No es un Dios que puso en marcha el universo y se retiró en su soledad, dejándonos librados a nuestra propia suerte. Tampoco es un Dios irascible, quejoso y mal llevado que anda todo el tiempo de mal humor observando a ver en que nos equivocamos para castigarnos. Menos aún un Ser vengativo, caprichoso y flojo en sus compromisos.
San Pablo lo expresó bellamente “vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20). Yo, vos, todos podemos decir lo mismo.
Cuando se pierde la dimensión trascendente de la vida, va creciendo en la persona un “desierto interior” (cfr. Porta Fidei), todo se vuelve árido e inhóspito. La presencia de Dios transforma ese desierto en tierra fecunda, con diversos frutos para sí mismos y para los demás. Nos da certezas absolutas que nos ayudan a vivir confiados en el Amor que Dios tiene por nosotros.
La fe nos da una familia. Por medio del Bautismo Dios nos hace sus hijos, miembros de su familia que es la Iglesia. “La fe que profesamos es la fe de la Iglesia católica. Si cada uno de nosotros puede decir “creo en Jesucristo”, es porque formamos parte del Pueblo de Dios que canta las maravillas del Señor y que, cada domingo, renueva la fe recibida de los Apóstoles. Nuestro Amén a Jesucristo está sostenido por el “creemos” de toda la Iglesia”. (Orientaciones Pastorales para el trienio 2012-2014,CEA, n 4. Cfr. CEC 166 – 167)
Por eso no solo digo “creo”, sino que propiamente decimos “creemos”. Rezar la fe es una acción eclesial. Proclamamos la fe de la Iglesia. No es un patrimonio mío, sino un don de Dios para su pueblo.
En el objetivo general que nos propusimos trabajar en la Asamblea Diocesana buscamos, “fomentar la espiritualidad de comunión para fortalecer nuestra misión”, y esto se canaliza por medio del encuentro personal y comunitario con Cristo Vivo para renovarnos como discípulos misioneros.
Sin esta experiencia de encuentro confundimos la fe con ideología o voluntarismo.
Pero demos otro paso. El encuentro con Cristo desemboca en el seguimiento, en caminar con Él escuchando su Palabra, reconociéndolo como Maestro.
El Papa Benedicto XVI nos enseña que “Existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento”; “la fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este estar con él nos lleva a comprender las razones por las que se cree” (PF 10).
Como podemos ver “el conocimiento de los contenidos es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia” (id)
No creemos en un Dios amorfo o desconocido, apenas intuido. Él mismo se nos revela en Jesucristo como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se nos da a conocer en su Palabra viva. Nos ilumina la inteligencia y fortalece la voluntad para adherirnos a las enseñanzas de la Iglesia.
Los contenidos de la fe se refieren a Dios y a su obra. Como nos enseñó el Beato Juan Pablo II, hay una Verdad sobre Cristo, la Iglesia y el hombre. “El año de la fe ofrecerá así a todos los creyentes una buena oportunidad para profundizar los principales documentos del Concilio Vaticano II y el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica y de esa manera crecer en el conocimiento de los contenidos de la fe para poder dar razones de lo que se cree” (Orientaciones….CEA n 12). En esta línea nos propusimos “implementar itinerarios de formación permanente para que todos los agentes de pastoral desarrollen su vocación y misión”
Dios se revela en la historia, haciéndola historia de Salvación.
La predicación de Jesús no siempre fue bien recibida. San Lucas nos llevaba a la sinagoga de Nazareth. El Maestro nos dice que Dios lo ha consagrado para “llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos”. Sin embargo, muchos rechazaron su enseñanza durante su ministerio público, y finalmente, con acusaciones falsas lo llevaron a la muerte.
Hoy percibimos con preocupación la indiferencia por la fe y hasta su rechazo, y nos duele la persecución a los cristianos en diversos lugares del mundo. Sin embargo la mayor persecución viene de adentro de la Iglesia. Son nuestros errores, incoherencias, lentitudes, las infidelidades las que más van minando la fe de nuestras comunidades (cfr. Juan Pablo II TMA)
Nuestra mayor amenaza, nos decía el Card. Ratzinger, “es el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgastando y degenerando en mezquindad” (Card. Ratzinger citado en DA12)
Si abrimos la puerta de la vida a un espíritu mundano, todo se desdibuja y torna borroso y opaco. Corremos el riesgo los agentes pastorales (obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, catequistas, docentes, voluntarios de caritas, misioneros, etc.) de perder la mirada trascendente y ya no nos vemos como hermanos. Es la tentación de poner piloto automático para cumplir con comodidad, y el que pueda que se suba. Gastamos el tiempo en sacarnos el cuero y las relaciones se vuelven funcionales. Puede pasar que nos aferremos a opciones que no tienen en cuenta a las personas a quienes debemos servir.
Pablo VI nos decía “la Iglesia existe para Evangelizar”. La fe que no se comparte se va debilitando.
Les propongo afianzar tres actitudes prioritarias para este tiempo (cfr. Orientaciones… n 15-21):
la alegría, que es un don del Espíritu Santo. “Una alegría que es un don inefable que el mundo no puede dar. Se pueden organizar fiestas, pero no la alegría” (VD 123) porque ella es fruto del Espíritu Santo. “Estén alegres en el Señor” fue el lema que el Papa propuso a los jóvenes para el Domingo de Ramos pasado.
El entusiasmo, experiencia de tener a Dios que hace arder nuestro corazón por el encuentro con el Resucitado (cfr. Lc 24, 13) y nos lleva a compartir con fervor y audacia la vida nueva. Nos libera del espíritu quejoso, escéptico que lleva a la pérdida de la esperanza.
La cercanía cordial con todos, especialmente los que sufren, están enfermos o marginados. La manera en llevar adelante la opción preferencial por los pobres es signo de credibilidad de nuestra predicación. Un cristiano, una comunidad, una Iglesia Samaritana es la que reclama y necesita el mundo de hoy.
Estamos en marcha. El camino de Asamblea Diocesana nos ayuda a vivir la fe y comunicarla con alegría y entusiasmo misionero.
Si alguien te pregunta de qué predicó el obispo en la misa Crismal, decile:
Jesús me ama y entrega la vida por mí,
Me tengo que cuidar del gris pragmatismo,
y el amor de Dios es también para vos.
Monseñor Jorge Lozano

















