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Necesitamos muchos papás


Hoy empieza el invierno. Los días son más cortos y el frío hace sentir. Experimentamos la necesidad de cobijo y calor. Un plato caliente, un abrigo. Tradicionalmente son funciones que se identifican con el rol del papá, a quienes hoy celebramos de modo particular.

Hace un par de semanas, previendo que se acercaba este día, le pedí a un papá que me contara algún recuerdo. Me escribió: “Cuando paso por mi corazón mi experiencia de ser padre aparecen multitud de imágenes, miradas y sueños de familia, amor y hogar. Juegos compartidos de panza en el piso, tirando una piola, desafiando la naturaleza y explorando algún lugar en largas caminatas, en bicicleta con el perro, acampando acurrucados, prendiendo un fuego con las manos pegoteadas de lombrices, tierra y pescados. También de noches de desvelos y angustias ante algún dolor del cuerpo o del alma de los hijos.”
Es que “ser padre, es servir a la vida en el hijo, es entrega de la propia vida”. Cuando los hijos son pequeños se les ayuda a crecer alentándoles a levantarse ante las primeras caídas al aprender a caminar, o a sobreponerse a los golpes que puedan venir al quitarle las rueditas auxiliares a la bicicleta.
Es necesario jugar al futbol, leer cuentos, enseñar a untar el dulce de leche, practicar las letras y los números.
Otro amigo me contaba en cambio de su experiencia como hijo joven extrañando a su papá: “Recuerdo un momento de mi vida a los 18 años, con intenso dolor de muelas y arrastrando una valija pesada, en una esquina de la ciudad de La Plata a comienzos de mi carrera de medicina. Tantas necesidades, tanta soledad, sin poder pedir a alguien ni siquiera compartir… y dije-pensé, “Necesito un PADRE, que siempre esté, que no se enferme y que no se muera” y descubrí en mi orfandad de plenitud a Dios Padre.”
Y esta experiencia me hace pensar en nuestra sociedad, con muchos padres ausentes. Algunos se fueron del hogar de manera repentina; formaron otra pareja, y después otra, dejando hijos sin papá… Otros están presos o fugados de la Justicia. Y no faltan quienes se “ausentan” por el consumo de alcohol o drogas.
Sea cual sea el motivo, estamos en una sociedad con un serio déficit de paternidad.
Vemos niños y adolescentes muy solos. Sin contención y cariño en el presente y sin proyecto de vida a futuro. Paran en esquinas o pasillos, en plazas o estaciones… están muchas horas a la intemperie en un sentido real y afectivo. Hay un grito desde las entrañas que claman por un papá que no está cerca hace rato.
Ante estas situaciones dolorosas a veces hay respuestas. Encontramos otros papás que los miran extendiendo su paternidad y abrazándolos, ofreciendo cobijo, ternura. Pienso por ejemplo en el “Hogar de Cristo”. Sacerdotes entregados como padres con lo que hay que tener, papás laicos que extienden su familia a los barrios más pobres. Mujeres consagradas que sostienen con afecto femenino la olla, la mesa, la canchita, la huerta, otras mujeres casadas o solteras que ponen oído y sostienen a quienes van cayendo o son expulsados de sus casas. Un gran esfuerzo para conjugar libertad y límites que ayuden a una integración en la sociedad.
Recuerdo haber escuchado experiencias de África, Haití, o zonas de guerras. Cuando muchos chicos quedan huérfanos, hay familias (muchas) que dicen “también son hijos nuestros”, y les brindan el cariño que necesitan.
Ojalá regalemos paternidad.
¡Feliz día del padre! Y feliz día para los hijos.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Guaelguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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