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Naturaleza vs. Justicia


Una cosa son los derechos y oportunidades, y otra, muy diferente, las capacidades y habilidades. Por mucho que queramos, nos esforcemos, y la Justicia nos lo garantice, la naturaleza siempre nos impone sus límites.

Amparados en los tan bastardeados derechos, hoy muchos creen que pueden hacer y decir lo que se les da en gana, con total desprecio por las limitaciones naturales del caso, como son el poder y el saber.
Muchos creen que basta pretender algo para acceder a él. Nada más errado. Las leyes de la Justicia y las de la Naturaleza a todos nos imponen límites y, aunque lo olvidemos, también deberes y obligaciones.
Todos somos iguales, sí, es cierto, pero solo ante los ojos de estas leyes. De ellas no escapamos. Podemos pretender todo lo que queramos, pero solo accederemos si la Justicia y la Naturaleza, a través de sus leyes, nos lo permiten.
De este modo, todos tenemos el mismo derecho a hacer, y debemos tener las mismas oportunidades, pero, definitivamente, no todos somos capaces de hacer lo mismo, ni tenemos la misma habilidad para hacerlo, ya sea porque la naturaleza no nos los permite, o porque no nos esforzamos lo suficiente en ese sentido.
Por ejemplo, todos tenemos el mismo derecho a saber, y debemos tener las mismas oportunidades, pero no todos logramos incorporar la misma cantidad de saberes, ni tenemos la misma habilidad para comprenderlos.
En esto mucho tienen que ver nuestras experiencias, y la capacidad de haberlas capitalizado.
De esto se desprende que, si bien todos podemos decir lo que queramos, amparados en la libertad de expresión, ello no basta para calificar como aceptables los contenidos de nuestros dichos, pues estos deben ser avalados por el saber en cada caso.
O sea, y desde el absurdo, no puede opinar sobre lo lindo que es ser abuelo alguien que tiene solo veinte años. Puede decirlo, pero no tiene autoridad para ello, pues la naturaleza no lo ha dotado con los elementos que lo califiquen para ese juicio, sin que eso signifique que sus derechos sean vulnerados.
En definitiva, el Estado de Derecho nos asegura a todos derechos y oportunidades, pero no nos dota a todos de iguales capacidades y habilidades que nos pongan en igualdad de condiciones. Por eso, no solo somos todos diferentes, sino que unos somos más capaces y hábiles que otros.
Así lo manda la Naturaleza y así lo comprende la Justicia en el Estado de Derecho.
Por todo esto, la sana convivencia en sociedad  se ha basado, a lo largo de la historia, en el respeto a estas diferencias y, mediante políticas adecuadas, en su integración con justicia a la vida social.
Tal es así que la imposición de un sistema que regale méritos para igualar a todos, por su propia injusticia, solo engendra violencia y termina, siempre, en un estruendoso fracaso,
Norman Robson para Gualeguay21

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