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Convivencia vial: El desorden y la inseguridad como factores de preocupación

El orden y la seguridad de una comunidad son de las principales funciones de cualquier gobierno, mientras que el desorden y la inseguridad son un claro signo de su ausencia. En particular, un tránsito ordenado y seguro por las vías públicas de una ciudad es una responsabilidad exclusiva de su gobierno. En Gualeguay, la convivencia vial entre peatones y tipos de vehículos que se vive es tan caótica que la suerte es el factor gracias al cual no sufrimos tantos siniestros y tragedias. Pero la realidad alimenta la preocupación.

En la vía pública conviven cinco tipos de actores: los peatones, los ciclistas, los motociclistas, los automovilistas, y los transportistas en utilitarios y camiones. A estos se suma un séptimo espécimen: los conductores de chatas 4×4 como si fueran autos. Cada uno de estos convivientes carga su particular estado emocional. Sin lugar a dudas, ordenar y asegurar la convivencia de todo este universo en movimiento por las calles de Gualeguay no es una tarea fácil, pero si imperativa, y de exclusiva responsabilidad del gobierno municipal, que éste debe cumplir.

Se trata del desafío de normar, regular y controlar, con infraestructura, política pública, y recursos humanos, el tránsito y la interacción pacífica entre todos los tipos de vehículos y los peatones dentro de la ciudad. Pero la realidad está muy lejos de eso.

La repentina ocurrencia de un conductor de doblar hacia uno u otro lado, o la de frenar sorpresivamente para ver si fulana está en casa; las bicicletas transitando parsimoniosamente por la izquierda, o por la derecha de a cuatro a la par, cubriendo el ancho de la calle; el utilitario estacionado sobre la derecha para descargar, o el camión maniobrando en la esquina para poder doblar; y la motito que viene haciendo zigzag y sobrepasa por la derecha, o el motomandado que se aparece a alta velocidad por la izquierda, son algunas de las sorpresas que acostumbra dar nuestra ciudad.

Ni hablar cuando a mitad de cuadra, entre los autos estacionados, sale un peatón, o peatona, a cruzar la calle con cinco gurises de tiro. O cuando llega un auto a la esquina, y, quien viene por la derecha, clava los frenos para dejarlo pasar, desconociendo totalmente su prioridad, y quien viene por la izquierda cruza como si nada. Ni hablar de la rotonda, donde hay conductores que tardan en entrar y que, después, frenan en cada entrada, hasta que salen, olvidando que quien rodea la rotonda tiene prioridad.

Claro está que esto tiene sus momentos picos, temprano a la mañana y al mediodía, cuando hordas de gurises en bici, motos convertidas en colectivos escolares, y mamis y papis semidormidos, copan las calles apurados porque llegan tarde. Definitivamente, la baja ocurrencia de tragedias es una cuestión de pura buena suerte.

A pesar de esta incómoda e inconveniente realidad, cuando no peligrosa, la política pública vial se limita a operativos recaudatorios que no dejan ningún saldo en términos de orden y seguridad. Dicho de otra forma, desde la Municipalidad no se hace nada por ordenar y asegurar la convivencia vial, y la ciudad se hace cada vez más conflictiva, exasperante y peligrosa.

Para generar una convivencia vial más amigable no hace falta mucho, basta instruir a la comunidad sobre las reglas y normas, imponer el respeto a las mismas, y aplicar un control efectivo y exhaustivo del territorio y su tránsito. 

Solo hace falta recordarles a los conductores, sea cual sea el vehículo que conduzcan, que todos deben cumplir las mismas reglas. Por ejemplo, los conductores deben respetar la velocidad máxima, y quien va despacio debe hacerlo por la derecha, para que quien viene menos despacio lo sobrepase por la izquierda. 

Por otro lado, los conductores, al llegar a las esquinas, deben dar paso a quienes vienen desde su derecha, y los que vienen desde su izquierda deben cederles el paso, mientras que si van a doblar, sea de donde sea que vengan y hacia donde pretendan doblar, siempre deben ceder el paso. Ahora bien, cuando enfrentan una rotonda, deben ceder el paso a quienes vienen rodeándola.

Como complemento, también habría que recordarles para qué están los guiños, las balizas y los espejos retrovisores, especialmente en las motos; y advertirles que se deben usar las luces, al igual que el casco y el cinturón de seguridad, mientras que no se deben mandar mensajitos mientras se maneja. No es una necesidad menor la de tener en cuenta el espejo retrovisor del conductor a la hora de abrir la puerta en la vía pública, el respeto por el semáforo sea con el vehículo que sea, y, en particular, que la calle San Antonio es solo una calle más, cuyo tránsito no tiene privilegio alguno.

Vale señalar que el solo cumplimiento de estas pocas reglas bastaría para ordenar y asegurar, considerablemente, la convivencia vial de Gualeguay.

Por lo tanto, si las energías políticas se concentraran más en conscientizar (educar) a la comunidad, y a mantener un control efectivo y concreto en la vía pública, en lugar de controles recaudatorios, sin lugar a dudas Gualeguay tendría una convivencia mucho más amistosa y menos peligrosa,  a la vez que sus estadísticas no dependerían tanto de la suerte. Pues si un día la suerte cambia, el costo será en vidas.

Norman Robson para Gualeguay21

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