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Una cuestión de naturaleza

Lo que diferencia al hombre y a la mujer del resto de los seres vivientes es su naturaleza, esa capacidad de pensar, imaginar y crear que no poseen ni los animales ni las plantas.

Según estas capacidades, la humanidad logró civilizarse y conformar comunidades en las cuales, aunque con diferencias, establecieron reglas que regulen su convivencia y evolución.

A los efectos de mantener esta sana convivencia y la dinámica de su progreso, las generaciones fueron formadas en el estricto respeto, tanto del otro como de las reglas establecidas entre unos y otros.

Para esto, desde los inicios de la humanidad, imperan en el mundo, aunque con diferencias, la ley, a través de las justicias, y el orden, a través de los gobiernos, a la vez que las violaciones y transgresiones son, algunas veces más y otras menos, repudiadas y condenadas.

A pesar de este imperio de la ley y el orden, la humanidad aprendió a aceptar que, a pesar de cumplir las reglas, ocurrían accidentes, pero ello le permitió descubrir y comprender que gracias a éstos imponderables e imprevisibles sucesos podían aprender a modificar las reglas para así evitar nuevos, y así desarrollarse.

Así evolucionó el mundo y la convivencia dentro de él, pues esa es la naturaleza original del hombre y de la mujer, aunque a veces se vea pervertida por extraordinarios procesos socio-emocionales.

Ahora bien, cuando la comunidad comienza a desconocer la ley y el orden porque cree, sostiene y, encima, promueve, que “las cosas pasan porque tienen que pasar”, atentando contra su propia historia, comienza a promover la negligencia, con esta el caos y la anarquía, revirtiendo así el proceso de civilización hacia la barbarie original o animal.

O sea, desentenderse del futuro y evadir cualquier responsabilidad en él es propio de primates o bárbaros enajenados de cualquier proyecto de desarrollo humano.

Por lo tanto, es, definitivamente, de necios y estúpidos pretender justificar el desorden y promover el desgobierno imponiendo el “yo hago lo que quiero” sosteniendo que “pasará lo que tenga que pasar”, pues así se condena a la comunidad a la inevitable tragedia.

Norman Robson para Gualeguay21

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