Tierra de mujeres

El Barrio 80 Viviendas es aquel proyecto habitacional de 25 millones de pesos destinado a aliviar la realidad de la falta de viviendas, en especial de mujeres solas con hijos, y que se entregó sin terminar porque desapareció la plata.

Sin terminar quiere decir, no solo sin puertas, sin luz, sin parte de los pisos, sin el cielorraso, sin las cargas, sin celesita, sino, también, sin calles, sin veredas, sin cloacas, sin…

Llegar al barrio un día como estos es una verdadera aventura. Chapoteando en el barro recorro sus calles. Mate de por medio hablo con sus mujeres. Con algunas. Algunas tienen miedo. Otras las supera la bronca.

Todas, con dolor, reconocen que ya nadie viene por el barrio.

Mientras estoy allí, se termina la siesta y comienza la tarde. Algunas mujeres salen resbalándose hacia su trabajo. Otras llegan. Otras se quedan, cuidando su sueño cumplido a medias.

La recorrida indigna, subleva, indispone, avergüenza, violenta. Cuesta concebir la existencia de un grupo de personas que se junten para enriquecerse a costa de estas mujeres. Cuesta concebir la indiferencia de personas que no se hacen presentes con soluciones inmediatas a la altura del daño ocasionado.

Violencia de género

Quienes fueron beneficiados con una casa en el Barrio 80 Viviendas son, en su gran mayoría, mujeres. En su gran mayoría, solas. Todas agradecidas por el sueño cumplido, todas estafadas en sus derechos.

Aquel relato en defensa del género, de las mujeres, de las madres, es el mismo que con inescrupulosa e impiadosa desidia timó a estas inocentes beneficiarias en su ilusión de una vivienda digna.

Mujeres, solas, luchadoras, sobrevivientes con gurises al pie, víctimas de la vida, después víctimas del robo, mujeres que ahora son víctimas de una justicia parcial, servil, que mira para otro lado para no comprometer a los responsables.

Rehenes de la indiferencia

Estas mujeres están condenadas al riesgo, a la incomodidad, a una vida de diarios y cartones para secar el piso, de ollas para atajar las goteras, de cortinas para reemplazar puertas, de conexiones desprolijas y cables pelados, de mover muebles para esquivar el agua, de no huir para no perder.

De este modo, las beneficiarias del Barrio 80 Viviendas están presas de su realidad, y su carcelero es absolutamente indiferente a sus derechos, por más humanos que estos sean.

Es que para muchos son solo mujeres “que solo supieron tener hijos para cobrar salario”, razón por la cual no merecen ser parte del sistema, por más que el sistema diga que si merecen ser parte.

Claro, los Derechos Humanos solo están para defender al Estado, para hablar los 25 de marzo y, ahora, para marchar por Ni Una Más, pero no para esto.

Imperio de angustia

La vida de las mujeres del 80 Viviendas está signada por la angustia. Doble dosis si llueve. Triple en temporales como este.

Angustia por el agua que invade sus colchones, que hace arder sus ropas, que se hace carne. Angustia por los riesgos de la precaria instalación eléctrica. Angustia por no poder salir, por no poder entrar. Angustia ante el beneficio robado, testimoniado en los techos sin cargas, en las paredes sin celesita, en las puertas sin puertas, en los pisos sin piso, en los baños sin sanitarios, en la injusta precariedad de todo.

Angustia por el miedo a no poder salir al hospital, por miedo a que no pueda entrar la ambulancia, la policía, o los bomberos, y por miedo a salir y no poder volver a entrar.

El futuro hipotecado

No los pude contar, pero son muchos. Entre 250 y 300 gurises que no tienen como salir a la escuela, que no tienen como salir al doctor. Gurises también presos, como sus madres, en este mundo de húmeda angustia e incomodidad.

Gurises excluidos de todo eso que promete la Ley 9861, tan falsa como todo el relato sobre la protección del niño.

Tal es así que a María Belén, discapacitada, deben moverla de aquí para allá esquivando las nuevas goteras, al igual que a Tomás, asmático, buscando algún rincón seco para evitar una nueva crisis.

Ellos son débiles, son vulnerables, pero a nadie eso le importa, solo, tal vez, para alguna foto, en honor a la diversidad y a la inexistente inclusión.

La gran culpable

La Municipalidad de Gualeguay es la única culpable de todo esto. La Municipalidad de Gualeguay es quien estafó a estas 80 mujeres y sus gurises, y los condenó a sufrir esta realidad.

Esto es así porque así lo señalan los documentos.

Esto es así independientemente de lo que hayan hecho Erro y Rubattino, o de lo que hoy hagan Bogdan y Della Giustina. Los primeros son solo los responsables de esta realidad y por ello deberán rendirle cuentas a la justicia. Los segundos son solo los responsables de resolver hoy esta realidad, y si no lo hacen deberán rendirle cuentas por ello a la Justicia.

La única solución

Hoy solo un camino les queda a estas mujeres y a estos centenares de gurises, todos desconocidos por el Estado y abandonados a la buena de Dios: Recurrir a la Justicia a través de un estudio de abogados que imponga recursos y medidas que salvaguarden sus derechos.

Lamentablemente, en esto se debe tener en cuenta que la fiscalía local está en manos de quien es esposo de la principal sospechosa de esta estafa, y a nadie le importa que esto así sea.

Entonces, el camino es que se junten como vecinas, sin que se les entrometan ni la política ni los políticos, y juntas luchen por lo que legítimamente les corresponde, en la Justicia, en la Municipalidad, en los medios, en las instituciones intermedias, hasta que logren lo que les corresponde.

Por el bien de sus hijos. Por el bien de todos, pues no queremos, como pueblo, ser parte de esto. El pueblo no es así. Tal vez los gobernantes, pero nosotros no.

Norman Robson para Gualeguay21

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