras comunidades. Visitó enfermos, presos, pobres, drogadictos… aquí. Fue obispo con nosotros  y para alentarnos en el camino de la fe. Caminó por las veredas, se subió al transporte público…, en fin, una vida casi “común”.
Pero, más allá de lo autóctono, miremos sus dos años de papado. Al destacar algunos pocos elementos soy consciente que no dejo fuera cuestiones menores. Una actitud que nos conmovió fue su primer viaje fuera desde Roma a la Isla de Lampedusa para visitar a los pobres que llegaban en precarias embarcaciones. Muchos habían muerto al hundirse sus precarias embarcaciones, y quiso acercar a los familiares el consuelo de su presencia, y denunciar al mundo la globalización de la indiferencia.
No puedo dejar de evocar también sus gestos y predicaciones en la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil. Multitudes pasaban de la algarabía al silencio, de los cantos a las lágrimas.
Cierro los ojos y veo imágenes de su peregrinación a Tierra Santa y la invitación a rezar por la paz o los presidentes de Israel y Palestina. Pensemos también en las gestiones realizadas en reserva para que Cuba y Estados Unidos reanudaran gestiones diplomáticas. Su discurso ante el Parlamento de la Unión Europea tan bien recibido, ha sido también un hecho muy valioso. La visita a Filipinas. En fin. Una serie de acontecimientos que lo han tenido en vilo, y que lo muestran como un hombre de fe con amor por toda la humanidad.
Mirándolo en su dedicación a la Iglesia ha dado pasos importantes en la reforma de la Curia Romana y, más allá de las estructuras, promueve también un cambio en el estilo de vida de cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados y consagradas, más cercano al pueblo sencillo. Se ha hecho conocida su expresión: “con olor a oveja” que manifiesta un modo de vida alejado de los palacios y las búsquedas de privilegios o lujos refinados.
Las predicaciones cotidianas en la misa que celebra en Santa Marta, las catequesis de los miércoles ante cientos de miles de peregrinos, nos lo muestran cordial, alegre, cercano a todos, especialmente a los que sufren.
La convocatoria al Sínodo sobre la familia y el llamado a hablar con respeto y libertad, diciendo todo lo que se piensa es muy sano.
Esta semana que pasó estuve en Colombia participando de un Congreso sobre la Exhortación Apostólica escrita por Francisco llamada “La alegría del Evangelio”. Participamos cerca de 60 obispos de América Latina y El Caribe. Fue emotivo escuchar los relatos de alegría por Francisco de todos mis hermanos obispos. En las reuniones de grupo, en los intervalos, en las comidas. Me llenaba el corazón palpar el cariño y la gratitud que le tienen. Somos conscientes de que la voz de América Latina es escuchada a nivel global.
Todos coincidimos en que los pobres son el centro de su preocupación y predicación. Seguramente vos, que leés este artículo, tenés imágenes de estos dos años que guardás en tu memoria y corazón. Dale gracias a Dios por eso.
Te comparto a modo de breve elenco, algunas frases de Francisco:
¡Cómo quisiera ver una Iglesia pobre y para los pobres!
Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca.
Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos ternura.
No hay que tener miedo a la imperfección, a la fragilidad, ni siquiera a los conflictos.
El dinero siempre es traicionero. El diablo entra por el bolsillo.
Hemos dado inicio a la cultura del “descarte”.
El próximo jueves 19 de marzo se conmemora la fiesta de San José, durante la cual Francisco quiso iniciar su ministerio como Obispo de Roma, sucesor del Apóstol San Pedro. San José es Patrono de la Iglesia Universal, y también de nuestra diócesis de Gualeguaychú. Recemos por todas nuestras iniciativas y vocaciones.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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