El malo de la película

Tal vez sea un papel lleno de ingratitudes, mientras que el del bueno siempre es el protagónico y se lleva todos los aplausos, pero la única satisfacción del que hace de malo es que la película termine bien, que se complete su sentido en valores y enseñanzas, y que inspire nuevas películas lindas, o, por lo menos, como las que lo inspiraron a él.

Yo me inspiré en las películas viejas, no las en blanco y negro, sino las primeras en colores, en colores casi pastel. Esas épicas y morales, de amor y pasión, donde el malo es el malo para que resulte el bien, y lo hace imponiendo el rigor, tan necesario para ordenar el resto de los papeles.

Por eso el papel del malo, por su rigor señalando solo las malas, cuesta distancias, ceños fruncidos, rechazos, enojos. Un papel que solo es reconocido al final de la película, cuando no después de terminada, en esos créditos que nadie lee porque se fue al baño.

Un papel solitario el del malo de la película, pero en ella deja el cuerpo y el alma, embocando aciertos y cometiendo errores, todo por un éxito muchas veces invisible.

Claro, hablo de esas películas viejas, o vidas viejas, en que me inspiré, no de esas nuevas en que son todos buenos y no hay malos, o los sacaron del reparto. Esas películas modernas son distintas y terminan distinto, muy distinto a las viejas donde hay un malo que, en definitiva, es bueno.

Ese es el malo de la película al que me refiero aquí, un papel con el que me identifico como padre y como periodista, roles con responsabilidades solitarias y a veces ingratas, pero que cumplo convencido de estar haciendo lo correcto.

A esos malos tan buenos, feliz día…

Norman Robson para Gualeguay21

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