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Apuntes sobre cultura en la era de las contraculturas

En estos tiempos en que las contraculturas se apropiaron de las culturas para adoctrinar pueblos e imponer seudo ideologías, surge la amenaza de quitarle la cultura a la política para devolvérsela al pueblo, y muchos, hasta ahora benditos por aquello, comienzan a convulsionar. Frente a esto, es muy poco lo que sabe el propio pueblo sobre qué es la cultura y para qué le sirve. Por eso es bueno recordar porqué es importante, para que así poder decidir qué se le debe exigir al Estado.

A pesar de sus riquísimos patrimonios culturales, desde sus inicios, la sociedad argentina se ha caracterizado por una aguda debilidad cultural, fruto ésta de una exacerbada valoración de todo lo foráneo. Esa debilidad, sin dudas, dejó que siempre la penetraran manifestaciones externas, las cuales fueron minando su soberanía cultural, mientras que el Estado nunca hizo nada por consolidarla.

En las últimas décadas, si bien el Estado comenzó a embanderarse en la incorporación de la cultura a sus políticas públicas, lo cierto fue que solo generó multitudinarias agencias supuestamente culturales, y distribuyó subsidios entre aquellos actores que le fueran simpáticos, para someter y manipular la sociedad a su antojo. Pero, así y todo, la soberanía cultural hoy sigue siendo tan débil como lo fue siempre. Así lo demuestran las novelas turcas y brasileras, las canciones de L-gante y la película de Andrea del Boca.

En síntesis, nunca en su historia la Argentina tuvo una estrategia política que apuntara a la consolidación de su soberanía cultural, facilitando el desarrollo de todos los patrimonios con condiciones que alienten y perpetúen todas las artes y todas las costumbres, promoviendo así el arraigo y la pertenencia de los individuos, y propiciando un fortalecimiento integral de la identidad del pueblo y, así, su compromiso consigo mismo.

Frente a estas coyunturas, es imperativo que la sociedad comprenda que la cultura de un pueblo es el reflejo genuino de su esencia, de su identidad, de lo que lo hace ser como es y distinto de otro, como su ADN. Al igual que en los individuos, la identidad es el único argumento que puede unir y fortalecer a un pueblo, ya que es lo único que puede motivar a sus individuos a comprometerse con éste.

Como solo la identidad logra amalgamar los intereses comunes de los individuos, solo una identidad fuerte puede consolidar un patrimonio cultural, mientras que una identidad débil solo puede hacerlo vulnerable. Un pueblo con identidad tiene carácter, sabe lo que quiere, y logra lo que quiere, pero uno que no la tenga definida es permeable a las influencias del entorno.

Ejemplos

A lo largo de su historia, Estados Unidos, con Hollywood y Cocacola, colonizó más pueblos que la Corona Británica, y sin disparar una sola bala. Tal es así que, por estos lados, muchos sabemos más de los Cherokis que de los Tehuelches, más de Toro Sentado que de Cafulcurá, más de Custer que de Roca. Tal es así que muchos hemos visto más películas de John Wayne que de Alfredo Alcón y Rodolfo Beban juntos.

En otro sentido, cualquier argentino promedio sabe quien fue Elvis Presley, difícilmente un americano promedio sepa de Charly García. Muchos sabemos quien fue Washington, dudo que algún americano sepa quien fue Rivadavia. Algunos bailamos el rock, difícilmente alguien en USA baile el pericón.

Esto habla a las claras de una soberanía cultural bien consolidada, a la vez que demuestra que el país del norte, desde la primera mitad del siglo pasado, ha implementado una política activa en ese sentido, la cual lo protege de cualquier penetración externa que pueda debilitar su patriotismo, indispensable en la defensa del país.

Otro ejemplo de vulnerabilidad a la penetración cultural norteamericana es Brasil, ya que en su interior rural se han impuesto el foxtrot y los rodeos, donde hasta se estilan los típicos sombreros de cowboys.

Por otro lado, desde hace unas décadas, se ha impuesto en la Argentina la cumbia, música de origen colombiano. Pero eso no pasó porque sí. El pueblo demandaba un ritmo de ese tipo y, al igual que ocurrió en Brasil, por acá nadie supo generarlo con los propios patrimonios, y lo adoptó de otro pueblo. Podría haber sido un chamamé adaptado o reformado, pero nadie se ocupó de hacer que eso pasara.

Conclusión

Por lo tanto, para preservar y fortalecer la soberanía cultural de un territorio, y alimentar una identidad fuerte y genuina, se deben implementar, desde el Estado, políticas públicas que a eso apunten, propiciando los escenarios adecuados para que las artes y costumbres se desarrollen. No se trata de manipular los gustos del pueblo, ni de financiarle patrimonios específicos, sino promover las actividades según todos los intereses comunes de la sociedad.

Estos intereses comunes deben surgir de la sociedad, consensuados a partir de un espacio donde estén representadas las distintas artes y costumbres. Éste servirá para definir un perfil cultural genuino, y determinar qué es necesario para propiciar y consolidar una soberanía cultural fuerte.

El responsable de liderar todo esto es el Estado, a través de su cartera de Cultura Pública, la cual tendrá la responsabilidad de gestionar y articular todos los recursos a su alcance en pos de consolidar la soberanía cultural y fortalecer la identidad, financiando campañas que socialicen las artes y costumbres, y escenarios en los que se potencien esos patrimonios culturales.

Por último, vale agregar que la cultura no es de nadie, sino que es de todos, pues surge como nuestra respuesta genuina y espontánea a los cambios que nos impone la realidad. Es un patrimonio intangible, soberano por sí mismo, que está más allá de cualquier acción de los individuos, ya que no puede sucumbir a ellos, solo puede mutar, transformarse. Mientras haya pueblo habrá costumbres, habrá arte, y habrá cultura.

Norman Robson para Gualeguay21

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