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La oligarquía existe…


Hoy en día es muy común escuchar que esto o lo otro depende de esto o lo otro, o que aquello no es tan así ni tan asá, o que eso es según lo vea cada uno, poniendo hasta la realidad misma en tela de juicio y sometiéndola a la conveniencia de cada uno.

Tal es así que hemos llegado a un punto donde, hoy, todo es virtualmente cuestionable y algo negro puede ser blanco y algo blanco puede ser negro según la interpretación, funcional o no, de quien se manifieste.
No somos pocos los que escuchamos a políticos y abogados decir que la mitad de la biblioteca jurídica sostiene una cosa y la otra mitad lo contrario, contribuyendo así al desconcierto general, siempre en favor del desarrollo particular de quienes tienen atados a sus dedos los hilos del poder.
Esta moda de cuestionar la realidad parece ser fruto de un proceso de degeneración social, cuya génesis puede ser sujeto de debate pero no su impacto, el cual trajo consigo la degradación del sistema de valores y la pérdida gradual de la disciplina y la autoridad, aspectos que provocaron la deformación del individuo imponiéndole una interpretación individual por sobre cualquier marco común o general.
O sea, un proceso que nos trajo a un escenario donde el juez ya no es tan juez, ni el maestro es tan maestro y, por supuesto, en contraposición, el chorro ya no es tan chorro, ni el corrupto es tan corrupto.
Este escenario, seguramente discutible para quien ose leer esto, atenta directamente contra el orden público, por el cual los individuos pueden convivir sanamente, sin violencia social, y desarrollándose integralmente.
Este compulsivo cuestionamiento del orden establecido promueve, y justifica, el desacato, el desorden y el conflicto, generando un marco de caótica convivencia,  y condenando a la comunidad al desamparo y la postergación.
Como dijimos más arriba, este proceso puede responder a un accidente social, originado en alguna parte del inconsciente sociológico de la comunidad, o bien puede responder a una política intencional cuyo único objetivo sea mantener un escenario de confusión y desconcierto que le facilite al poder el desarrollo de sus mezquinos e inescrupulosos intereses sectoriales, incluida su perpetuación en el cenit del poder.
Una suerte de río revuelto para la ganancia del pescador, donde los pescados, desorientados en la confusión, desconocen hasta su propio cardumen y siempre terminan alimentando la factoría del pescador.
Ahora bien, si nos apartamos un poco del tema puntual de esta realidad de que nada es lo que es, tomamos distancia, y observamos en perspectiva todo el contexto de las políticas públicas de las últimas décadas, donde se suma el desprecio por la educación, el desinterés por la familia, y la apropiación de la cultura y los medios como instrumentos de propaganda, un escalofrío comienza a recorrerme el cuerpo.
A partir de esta visión más global de la cosa, se me presenta un maquiavélico escenario donde todo está orquestado de forma de contribuir a la degradación del individuo hasta su mínima expresión de animal doméstico que pueda ser fácilmente arriado de acuerdo a los intereses del poder.
En esta escalofriante visión de la realidad, descubro en el poder a los mismos de siempre, aquellos que, de una u otra forma, siempre estuvieron, están y, si nada cambia, seguirán estando.
En esta fauna del poder nada ha cambiado a lo largo de las décadas, políticos, empresarios y bufones del gran circo siguen conviviendo, a veces del lado de los buenos y otras del lado de los malos, pero siempre cómodamente ubicados dentro de la esfera del poder.
Este selecto grupo o sector que ostenta el poder en su propio beneficio y perpetuidad, según las enciclopedias, se llama oligarquía.
En nuestro caso en particular, una oligarquía dominante conformada por dinastías sectoriales que articulan las fuerzas de forma de imponer sus proyectos de enriquecimiento y perpetuarse en el poder.
O sea, volviendo al principio, tanto la realidad discutible, como la pérdida de valores, la desaparición de la disciplina, la crisis de la autoridad, la deseducación, no son casualidades ni causalidades, sino que responden a políticas explícitamente diseñadas para llevar a la sociedad a su propia decadencia en beneficio de una oligarquía dominante.
Seguramente, todo esto será muy discutible para muchos, pero ninguno de esos muchos podrá negarme, con rigor de verdad, que la oligarquía existe…
Mientras tanto, los teros seguirán gritando justo donde esta estampida de inocentes pelotudos busca sin suerte sus huevos.
Norman Robson para Gualeguay21

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