El iceberg de la desidia

Así como vamos al doctor o al mecánico, o llamamos al plomero, para cuidar lo nuestro y mantenerlo sano, el Estado debe hacer lo propio con lo que es de todos. Eso se llama Mantenimiento Público. Y como el doctor, los remedios, el mecánico, los repuestos y la mano de obra, el Mantenimiento Público también tiene un Costo.

En las últimas décadas la infraestructura pública no se ha caracterizado por ser atendida con políticas de Mantenimiento Público que garanticen su mínima vigencia operativa.

Muy por el contrario, prácticamente no han existido partidas destinadas a esto, sino que siempre el Estado ha preferido esperar los colapsos para recurrir forzosamente a millonarias megaobras que le permitan la distribución de comisiones en la cadena de contratación.

Las políticas públicas sustentables nunca dejaron un cobre.

Todo muy lindo, mientras duró la fiesta en la cresta de la ola de bonanza, pero cuando esta se acabó y el desgaste avanzó, el caos, ahora, comienza a brotar en cada rincón.

Allí es cuando la inescrupulosa desidia queda desnuda y se comienza a comprender el costo real de la corrupción, el cual se paga con ignorancia, inseguridad, enfermedad, contaminación, desempleo, y, por supuesto, desorden y desgobierno.

Irremediablemente, cuando se apaga la bonanza y se acaban las monedas la falta de Mantenimiento Público salta a la vista impactando contra lo más caro de la comunidad.

Por estos últimos tiempos, sobran pruebas de esto: el Hospital, la Ruta 12, el Puente Pellegrini Viejo, la Policía, las cloacas, los canales, los caminos rurales, las escuelas Marcos Sastre, Soldado Gómez, Falucho… y la lista no es corta.

Hoy, a estos casos emblemáticos, se suma uno nuevo: la Escuela de Comercio, donde un millar de alumnos cursan su secundaria y algunos cientos su terciaria.

El edificio de la Comercio demanda Mantenimiento Público desde hace más de una década, y un par de remiendos y ruegos varios no pudieron impedir su actual colapso.

Hoy saltan a la vista sus filtraciones y su instalación eléctrica, pero una recorrida por su interior basta para reconocer que el déficit de la Comercio no termina allí, sino que va mucho más allá.

Este es el costo de la fiesta, el costo de la ausencia de Mantenimiento Público, el costo de la indiferencia mientras se aguardaba el colapso para imponer la mordida.

Hoy el iceberg de la desidia recién comienza a asomar, pues, inevitablemente, los colapsos se replicarán en toda la infraestructura estatal. Queramos o no. Nos guste o no. Lo reconozcamos o no.

Y esto se enfrenta, únicamente, con unión ciudadana, y lucha. No hay otra.

Norman Robson para Gualeguay21

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