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Por qué el modelo actual es inviable


La crisis de 1929 fue atribuida a múltiples causas: especulación, sobreproducción, ambición desmedida, desmanejos financieros. En casi todos los países, la reacción a la mayor crisis económica del siglo XX fueron reformas legislativas que establecieron más controles de todo tipo.

La crisis de 2008, conocida como crisis de las hipotecas subprime, fue consecuencia de una gran especulación y fallas en los controles a quienes manejan el mercado financiero. Se habían abandonado buena parte de la legislación y los mecanismos surgidos como reacción de aquella crisis de ‘29. La consecuencia fue el derrumbe, con efecto dominó, del precio las propiedades y de las acciones, la perdida de más de 30 millones de empleos en todo el mundo, la duplicación de la deuda de los EE.UU., y, finalmente, el traslado de dicha crisis a todas las economías del mundo. Resultados del abuso de los servicios financieros “colaterales” participando en inversiones de riesgo sin arriesgar un centavo. LEE HSIEN LOONG, Primer ministro de Singapur, afirma que “cuando se comienza a pensar que es viable crear algo de la nada, es muy difícil resistirse a ello”.
No es, por supuesto, nuestra intención, nunca lo fue, comparar una economía subdesarrollada como la Argentina con la economía de una superpotencia. Hacerlo sería un gran error. Pero igualmente nos deja un aprendizaje, porque si una economía desarrollada contradice las leyes económicas y ello determina una crisis, ¿qué puede esperarse cuando una economía débil y subdesarrollada también contradice dichas leyes económicas de hierro?. ¿Qué puede esperar la economía Argentina luego de sucesivos ejercicios condescontrolado gasto público y déficit fiscal, financiado por una gran presión tributaria y por emisión monetaria, que llevaron a una altísima inflación y al retraso del tipo de cambio?
Gasto para todos
El Gasto público, en constante aumento, es un síntoma de la política populista que alienta el subdesarrollo. La actividad pública crece para compensar la falta de oportunidades para inversiones rentables que atraigan capitales privados. Tampoco ese gasto está dirigido a sectores reproductivos de la economía. Todo lo contrario, se gasta mal, a corto plazo.
El presupuesto Nacional es un espejo de la política económica. Que la proporción del PBI para sostener el Estado burocrático se haya incrementado en forma alarmante implica un claro retroceso en términos económicos. Este proceso desalienta directamente la inversión. Un síntoma característico de las economías subdesarrolladas es el destino de los recursos, donde el empleo burocrático disfraza, esconde desocupación laboral que podría destinarse a actividades productivas, generadoras de riqueza nacional. Si gran parte de esos recursos se destina a sostener la elefantiasis estatal, pues tenemos un grave problema.
El déficit fiscal continuo es un síntoma que muestra que el Estado no puede atenerse a un presupuesto. No puede cumplir con la ley ni con la meta de un determinado nivel de erogaciones. Esto, al contrario de lo que piensan muchos, es una clara señal de debilidad, no de fortaleza. Gastar más de lo que ingresa permanentemente implica la quiebra para cualquier familia, para cualquier empresa o cualquier Estado.
El Ministerio de Economía de la Nación muestra contablemente los resultados del Tesoro considerando como recursos corrientes  las trasferencias recibidas del Banco Central de la República Argentina (B.C.R.A), los fondos transferidos por ANSES y PAMI, y hasta de lo recaudado por Obras Sociales. Sin contar estas transferencias, el desequilibrio fiscal supera hoy el 7% del PBI, un porcentaje superior a períodos de severas crisis financieras en nuestro país.
La presión impositiva es directa consecuencia de lo anterior, pero lo realmente dañino es se destina principalmente a financiar actividades donde el Estado no debería participar porque no lo hace bien. Por ejemplo, Aerolíneas Argentinas. Esto atenta contra la inversión genuina, o porque destina y distrae recursos necesarios para otras prioridades como la inversión en infraestructura energética. Hoy esta presión impositiva, inédita, ha llegado a un punto que hace inviable muchas actividades, alentando como antaño la especulación. Por este motivo crecen los plazos fijos en pesos, porque no hay muchas actividades alternativas que otorguen tasas de retorno mayores a las que pagan los bancos sin riesgo empresario.
El desarrollismo aconseja desgravar para activar el proceso inversor, reducir en forma importante el gasto improductivo. Esto no significa cortar beneficios, derechos y subsidios a personas a las que ya se les fueron otorgados. Todo lo contrario, ésta delicada red social debe protegerse. Lo que debe reducirse es el gasto burocrático improductivo y los subsidios desmesurados a la energía y el transporte, para redirigir esos recursos al crédito productivo y a las obras de infraestructura y energía que son indispensables para encaminar el país hacia el desarrollo. Analice el lector lo que podría haberse invertido en obras de infraestructura indispensables si se hubieran canalizado hacia ese destino los más de 3.500 millones de pesos por ejercicio que se destinaron en sostener Aerolíneas y el programa Fútbol para Todos.
Cómo “crear algo de la nada”
La emisión monetaria, ha sido un método tomado por esta administración para financiar rojos en la tesorería, contrariando toda ley económica. Sin embargo, es la clave del circuito financiero ideado por el gobierno. Veámoslo. Cuando emite, el Banco Central entrega pesos, pero luego éstos son parcialmente reabsorbidos por el mismo Banco Central, por medio de la colocación de letras “Novac” y “Lebac”. Estos activos pagan un interés muy atractivo en plazos cortos. De esta forma, indirectamente, el sector privado está financiando el déficit fiscal, distrayendo crédito que podría destinarse a la inversión y a la producción. Aquellos títulos mencionados superan hoy los 305.000 millones de pesos que deben devolverse en algún momento.
Conclusión: el Estado emite, paga sus deudas, aspira el dinero contra títulos con elevado interés a cortísimo plazo, endeudándose para pagar gastos de tipo corrientes. No hay inversión, no hay crédito productivo, no hay círculos virtuosos. Es imposible no recordar la frase de LEE HSIEN LOONG: Si esto no es crear algo de la nada, entonces, ¿qué es?.
La cantidad de dinero circulante debe ser la justa y necesaria para que sean posibles las transacciones y el normal funcionamiento de la economía. No debe crearse moneda artificialmente para financiar el consumo, ni beneficios sociales efímeros, pero tampoco restringirla artificialmente como método de contener la inflación.  La moneda y el tipo de cambio no deben ser instrumentos de reactivación como afirma el populismo, ni de contención de la inflación como piensa el monetarismo liberal. La moneda es el lubricante para que la economía funcione y, como en cualquier motor, su escasez o abundancia producen roturas.
Roberto Domingo, Director del Centro de Estudios Nacionales (CEN), Filial Entre Ríos

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