Era una tarde normal y tranquila salvo por los comentarios sobre las impactantes imágenes de la tele mostrando lo que pasaba en Buenos Aires.
“Suerte que estamos lejos”. “Gracias a Dios eso acá no pasa”.
El director de acción social, de muletas, aún convaleciente de un accidente automovilístico, atendía los reclamos de un octogenario sin cobertura social cuando sonó su celular.
Apartándose del lugar con sus muletas, el director atendió la llamada del intendente: “Hay problemas en la plaza San Martín”.
Rápidamente se levantó el operativo y la Sprinter marchó acelerando hacia el norte.
Perón y Martín Fierro. Semáforo en rojo.
Una horda de mujeres venía saliendo del Malvinas para tomar por Martín Fierro. Se cruzaron miradas. Se desviaron miradas. Algunas agacharon la cabeza. Otras disminuyeron el paso.
Luz verde. La Sprinter dobla a la izquierda hacia la plaza.
Dos cuadras antes ya se veían curiosos parados en las esquinas, y de lejos se podían divisar corridas y bocanadas de humo azul.
Ya se escuchaban los tiros y los gritos.
El caos estaba instalado frente al San Cayetano.
Estacionaron pocos metros antes de la plaza, sobre la derecha, y el vértigo se apoderó del equipo de acción social.
Más curiosos irresponsables arriesgándose sobre las esquinas. Grupos de vecinos y vecinas, de distintos puntos de la ciudad, reclamaban a viva voz. Grupos de encapuchados se manifestaban agresivamente. Piedras que volaban e impactaban cerca de las fuerzas. La policía que respondía con balas de goma. El director, siempre en muletas, dialogaba con el jefe policial, con las vecinas del 25, las del San Roque.
El sol caía sobre el otrora tranquilo pueblo de Gualeguay, en el sur entrerriano.
El apocalíptico escenario no cedía en violencia. Los funcionarios a cargo se acercaban. Proponían contención. Proponían calma. Los encapuchados los increpaban, los amenazaban, los insultaban… cara a cara…
“Milico y la puta que te parió…”, “Repartan lo que hay en el San Cayetano…”, “Hijos de puta, entreguen la mercadería…”.
El clima era tenso. Los efectivos hacían retroceder a la horda violenta. Hombres y mujeres eran detenidos e ingresados por la fuerza dentro de los móviles policiales. La patada de una mujer que se resistía volteó al efectivo que se retorció de dolor.
Ya era de noche.
El funcionario insiste en la contención. Insiste en su compromiso de paliar la situación de inmediato. Dialoga con todos los grupos. Hay vecinos que actúan como emisarios.
Los manifestantes, de a poquito, se repliegan en grupos desparramados en la plaza. La cosa parece tomarse un respiro.
Pero se recibe información de grupos en distintos sectores de la ciudad.
El jefe policial le comunicó la situación al director: “Se nos acaban las balas de goma, tenemos que empezar a reprimir con plomo…”
Rápidamente, el secretario de gobierno puso el auto y el director, junto a un oficial, salieron para Diamante en búsqueda de nuevas municiones.
Faltaba poco para la media noche.
El raid duró cuatro horas. Cuatro horas de silencio. Cuatro horas de incertidumbre. Cuatro horas de miedo al desborde total.
Mientras tanto la policía mantenía su presencia en la plaza y el patrullaje de la ciudad. Brotes aquí. Grupos allá. Tiros aquí. Gritos allá.
El jefe estaba de pie cuando llegaron de Diamante. De pie en el patio de la jefatura supervisando las líneas de detenidos acostados en el piso con las manos en la nuca.
Todo estaba bajo control. No había habido grandes desbordes.
Se rearmaron las tropas y se disipó el peligro.
El amanecer sorprendió a los funcionarios de ronda por los alrededores de la ciudad conteniendo los pocos grupos de vecinos que aún deambulaban.
Una ducha y unos mates fue todo el descanso que tuvieron los miembros del equipo de acción social.
De inmediato se procedió a reordenar los recursos, se cargó la Sprinter, y se procedió a enfrentar la convulsión en cada barrio.
El Molino primero, muy áspero, el Malvinas después, también complicado. Y así cada uno en el marco del entramado barrial propuesto desde la cartera social.
En término de pocos días la tranquilidad volvió al pueblo.
La Navidad se vivió en paz y armonía en las casas gualeyas.
Este es un hecho real. Es un hecho del pasado. Pero no por eso debemos desestimar la fragilidad del pueblo cuando está carenciado.
Norman Robson para Gualeguay21

















