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El silencio, el pato de la boda y el síndrome de Estocolmo

En nuestra querida patria, no son pocos los funcionarios y empresarios que se han asociado en perjuicio del Estado, o de los ciudadanos que los costean y cargan siempre con todos los daños. Ahora bien, al pasar el tiempo y naturalizarse este perjuicio sin reacciones de la sociedad civil, su concierto de silencios la ha vuelto cómplice del abuso, la ha convertido en “el pato de la boda” de este enorme festín público privado, y ha terminado como un rehén de la corrupción con síndrome de Estocolmo.

Desde la mera coima por una infracción de tránsito hasta aquella por la adjudicación de una millonaria obra, el espectro de corrupción es amplio y variado, con dos grupos de culpables: los corruptores y los corrompidos, los dos con el fin de enriquecerse ellos en perjuicio de otros. Pero para que este negocio cierre y prospere, es indispensable la pasiva participación de los otros con su silenciosa complicidad, la cual no solo es anónima, sino, también, masiva.

Así como en el auto infractor hay espectadores que avalan en silencio la coima del conductor al inspector, y hay otros en un proceso licitarorio que también callan, también hay afuera de todo eso muchos más que también eligen hacer silencio ante el desorden del tránsito, o ante calles y rutas detonadas, o ante flamantes paredes ya degradadas, o ante cero kilómetros injustificables, o ante cientos de obras y cosas que no funcionan o no existen.

Propiciado por un ridículo síndrome de Estocolmo, conforme ha pasado el tiempo, estos negocios han proliferado alevosamente y se han naturalizado. Curiosamente, gracias al concierto de silencios de la sociedad testigo, compuesta por las propias víctimas finales del hecho celebrado, ha crecido y se ha consolidado la viabilidad de este tipo de negocios.

Ahora bien, actualmente parecen soplar vientos de consciencia, y la sociedad civil se ha animado a insinuar su pretensión de querer dejar atrás aquel concierto de silencios que aprobaba, y a veces alababa, los negocios en su perjuicio. Parece ahora que querría dejar de ser “el pato de la boda” de quienes se enriquecen en desmedro de su bienestar. Pretendería romper con ese síndrome de Estocolmo que la sometió por décadas a los corruptos de siempre.

Esta incipiente tendencia, nacida a nivel nacional en las juventudes de las grandes urbes, se ha expandido como una epidemia endémica que va contagiando a todos los sectores, sin distinción social, cultural o económica, y va revolucionando el escenario donde tan cómodos operaban todos: políticos, empresarios, dirigentes, periodistas, etcétera. De consolidarse está tendencia, ésto pronto llegará, incluso, a los pueblos más aferrados al pasado.

Conclusión

Sin lugar a dudas, tarde o temprano, romperemos el silencio de este necio concierto, seguro terminaremos cortando con el sometimiento de este ridículo síndrome de Estocolmo, y, así, finalmente, dejaremos de ser el pato de la boda de los impiadosos sujetos que se enriquecen a costa nuestra. Ésto pasará y, tal vez, más temprano que tarde. Pero lo que no sabemos es cuánto perderemos en ese tiempo que tardemos en hacer aquello que debemos y nos conviene hacer.

Norman Robson para Gualeguay21

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