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Un recurso que nos distingue

En el pasado, no hace mucho, mirábamos a las naciones y las valorábamos según su PBI. Según el caso, después de ponderar su enriquecimiento económica, considerábamos su potencial militar, su extracción de hidrocarburos o su producción de comodities. Pero, contra un virus, de nada sirven la riqueza, las armas, el petróleo, o el alimento. ¿Entonces?

Hasta hace un par de semanas atrás, el escenario global estaba en equilibrio según cuatro factores de poder: el dinero, las armas, el petróleo y los alimentos. Y, alrededor de estos, danzaban oriente y occidente, la derecha y la izquierda, los grandes y los chiquitos, los fuertes y los débiles.

Así fue hasta que llegó el virus, y, todos, poderosos por lo que sea que fueran, se rindieron a él. El virus los obligó, sin distinción, a encerrarse y a meterse su poder en el bolsillo, pues tuvieran lo que tuvieran, de nada les servía contra él. El poder, desde entonces, pasa por mantener la salud.

Pero la salud, en un mundo superpoblado y super comunicado, es frágil y siempre será un problema delicado, ya que cualquier enfermedad se desparramará rápidamente y sin obstáculos. Tan es así que el principal problema que enfrenta el primer mundo es el hacinamiento, el amontonamiento.

Ahora bien, de acuerdo a esto, lo que valía en el pasado dejó de valer, y cosas insignificantes antes, ahora pasaron a ser ventajas estratégicas. Por ejemplo, en este futuro que ya estamos viviendo, más que el oro, la bomba nuclear, un pozo petrolero o silos llenos de alimento, valdrá el espacio.

Sí, el espacio, el territorio. En este contexto de fragilidad sanitaria, ya una nación no se distingue tanto por su PBI, en dólares por habitantes, sino por su densidad habitacional, en habitantes por kilómetro cuadrado. En otras palabras, vale qué tan hacinados estamos comparados con otros.

Se trata de un recurso vital para enfrentar con éxito el nuevo escenario, ya que cualquier replanteo y reordenamiento socioeconómico exige hoy, más que nada, distancias. También nuevas conductas, pero que poco servirán si no hay espacio entre nosotros.

¿Quién hubiera dicho que, en un mundo tan pendiente de llenar espacios, contar con espacio vacío sería tan importante…?

Ahora bien, miremos como queda el mundo de acuerdo a todo esto. Por ejemplo, la densidad habitacional de Estados Unidos es de 33 hab/km2, mientras que la de España es de 93, la de China es de 140 y la de Italia es de 200. Pero, por estos lados, la media argentina es de solo 17 hab/km2, donde la de Buenos Aires es de 54, y la de Entre Ríos igual al promedio nacional.

Esto significa que en un kilómetro cuadrado de la Argentina vive la mitad de gente que en Estados Unidos, un tercio de la de España, el 12 por ciento de la de China, y entre 8 y 9 por ciento de la de italia.

Estos números resultan mucho más notorios al ponderar el hacinamiento en las ciudades, entre las que podemos destacar Buenos Aires, con 15.070 hab/km2; Nueva York, con 10.756; La Matanza con 5.441; Madrid, con 5.266; y Bérgamo, con 2.973. Cifras éstas que contrastan con una ciudad como Gualeguay, con 427 hab/km2; 

Al solo efecto de poder graficar estos números fríos, lo expuesto quiere decir que, en una cuadra de 100 metros, por cada vereda, en Buenos Aires viven unas 37 personas, en  Nueva York unas 25, en La Matanza unas 14, en Madrid 13 y en Bérgamo 7 u 8. En la ciudad de Gualeguay, apenas 1.

Por lo tanto, en este nuevo mundo postcorona, de este lado del mundo tenemos los recursos más valiosos hoy, habrá que ver que tan capaces somos de capitalizar eso y convertirlo en calidad de vida, algo que no depende de un Presidente, sino  más que de él, de cada uno de nosotros.

Norman Robson para Gualeguay21

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