Un pibe, un cura, una historia

Son días de desahogos, de liberaciones, de rendir cuentas. Son días en que todos esperamos que la justicia de los hombres pueda curar los espíritus heridos de los inocentes. “Dios quiera”, responde alguien que me escucha mientras me preparo para la entrevista.
Un rato después de declarar frente al Tribunal, frente a un ejército de abogados, y frente a su victimario, el pibe nos regaló unos minutos de charla en la plaza, tranquilos. Se lo veía en paz con él y con el mundo.
A la pregunta sobre como estaba, respondió: “Bien, porque pude sacarme toda la mugre que tenía adentro”.
Sin preámbulos, el pibe comienza a contarnos su historia, sin pelos en la lengua.
“A los once años empiezo a ir a misa. Un día me manda a decir por un monaguillo que me quedara después de misa que quería hablar conmigo. Me quedo. Me ofrece ser monaguillo. Le digo que sí”.
“Al año empezó con los abusos. Tenía doce años. Me llevaba a la pieza de él.
Nadie sospechaba nada. Recién me entero ahora de los otros abusos. Yo pensaba que era el único”.
“Hoy, en 2017, un nene de doce años ya sabe todo. Yo, en aquel momento, no sabía que era masturbarse ni nada de eso. Y este viejo degenerado me masturbó a mí”.
“Nunca se lo conté a nadie. Fueron cinco años que yo no hablaba con nadie del tema”.
“Todos los días que yo iba a la misa me mandaba mensajes para que lo visite y ahí abusaba”.
“Se destapa a raíz de que el primer nene, de doce años, le cuenta a la mamá. Cuando sale eso fueron dos semanas que yo no podía dormir. Estaba en otra cosa todo el día. Me preguntaba: denuncio, no denuncio, le digo a mi mama, que hago. Hasta que agarré coraje y hablé. Fui el segundo después de Silvia. Yo ya era mayor”.
“Él manejaba mucha gente. A mí me echaron del trabajo cuando hice la denuncia. Trabajaba en la Cooperativa. El fin de semana me buscan pelea. Así que me fui a Buenos Aires, estuve 6 o 7 meses, y después me volví. Yo me dije por qué me voy a tener que estar escondiendo si yo estoy diciendo la verdad. Cuando volví el pueblo seguía dividido, pero ya más a favor nuestro”.
“Este es el desahogo de muchos años. Yo quise que se haga justicia hace muchos años. Mirá. Me pasó a mí desde los once años. ¿Y todos los otros nenes? Tengo a mi hermano, menor de edad, y también fue abusado por él. Todo difícil es”.
No quiero que se quiebre. No se lo merece. Las palabras del pibe bastan para pintarnos una más que escalofriante historia.
Cuando terminamos, le pregunté qué hizo cuando salió de declarar, y me respondió: “Cuando salí la abracé a mi mama, y lloré, y lloré, y lloré”.
Al dejarlo, nuevamente junto a sus padres, crucé la plaza. En un banco alejado cuchicheaban los fans del cura. Desde el medio de la plaza vi que, bajo el cielo azul, de un lado de la plaza, se erigía la iglesia, y del otro, enfrentándola, los tribunales.
Huelgan las palabras.
Norman Robson para Gualeguay21

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