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Carnaval y Pascua, ¿emparentados?

Este fin de semana largo se debe al carnaval. Los carnavales como fiesta pagana datan de unos 5000 años atrás, vinculados a las cosechas y la fecundidad de la tierra, o ligadas a las “bacanales” (por Baco como dios del vino en la antigüedad romana).

Suele estar destacada también la presencia del Rey Momo, que tiene su origen en uno de los dioses de la mitología griega. Es la personificación del sarcasmo, la burla y la pereza.

 

 

Como vemos, es una celebración muy antigua y que va cambiando su manera de expresión según los tiempos y lugares.

En el norte del país quienes participan suelen tirarse con harina, en otros lugares con agua, o papel picado en poblaciones de Europa. Hace unas décadas era común disfrazar a los niños, y según las culturas se hacían bailes de “mascaritos” (una manera de permitirse hacer cosas ridículas sin ser del todo reconocidos).

En torno al Río de la Plata tuvo influencia del candombe y la milonga. Recordemos lo que cantaba don Alberto Castillo: “Siga el baile, siga el baile/ de la tierra en que nací/ la cumparsa de los negros/ al compás del tamboril”. O aquella otra canción que decía que en carnaval “un poco de locura a nadie le hace mal”. Pero preguntémonos: ¿por qué en esta fecha?

La fecha es movible en el calendario pero a la vez es fija. ¿Parece raro? Bueno, es que esta fiesta está atada a la Semana Santa, y se determina de acuerdo con el Domingo de Pascua.

La Pascua de Resurrección se celebra el domingo siguiente a la primera luna llena de la Primavera del hemisferio norte, y esto sucede entre el 22 de marzo y el 25 de abril (por eso a veces decimos “qué temprano cae la Pascua este año”, o lo contrario).

El Domingo de Ramos es el anterior a la Pascua. Desde allí se cuentan 40 días para atrás, y llegamos al “Miércoles de cenizas”, con el que comienza la Cuaresma (por eso el número 40). Y los días previos son los de Carnaval. Desde algunos siglos atrás el sentido del Carnaval era el de tener unos días de fiesta y disfrute de manjares, antes de comenzar un tiempo de austeridad y oración para prepararse a la fiesta más grande: la muerte y resurrección de Jesucristo.

Su etimología nos descubre una palabra compuesta: carne – vale/levare (adiós a la carne o despedirse de la carne), quitar la carne, aunque hay otros posibles orígenes etimológicos con sentido semejante.

Con el Miércoles de Ceniza comienza un tiempo particular. El rito de la ceniza nos recuerda que todo en este mundo es fugaz y pasajero, el tiempo es efímero y la vida humana es frágil. Para que todo no termine en “cenizas” —hecho polvo— debemos orientar la mirada y el corazón hacia los bienes del cielo.

Pero no todo es pasajero o fugaz. Un Salmo reza: “el amor del Señor para siempre”.

Por eso durante estos 40 días se nos insistirá en crecer y afianzar el amor a Dios y al prójimo.

Pero veámoslo en las experiencias propias. Después de un exceso en la comida o la bebida, nos queda un malestar estomacal, pero también espiritual-interior; lo mismo con el desenfreno en el rencor, o en la postración de la pereza. En cambio, ayudar a otros, crecer en solidaridad, promover la justicia, nos deja con el “espíritu lleno”, con una serena alegría interior.

Jesús nos enseñó con una hermosa parábola cómo construir la vida de manera estable y firme: “Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca. Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande”. (Mt 7, 24-25)

Muchas veces nos damos cuenta de que en la vida construimos sobre arena y todo se viene abajo ante los primeros problemas.

Para ser felices nos creó Dios. El Papa Benedicto nos enseña que “se pueden organizar fiestas, pero no la alegría. Según la Escritura, la alegría es fruto del Espíritu Santo”. 

Aprovechemos la alegría de la fiesta y la sobriedad de la Cuaresma que iniciaremos. Crezcamos en el amor a Dios y a los hermanos, y seremos felices de verdad.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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