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La droga en nuestra ciudad


En Gualeguay todos hablan de la droga, pero pocos son los que saben algo de su origen y menos los que se atreven a enfrentar la realidad de ese flagelo hoy, sus vínculos con la inseguridad y su fuerte impacto en nuestros gurises.

Para poner blanco sobre negro algo de esta compleja realidad, exponemos una visión del escenario territorial, de la realidad infantojuvenil, y del negocio delictivo en base a la explotación de menores.
Al cabo de esta exposición concluiremos, con crudeza, que el presente es mucho más preocupante de lo que sabemos, y que el futuro, de poder imaginarlo, es escalofriante.
El escenario
La ciudad de Gualeguay es un inmenso territorio dividido en tres sectores perfectamente definidos: A, un Centro superpoblado que ocupa casi la mayor parte del casco urbano, B, una periferia también densa que rodea al casco, y C, una extensa superficie de chacras poco pobladas.
En este espacio se distribuye una población del orden de los 50 mil habitantes, repartidos, a groso modo, en aproximadamente unos 20 mil en el centro, otro tanto en los barrios, y 10 mil en las chacras.
Si bien la droga está instalada en todo el territorio, es más fácil detectarla en los barrios, donde la densidad poblacional es la misma que en el centro pero no tanta presencia policial, lo que permite ser detectada fácilmente.
Si recorremos los 50 barrios de este territorio, comprobaremos la existencia en cada uno de uno o más grupos de 20 o más gurises de entre 12 y 18 años que tienen por punto de encuentro paredones, baldíos, plazas o esquinas de ese sector.

De este modo, los 50 puntos de encuentro, multiplicados por unos 20 o 30 gurises en cada uno, nos dice que en nuestra periferia habría unos 1200/1500 que, periódicamente, dejan sus hogares para reunirse en la calle donde, sin restricciones, pueden consumir libremente.
Si estimamos que la franja de gurises de entre 12 y 18 años en la población de Gualeguay puede alcanzar los 6 mil, estaríamos hablando de que un 25 por ciento de nuestros niños ya está captado por la droga, mientras que, según surge de sondeos propios, más del 50 por ciento ya sabe de qué se trata.
Los gurises
De acuerdo a lo investigado, estos gurises son, en su mayoría, víctimas del sistema expulsados de todos los ámbitos. Expulsados de la casa, de la escuela, del club, y, lo que es peor, del consumismo imperante.
Por ejemplo, en las familias, en su mayoría degradadas y desmembradas, con padres ausentes, donde no hay autoridad, y menos hay orden o disciplina, y, para peor, hay hacinamiento por la falta de viviendas, a los gurises, en plena pubertad, no les queda otra que huir hacia la calle.
Del mismo modo, en las escuelas, donde según el nuevo modelo los gurises son educandos y sufren la indiferencia del personal docente, indolente frente a las problemáticas sociales, y solo buscan expulsarlos por irrecuperables, estos tampoco encuentran contención alguna.
No es muy diferente el caso de los clubes, todos concentrados en sobrevivir asando pollos por la falta de presupuesto, donde por ser pocos y por falta de idoneidad, tampoco ofrecen contención alguna.
Por último, remata este escenario de expulsión el consumismo descarnado que promueven los medios a través de inescrupulosas propagandas, confirmándole a estos gurises que no son parte de este mundo.
El mercado del delito
En este contexto, los chicos se escapan a la calle, donde el aparato delictivo lo introduce al consumo y lo hace rehén para explotarlo induciéndolo al delito para sostener su adicción.
Cabe destacar que los menores son la herramienta ideal del delito, en cualquiera de sus modalidades, ya que son baratos, manipulables y nunca caen presos.

De este modo, cada día nuevos gurises se suman a la red, no solo desde los barrios, sino desde el centro y las chacras, en un espiral de incontenible crecimiento exponencial de la drogadicción infantil.
Al analizar esta situación, y proyectarla en el futuro inmediato, este escenario liberado de incubación de adictos y delincuentes nos alerta sobre una situación que cada día es más difícil de revertir.
Que hacer
Si bien los políticos nos advierten de innumerables excusas que les impiden atacar el problema, mientras gastan cifras exorbitantes en inútiles estructuras solo para decir que hacen algo, lo cierto es que mucho se puede hacer si hubiera la voluntad política se hacerlo.
Nada resulta más ridículo que el cuento de la lucha contra el narcotráfico cuando no se lucha contra el consumo, sino que se lo libera y se lo ignora.
En este sentido, el Estado puede tomar varias iniciativas.
Por ejemplo, de haber una orden política, la Policía y la Justicia podrían, con amparo legal, disolver los encuentros donde menores consumen alcohol y sustancias en una suerte de “previa” a la comisión de delitos, y allanar los “kioscos” donde no solo se vende droga sino, también, todo lo robado.
Al mismo tiempo, la Municipalidad, de tener la voluntad política de hacerlo, puede disponer sus áreas para intervenir en los barrios con argumentos deportivos y artísticos para la contención y, a través de estos, intervenir en las familias llevándole atención concreta a los gurises víctimas del flagelo.
Del mismo modo, el Copnaf, de dotárselo con los recursos correspondientes, puede, también, en el marco de la ley 9861, intervenir y contener a los gurises, y sus familias, que atraviesen esta situación.
Por último, y mientras tanto, las autoridades responsables deben diagramar estrategias más específicas para atacar este escenario de forma más sustentable, gestionando el soporte técnico a través de las áreas ejecutivas y el marco legal a través de sus legisladores.
Conclusión
De todo lo expuesto se desprende que todo el territorio se encuentra contaminado por el flagelo de la droga, mientras que la realidad social de los gurises marca que son expulsados de todos los ámbitos hacia la calle, donde son vulnerables a la explotación delictiva.
Del mismo modo, no solo se desprende que el Estado, y la sociedad también, miran indiferentes hacia otro lado en la pretensión de que así las cosas no ocurren, sino que, día a día, nuestros hijos y nietos son condenados a un futuro que nadie es capaz de imaginar.
Norman Robson para Gualeguay21

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