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Hipócritas

Todo el mundo se raja las vestiduras y reclama a viva voz por los crímenes de género y los femicidios, pero todos mueren en la impotencia de la ignorancia, muchos cómodos, otros no tanto.

Por donde vayas brotan políticos que declaman altisonantes consignas donde manifiestan la creciente preocupación del Estado por la violencia contra la mujer, pero, al fin del día, solo la cháchara discursista ocupa la tele.

Parece mentira que desconozcamos, o neguemos, que, a partir del harto vendido verso del género, explotó la violencia y se dispararon siniestramente los crímenes contra mujeres en el seno de la familia.

Cada día es más innegable que el Estado resucitó y promovió retrógrados preceptos machistas del medioevo para esconder que no podía atender el escalofriante crecimiento de la violencia, la cual, indiscutiblemente, es un flagelo que nació a partir de un desequilibrio entre las interrelaciones familiares que desencadena injusticias que, muchas veces, tienen trágicos desenlaces.

Tanto ellos como nosotros sabemos bien que, cuando el Estado está ausente, nace la injusticia, el principal factor instigador de violencia.

Ante esta impotencia del Estado, hoy son los mismos jueces y defensores los principales promotores de la violencia intrafamiliar, mal llamada por algunos de género, pues están más preocupados por cuidar los buenos beneficios de sus cargos que en darle una solución a la desbocada problemática familiar.

Con su desprecio e indiferencia hacia este creciente número de víctimas, sin distinción de género o edad, solo recurren a excusas, a culpar a otros, o a dilatar los tiempos, solo para evitar asumir y cumplir el compromiso del cargo que ostentan.

Es una pena que esto ocurra, pues el solo imperio en los actores que deberían arbitrar justicia de un serio compromiso con las víctimas intrafamiliares, y el solo cumplimiento de los deberes del cargo, bastarían para generar soluciones concretas y tangibles en las familias y, así, comenzar a revertir la acuciante realidad de hoy.

Eso, sumado a alguna política pública en tal sentido, sin grandes presupuestos, serian suficientes para desarrollar soluciones sustentables a la problemática familiar que hoy nos afecta y se manifiesta en diferentes formas de crimen.

Lamentablemente, será mucho más fácil desacreditar a quien suscribe en lugar de reconocer errores, y, seguramente, insistirán porfiados en el fracaso sin importar los sufrimientos y las muertes que con su capricho ocasionen.

Pero, de una u otra forma, no podrán nunca negar, con argumentos sólidos, esta realidad que, día a día, se multiplica y que condena cientos de familias, de las cuales algunas tendrán por injusto premio una tragedia.

Y cuando ocurra, todos saldrán coquetos con bonitas cartulinas denunciando la violencia de género.

Hipócritas.

Norman Robson para Gualeguay21

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