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Militantes virtuales

Esta simpática nueva casta de militantes ya copan nuestras redes sociales e invaden nuestros muros con sus rimbombantes estupideces, las cuales, más que estúpidas, son atrevidas, inútiles, muchas veces, hipócritas, y siempre afectan nuestra paz. Son los “militantes virtuales”.

Es lógico que así sea, pues “militar” en las redes sociales les permite a estos enarbolar sus geniales banderas y desahogar sus íntimas frustraciones, mientras se rascan la panza durante la propaganda de la novela, o bien, mientras esperan algo útil para hacer.
De ese modo, estos “militantes” pueden cumplir con “el ardiente llamado de la Patria” sin alterar sus haraganas rutinas, sin alterar sus fantasías, y pudiendo gritar a los cuatro vientos que son “comprometidos y participativos militantes” con una interminable lista de derechos, luego del derecho a la libre expresión.
Es esa la mejor manera que encontraron de superar sus dolorosas frustraciones y de enriquecer su fantástica realidad.
Con recorrer sus muros basta y sobra. Con ver los contenidos que comparten alcanza para comprender esto. La frecuencia compulsiva de sus publicaciones, propias o ajenas, exclusivamente centradas en una idea, y absolutamente intolerante de cualquier otra, los identifica. No son pocos.
Los que sí son pocos son los militantes de verdad, militando acciones concretas detrás de una idea que genuinamente los identifica y por la cual sacrifican sus tiempos y espacios. Esos militantes que realmente están comprometidos y participan con cuerpo y alma en busca de resultados concretos escasean. Esos artífices desinteresados que sacrifican lo individual por lo común son realmente pocos.
Lejos de estos, los militantes virtuales, luego de inmolarse, virtualmente, claro, en las redes volcando sus expresivas publicaciones, continúan su rutina, en muchos casos pervirtiendo o corrompiendo lo proclamado. O sea, borrando con el codo lo escrito con la mano, pues en la realidad, son incapaces de sacrificar algo, mucho menos tiempo o dinero, por la causa que sea.
Estos “militantes” no solo se los encuentra en la política, sino que también los hay en el gremialismo, en el ambientalismo, en el feminismo, y en cuanta propuesta demande su fundamentalismo absolutista, nacido de su creciente y creativa capacidad ociosa, la cual parece ser importante. O sea, son muchos y se reproducen frente a nuestros tan indefensos como impotentes ojos.
En definitiva, son la versión moderna de las “señoras gordas” de antaño, aquellas que desde su opulencia del “dolce far niente” eran las vedetes de campañas “sin fines de lucro” solo con el afán de figurar.
Frente a este escenario, vale recordar que quienes concibieron las redes lo hicieron para facilitar a la sociedad, más allá de las limitaciones de tiempo y espacio que impone hoy la vida moderna, una mayor interacción, permitiéndole a los individuos a convivir virtualmente en un espacio virtual donde intercomunicarse.
En este marco, estos “militantes” no son diferentes a los de la vida real, solo que reaccionamos diferente. Por ejemplo, si nos encontramos en una fiesta de 300 personas a un muñeco o muñeca que solo insiste en imponer su visión sobre un determinado tema, lo más seguro que haremos será dejarlo solo, alejarnos de él, o, en el peor de los casos, voltearlo de un castañazo.
Pero, en este mundo real, del cual lo virtual es parte, ser estúpido no es un delito, ni lo es el fundamentalismo o la hipocresía. Por lo tanto, de nada vale denunciarlos, ni, mucho menos, querellarlos, aunque se podría ir pensando en condenar civilmente a los idiotas cuando sus idioteces alteran esa paz que tanto nos cuesta conseguir.
Mientras tanto, lo que sí se puede hacer, y las redes así lo prevén, es eliminarlos como contactos, esconderlos, o bloquearlos, arbitrariamente, porque si les decimos algo, seguramente, recibiremos por respuesta uno de esos extensos repertorios plenos en más mentiras, más estupideces, y, por supuesto, nuevas y agresivas acusaciones.
Por lo tanto, lo recomendable es que, cuando uno enfrenta a uno de estos perfiles transmitiéndonos sus arbitrarios y muchas veces violentos contenidos que en nada nos enriquecen, se debe optar por la salud y expulsarlo de esa realidad. Tal vez, hasta se les estará haciendo un favor: Obligarlos a aprender a convivir en paz.
Norman Robson para Gualeguay21

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