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Por una paz de género

El horror del femicidio llegó a la provincia, pero todos eluden un abordaje científico y calificado del flagelo que permita instaurar la paz de género, sino que insisten en la “violencia de género” que tantas vidas ya nos costó.

Como no soy ni quiero ser como ellos, voy a tratar de concebir un origen posible para tanta violencia a partir de algunas premisas ciertas sobre la historia inmediata de este tema que hoy tanto nos desvela, para luego exponer mi visión particular sobre el problema y su posible solución.

En la última década se impuso en nuestra sociedad el concepto de violencia de género para defender a la mujer de un incipiente índice de abusos y hechos violentos que supuestamente preocupaban al Estado.

A partir de este concepto se intentó contrarrestar la presunta supremacía física masculina con un empoderamiento político y social de la mujer, rompiendo así el equilibrio natural que existía en las relaciones entre ambos.

A pesar de esto, durante este periodo nunca se empoderó a la mujer en ningún aspecto sustancial que alterara su situación, sino que solo se la benefició con cuestiones formales e instalando en la sociedad una conciencia sobre su debilidad.

O sea que, en la pretensión de empoderar a la mujer en la sociedad, se la victimizó frente al sistema, pero sin crear la infraestructura física o política necesaria para defenderla, sino que se la abandonó a su suerte sin ningún tipo de asistencia social.

Conforme pasó el tiempo, y a pesar de la presunta “política de género”, la sociedad vio atónita como las víctimas mujeres, ahora llamadas víctimas de violencia de género, crecían a niveles alarmantes.

Mientras tanto, motivado por esto, el furor inicial de esta “conquista” comenzó a apagarse, conforme las marchas se hicieron menos convocantes y los índices mostraron que la mayoría de las denuncias no prosperaban por infundadas.

Ante este escenario, y ante la escalofriante escalada de violencia, hoy al Estado solo se le ocurre responder pidiendo, a través de campañas mediáticas, que las potenciales víctimas avisen por teléfono si las van a matar.

A partir de lo expuesto me permito imaginar, como primera medida, que una solución al problema de la violencia contra las mujeres nunca fue  una cuestión de Estado elaborada por especialistas en el tema, sino que solo fue otra distracción del entretenido relato.

Me permito pensar la “política de género” aplicada en nuestro país como un discurso hueco de acciones o medidas concretas o sustentables donde se haya pretendido reducir la violencia, pues a nadie se le ocurriría hacer eso promoviendo el desequilibrio, la desigualdad, y, más que nada, la injusticia. Imposible.

Tal es así que nunca, en ningún momento, ni en algún aspecto, el Estado invirtió en infraestructura para defender a la mujer, sino que solo se gastó en efímeras campañas que la empoderaran a la mujer en su absoluta soledad.

De este modo, me permito entender que esta política de licencias y avales sociales en favor de la mujer degeneró en un peligroso desequilibrio en las relaciones que, hasta donde se puede ver, donde había estabilidad despertó la ventaja, donde había abusos fomentó la revancha, y donde había inestabilidad despertó la muerte.

O sea, me permito imaginar lo que hoy ocurre como un espeluznante escenario creado por el Estado donde la violencia sicológica de la mujer contra el hombre terminó explotando en violencia física del hombre contra la mujer.

Como conclusión final, debo reconocer que no tengo certeza de que esto sea así, pero sí hay algunas cosas que me constan:

Una es que puede serlo.

Otra es que, sea como sea, ninguno de los involucrados, sumidos en el espiral de violencia, jamás va a llamar al 144.

Finalmente, se me antoja que tal vez sería bueno que políticos honestamente comprometidos en defender a la mujer encomienden a profesionales calificados que estudien lo que ocurre y delineen políticas públicas desde la visión de la ciencia y no desde la estupidez política de dirigentes hipócritas solo interesados en morbosos protagonismos.

La sociedad clama por políticas públicas que traigan la paz de género y erradiquen la violencia de género.

Norman Robson para Gualeguay21

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