La odisea del Pibe

Mucho se habla, mucho se discute, pero nada se hace respecto de un flagelo que azota fuertemente nuestra sociedad y, a pesar de ello, lo dejamos librado al abuso solo para disimularlo.
El siguiente relato puede dar una noción más acabada de lo que está ocurriendo:
Era una de las primeras noches tibias de octubre pasado. Ya de madrugada. Tal vez, pasadas las dos. El Pibe venía manso por la Perón, a la altura del San Cayetano.
Quien hubiese observado su paso en aquel momento se hubiese percatado de que el Pibe venia partido, pasado. En su bolsillo, bien cerradita, la bolsita estaba bien a mano para pegarle una jalada.
El Pibe venía de lo de la Cuchi, la noviecita. Buena gurisa. Lo quiere mucho. Y siempre le dice que deje el poxiran, que le hace mucho mal. Pero el Pibe cree que para él ya es tarde, está quemado.
La Mari también siempre lo jode con lo mismo. Como toda madre, quiere un hijo sano. Pero fue su hermano, el tío del Pibe, el que le dio el primer faso cuando recién tenía trece. Desde aquel día, el Pibe no para y le da a lo que puede.
A la Mari la quieren convencer de que para el Pibe es tarde. Pero ella vive peleándose con los gorras y los transas. Ella sabe que se puede, pero solos es imposible.
Los transas del barrio se aprovechan de la gurisada. Unos venden faso y merca, pero las pastillas las vende el traba Betina, mientras que las bolsitas de poxiran las fraccionan en el almacén del barrio. Eso todos lo saben.
El pibe venia por la Perón, partido. Vio una sombra y la buscó. Sacó la bolsita, jaló un par de veces y la devolvió al bolsillo. Retomó la caminata rumbo a su casa, medio pelotudo por el sacudón.
Apenas pudo darse cuenta de que la chata de la yuta estaba tratando de cerrarle el paso y le ordenaban detenerse. No flasheaba, era la luz del móvil. El Pibe apenas pudo ver que entre varios gorras lo ponían contra la pared y uno le descargaba dos tiros de goma. Uno le pegó en la cara y el otro en la pierna.
En el piso, mientras gritaba retorciéndose de dolor y varias rodillas lo mantenían contra el piso, el Pibe era esposado por uno de los gorras. El trataba, pero los efectos del poxiran no lo dejaban entender.
Un poco de la ropa y otro poco de los pelos, entre todos tiraron al Pibe en la caja de la camioneta. Cayó de costado sobre la cubierta de auxilio y soltó otro grito. Todos se subieron junto a él. La camioneta se marchó y la noche volvió a su silencio.
Pero arriba de la chata la historia continuó. El Pibe vio como de una lata sacaban arena sucia con ripio y se la refregaban en las heridas con las plantas de los borcegos. A pesar de su inconciencia, el dolor lo hacía gritar.
Por las patadas y golpes comenzó a vomitar. El vómito le ahogó los gritos. Restos de la cena con gruesos hilos de sangre roja. Al Pibe le pareció que eso los enojó más todavía.
El agua que le echaron lo revivió por un instante, pero rápidamente recibió más patadas y culatazos. Le arrancaron la remera y se la pusieron de capucha. El Pibe no sabe con qué, pero con algo lo amordazaron. De a poco empezaba a sentir miedo.
Al Pibe lo amenazaban con cortarlo, con destriparlo, con fondearlo en la Toma. Con un bastón le puerteaban el culo y él se retorcía en un desesperado pero infructuoso intento de gritar. El palo era el adelanto, le decían, y le prometían que después, entre todos, lo violarían.
Las heridas se veían feas. La chata frenó. Le quitaron la capucha. Estaba en la guardia del hospital. La doctora lo revisó y preguntó. El respondió: la policía. No dejaron terminar a la doctora y se lo llevaron. Lo volvieron a encapuchar. Le volvieron a pegar por buchonear.
Recorrieron la ciudad. La chata volvió a frenar. Otra vez se bajaron. El miedo ya se había apoderado de él. No podía parar de temblar. El cuerpo entero le dolía. Escuchó hablar y se dio cuenta de que estaba en Jefatura. En su estado no lo querían bajar, o no lo querían recibir, el Pibe no entendía bien que pasaba.
Arrancaron otra vez. Los borcegos, las culatas y las amenazas otra vez se ensañaron con él mientras la chata no paraba de andar. El Pibe había perdido la noción del tiempo. Repentinamente, la chata frenó y se estacionó. Le sacaron la remera-capucha. Estaba en la Perón, casi donde lo habían levantado. Lo empujaron fuera de la camioneta. Casi amanecía. Ya había recuperado la noción de los hechos, pero apenas podía tenerse en pie.
La Mari no podía creer lo que veía. El Pibe estaba desfigurado y apenas podía balbucear lo que había ocurrido. Lo abrazó largo rato. El Pibe lloraba. La Mari, incendiada de odio, se obligó a esperar hasta el día siguiente. Así se durmieron en esa única pieza de esa humilde casa de aquel desquiciado barrio.
El martes por la mañana, después de bañarlo como pudo al Pibe, la Mari y él comenzaron con su peregrinación personal. Abogados, médicos, tribunales, hospital, Concejo del Menor, Derechos Humanos, etcétera, etcétera.
En general muy poca bola. El relato del Pibe es inconsistente. Estaba volado. Pero estaban las marcas. Pero andá a saber cómo se las hizo. Pero había testigos. Pero podría haber sido otro. Nada debía ser seguro.
Pasaron los meses y el Pibe siguió en la misma. Jalando mañana, tarde y noche. Ratereando mañana, tarde y noche. Y cada vez que lo veía la yuta, cobraba otra vez. Con causa o sin causa, eso era lo de menos.
Un par de veces lo agarraron con cosas robadas. En realidad, el Pibe nunca supo si había sido él o no. Pero igual lo fajaron. La última vez, doblado por el poxiran, pretendió robarse una moto. Lo agarró primero el dueño. Después los gorras. Casi pierde un ojo.
Cuando no le pegaban los gorras, le pegaban los transas del barrio. Esa es la vida del Pibe hoy, entre paliza y jalada, víctima de la cruel indiferencia del sistema. El Pibe se siente condenado, y solo tiene 16 años.
Como tantos gatos, el Pibe está cautivo dentro de una extensa e inescrupulosa cadena comercial marginal: robo, droga, prostitución, corrupción. Él es solo uno más en esa horda de gurises que venden droga o roban para mantener su vagancia y su consumo, sosteniendo, así, la nefasta cadena.
Realidad esta que a nadie le importa. A nadie, Pero la Mari y el Pibe no bajan los brazos. Siguen en su peregrinación enfrentando la indiferencia y el desprecio, la estigmatización y la discriminación. Enfrentando a gorras y transas.
La Mari y el Pibe no cejan en la búsqueda de una salida.
Lamentablemente, todos los personajes de esta historia tienen nombres y apellidos reales, vecinos de nuestra ciudad. Nombres y apellidos que descansan desde hace seis meses en un expediente en los tribunales locales.
El grueso papelaje de sus causas reposa estático por la indiferencia de la Fiscalía, de la Defensoría de Menores, del Copnaf, y de la APDH local. Reposa sin hacerse público. Ninguno lo hizo público. Tal vez porque el hacerlo público desnudaría una cruda realidad inconveniente, molesta, que puede afectar la imagen de la realidad que queremos vender.
La realidad es la de un flagelo que prospera impune arruinándole la vida a gurises de entre 12 y 17 años a lo largo y a lo ancho de nuestra ciudad. Gurises que, bajo la complicidad de la noche gualeya, coinciden en distintos puntos de encuentro en grupos de entre10 y 50.
Una realidad que involucra a toda una generación que se reproduce frente a nuestros ojos conforme va pasando el tiempo.
Una realidad que se multiplica exponencialmente mientras nosotros confundimos, convenientemente, impotencia con indiferencia, e ignoramos que esos cientos de gurises de hoy serán miles solo en un par de años, y será tarde.
Norman Robson para Gualeguay21
