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Volvamos al pasado

En el Día Internacional del Trabajador no faltaron nunca, ni faltaron ayer, los rimbombantes discursos con más palabrerío que sentido, con más quejas y reclamos que homenajes, demostrando que ya nadie recuerda qué es trabajo, ni quién es trabajador.

Dignidades, derechos, reivindicaciones, luchas y defensas fueron algunas de las tantas cuestiones que, como siempre, ayer desempolvaron para loar al laburante. Desde los mártires de Chicago a Perón y Evita, ayer se acordaron de todos, pero nadie dedicó unos instantes a rescatar el significado de trabajador, o el de trabajo. Tal vez a nadie le interesó, o a nadie le convenía.

Es que ayer, en cada rincón del país, se celebró un emotivo acto donde coincidieron muchos políticos y sindicalistas, y, tal vez, no tantos trabajadores, y donde el sentido del trabajo y el valor del trabajador estuvieron ausentes. En realidad, desde hace un tiempo, se han perdido de vista y, en su defecto, han sido reemplazados por degradaciones y perversiones.

Entonces, recordemos primero que es realmente el trabajo y quien es el verdadero trabajador.

El trabajo es producción, es poner en valor una acción que, finalmente, redundará en un producto o servicio, y, por ese valor, el trabajador recibirá su pago.

En la era moderna, el trabajo es un derecho del trabajador que debe ser garantizado por el Estado, así como el salario es la merecida retribución al trabajador de parte de quien lo contrata, y la Justicia así lo asegura.

Todo esto, a esta altura de la historia, es indiscutible, pero lo que la sociedad hoy rechaza es que el salario sea un derecho para los vagos y que estos se lo lleven sin dar nada a cambio. Esto es lo que, un día como ayer, los trabajadores merecían que fuera reconocido y condenado, repudiado.

Tan hipócrita resulta todo, que el propio Perón, para quien sólo valían los trabajadores, y ayer estuvo en boca de muchos, ya en su época sostenía que el trabajo era un derecho que dignificaba al hombre, pero que también era un deber, porque cada uno debía producir, por lo menos, lo que consumía.

En otras palabras, el General ya afirmaba el siglo pasado que el trabajo era un derecho para el trabajador pero, al mismo tiempo, el trabajo lo comprometía a trabajar.

Como podemos apreciar, el legado del propio Perón ayer fue nuevamente olvidado por sus “herederos”, quienes sostuvieron, y sostienen, enardecidos, que todos tienen derecho a un sueldo, aunque no trabajen por ello.

El modelo donde el trabajador tiene los mismos derechos que los vagos y haraganes, y donde salario y subsidio son lo mismo, ya está agotado, pero quienes se autoproclaman trabajadores y defensores de los trabajadores ayer reclamaron volver al mismo, desnudando su irrespeto por la dignidad del trabajador.

La Argentina adolece una crisis cultural sin precedentes, y gran parte de la misma radica en la degradación y perversión de sus valores, entre los que el trabajo está a la cabeza. Debemos recuperar la cultura del trabajo y exigirle al Estado políticas públicas que promuevan el desarrollo y, por ende, el empleo.

No hay excusas, nuestros recursos sobran para darle trabajo a todos los argentinos, pero sin colocar el desarrollo y el progreso en la agenda estatal eso no tendrá lugar y seguiremos postergados económica, social y culturalmente.

Volvamos al pasado en busca del verdadero concepto de trabajo y traigámoslo al presente para retomar el tan postergado progreso.

Norman Robson para Gualeguay21

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