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Gajes del palo

Quienes asumimos la responsabilidad de informar lo hacemos con pasión y de la mejor forma que nos es posible, cumpliendo nuestro rol dentro de la sociedad, pero, más allá de lo que escribimos, decimos y mostramos, somos gente común que, con creciente frecuencia, y total impunidad, estamos siendo agredidos solo porque la noticia o nuestra opinión no gustó.

O sea, detrás de esa cara, esa voz o esas palabras escritas hay una persona, un ser humano, laburante, con familia, con amigos, con una vida, y con derechos, que merece el respeto de la sociedad y, más que nada, las garantías del Estado.
Pasa que en la virulencia social que hoy todos vivimos, parece ser que todos se sienten con derecho a agredir al periodista, comunicador, informador, o como quieran llamarlo, mientras que no tenemos a quien recurrir por garantías.
Hoy, una ciudadana común se siente con derecho a desacreditarnos públicamente por un error involuntario que cometimos.
Hoy, un funcionario descontento cree poder hablar pestes de nosotros por una publicación que le resultó incómoda.
Hoy, un corrupto ahora expuesto pretende obligar a nuestros anunciantes a retirarnos la publicidad solo para callarnos.
Hoy, un policía resentido se cree habilitado a empujarnos o ponernos la mano encima, con la complicidad de su jefe, solo porque a ninguno de los dos les conviene nuestra cercanía.
Hoy, en las redes sociales, con total libertad, cualquier ignorante irrespetuoso puede difamarnos, amenazarnos, desmerecer nuestro trabajo, y desacreditarnos solo porque no coincide con nosotros.
Y como si esto fuera poco, hoy, energúmenos con y sin cargo, con y sin plata, pueden desquitarse con nuestros hijos porque nuestra tarea desnuda sus miserias.
“Son gajes del palo, siempre fue así”, me dijo un colega, y me recordó los aprietes que sufrimos todos durante la gestión de Erro.
Ponele, pero la impunidad conque hoy descargan en nosotros la intolerancia general, por momentos, parece peor que antes, al punto de que hoy han naturalizado la agresión al “mensajero”, tal como fuera en la edad media.
Ya no solo no nos quedan derechos, sino que tampoco nos quedan garantías, pues la Justicia es indiferente a todo lo que sufrimos y sale del paso dándole la derecha a quienes nos atacan.
Es cierto, no se murió nadie, ni nadie terminó en el hospital, pero me resisto a esperar que esto pase. La indefensión que hoy nos reúne no es poca cosa y debe ser considerada en su justa dimensión, sin exagerar ni desestimar, pues, de descuidarnos, puede significarnos algo más grave, especialmente para aquellos de nosotros que nos tocó asumir un rol más crítico que los demás colegas.
Definitivamente “son gajes del palo”, si, gajes que pueden enorgullecernos, si, que pueden nutrir nuestro anecdotario, pero que hoy están arruinando nuestra tarea, nuestro laburo, nuestra familia, nuestra vida, y no hay derecho, ni razón alguna para callarlo, sin exigirle garantías a quienes tienen el deber de brindarlas.
Norman Robson para Gualeguay21

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