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La diferencia la hace el Espíritu Santo


¿Se puede tener una “fe standard”? ¿Que no sea exagerada ni tampoco mediocre? La respuesta dependerá de varios factores, entre ellos de qué entendemos por tener fe.

Si atendemos a los Evangelios, no podemos imaginar la fe sin un vínculo de amistad con Jesús, que está vivo y presente aún hoy en medio de nosotros. Y esto es mucho más que sostener algunos conceptos sobre Dios o códigos morales. Porque creer para el cristiano es obra del Espíritu Santo. Por eso San Pablo nos enseña que “nadie puede decir que Jesús es el Señor, si el Espíritu Santo no está en él”. (1 Cor. 12, 3)
Cuando rezamos a Dios, cuando nos reconocemos como hermanos, el Espíritu está en nosotros. Él es el alma de la Iglesia. Él nos impulsa a la misión, al testimonio, al amor al prójimo.
Si no le damos lugar al Espíritu corremos el riesgo de dejar de ser Iglesia para transformarnos, en  palabras de Francisco, en “una ONG piadosa”.
Hoy celebramos la Fiesta de Pentecostés, a cincuenta días de la Pascua de Resurrección. Jesús Vivo envía su Espíritu para que nos aliente e impulse.
La fuerza del Espíritu Santo sostiene a los misioneros ante las dificultades y pone en sus labios el mensaje de Jesús. Fortalece el testimonio de los mártires que dan la vida por amor a Dios. Suscita la oración de las monjas y los monjes contemplativos. Inspira las obras de caridad hacia los pobres y enfermos. Acompaña a los catequistas para que lleven de la mano a otros al encuentro con Cristo. Ilumina a los diáconos, sacerdotes y obispos en su misión evangelizadora. Sostiene en la fidelidad a los matrimonios y las familias. Alienta en la alegría de la entrega a las consagradas y consagrados. Y podemos seguir nombrando a todos los miembros del Pueblo de Dios, los diversos carismas, servicios y ministerios, todas las vocaciones.
El Espíritu Santo fue el artífice de que el cristianismo no quedara encerrado en un grupúsculo aislado y selecto, sino que se abriera al mundo pagano. También hoy impulsa a la Iglesia en la misma misión en este mundo concreto con sus genialidades que admiramos y sus lacras que tanto nos hacen sufrir.
Ayer fue beatificado monseñor Óscar Arnulfo Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 en El Salvador. La palabra “beato” (de origen latino) significa “feliz”. Así lo reconoce la Iglesia, como un hombre que fue y es feliz por seguir de cerca los pasos de Jesús, predicar su Evangelio y servir a sus hermanos más pequeños. El Papa Francisco, después de haber recibido los informes de la Comisión correspondiente le reconoció su condición de mártir; esto es, que fue matado por odio a la fe. Su valioso testimonio nos alienta en el servicio a los más pobres. Romero era un hombre de gran cercanía con su pueblo y de profunda oración. Todos los días se levantaba temprano y dedicaba un buen rato a la meditación de la Palabra de Dios y a contarle al Señor de los rostros con los que se había cruzado. “Hemos de incorporar este valor de la oración, a la promoción Humana, porque si no hacemos oración, miramos las cosas con mucha miopía, con resentimientos, con odios, con violencia; y es solo hundiéndose en el corazón de Dios, donde se comprenden los planes de Dios sobre la historia, solo hundiéndose en momentos de oración íntima con el Señor es cuando aprendemos a ver en el rostro del hombre, sobre todo el más sufrido, el más pobre, el más harapiento, la imagen de Dios y trabajamos por él”. (16/10/77)
Durante este fin de semana se está realizando un Encuentro de delegados diocesanos de todo el país en Pastoral de adicciones. Nos preocupa el creciente consumo de drogas y qué respuestas estamos dando desde las comunidades cristianas. No queremos esquivar el desafío. Nuestra misión es servir. El Papa nos empuja a involucrarnos sin desviar la mirada. “La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo.” (EG 24)
Te pido una oración por esta reunión.
Mañana, 25 de mayo, recemos por la unidad de todos los Argentinos, y renovemos el compromiso en el servicio a los más pobres. ¡¡¡¡Viva la Patria!!!!
Por monseñor Jorge eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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