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San Juan de brazos abiertos

El 31 de agosto se conoció que el Papa Francisco me designó como obispo coadjutor de San Juan. Desde aquel momento he recibido cientos de mensajes de saludos llegados de las diversas comunidades y de la sociedad.

Algo que se reiteraba en la gran mayoría era “te esperamos con los brazos abiertos”.

Y así está sucediendo. Lo que pude experimentar en estos pocos días han sido gestos de cordialidad, bienvenida, cariño… Estas expectativas lindas me alientan e incentivan en el servicio. Pero también son un compromiso para no defraudar la confianza.

Este traslado no implica solamente “cambiar de casa” o mudanza −−que es bastante engorroso por cierto−− sino afrontar una nueva etapa. En lo personal lo vivo como un llamado a desinstalarme y abrirme a nuevos desafíos. La misión que asumo no consiste en reiterar estrategias que funcionaron bien en otro lado, y menos aún repetir fórmulas verbales. Es comunicar y compartir la vida nueva de Cristo Vivo con hermanos y comunidades bien concretas. Y eso no se logra copiando lo ya dicho sino entrando en diálogo fecundo.

Para ello es necesario conocer cada comunidad, su idiosincrasia, su manera peculiar de acoger y vivir la fe.

Por eso en estos primeros meses me he propuesto dedicar mucho tiempo a escuchar, conocer, palpar el corazón de cada comunidad y sentir sus latidos vitales. Pero no para mirar desde afuera o crecer en un conocimiento teórico, sino para acompañar y hacer el camino juntos.

La Iglesia es un pueblo en marcha y esta dimensión peregrina de la fe nos ayuda mucho para reconocer que no caminamos solos, cada uno por su lado y sin rumbo. Andamos como familia de hijos de Dios. Nuestro horizonte es la vida en plenitud, la casa del Padre.

El oficio del obispo está marcado por el amor a Jesús y a su pueblo. El mismo Maestro Resucitado vinculó el amor a Él con el apacentar a su rebaño: “¿Pedro, me amas? Apacienta mis ovejas”. (Jn 21, 15 ss). No se puede amar a Jesús y descuidar a los suyos.

Llegué a la provincia de San Juan el lunes pasado. Estos primeros días me dediqué a ubicar los libros y carpetas en la biblioteca, ordenar la ropa, organizar mi escritorio… También nos hemos reunido con mi hermano el Padre Obispo Alfonso para coordinar las agendas. Tengo ya varias Fiestas Patronales y Confirmaciones hasta fin de año. Comenzaré a recorrer, visitar, ir al encuentro de las comunidades para alentarles en la alegría de la fe. Siento una plena alegría porque ya se van distinguiendo en el horizonte los rostros del pueblo sanjuanino en su camino de encuentro con Jesús.

Del 2 al 5 de noviembre se realizó en el Vaticano el III Encuentro Mundial de Movimientos Populares, en el que se abordaron preocupaciones y temáticas que se comparten de modo explícito con el Papa Francisco, sobre el eje central Tierra, Techo y Trabajo. Se habló de Pueblo y Democracia, Territorio y Naturaleza, Refugiados y Desplazados del mundo a la luz de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium y la carta encíclica Laudato si’. En la apertura el cardenal Peter Turkson, presidente del Pontificio Consejo de Justicia y Paz, marcó un camino bien concreto: “Vamos a discutir cuáles son los cambios que necesitamos, y la iglesia y los movimientos populares trabajaremos juntos para fomentar los cambios más profundos que necesita nuestra sociedad”.

Mañana comenzaremos la Asamblea de la Conferencia Episcopal de la cual participamos todos los obispos de la Argentina. Trataremos cuestiones que hacen a la misión y la vida de la Iglesia en nuestro país. El viernes estaremos de regreso. Acompáñanos con tu oración.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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