19 julio, 2024 2:42 pm
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El desafío después de más de dos siglos

 

Los hombres habían terminado la faena y cada uno colocó en su morral una sarta de postas de carne roja que todavía estaban tibias.

Mientras tanto, un par de paisanos devenidos matreros acarreaba baldes de agua dulce para bañar el playón.

Esa agua, teñida de sangre vacuna y cargando restos de carne, se escurría hacia la costa donde el río hervía de sábalos, bogas y demás disputándose el preciado botín.

El sol estaba bien arriba cuando ya las canoas de los faenadores se alejaban hacia los caseríos costeros río arriba.

Al día siguiente la jornada sería doble, ya que la chata vendría y levantaría todo el charque y el cuero para llevarlo aguas abajo hasta Buenos Aires.

Así podría ser una postal económica de los albores de nuestra ciudad.

Y de esa forma se iniciaba el ciclo económico en aquellos tiempos cuando San Antonio del Gualeguay era un poblado joven conviviendo en la rusticidad propia de la pampa argentina, explotando el ganado cimarrón, los saladeros y el comercio.

Pronto comenzaría la agricultura, se construiría el puerto y nos convertiríamos en la perla del sur entrerriano.

Si bien no se estaba lejos de Buenos Aires, un extenso laberinto de aguas nos separaba de ella, y el desafío del empresario de aquel entonces era disputar el espacio para su ganado, comerciar la carne y el cuero, e ir construyendo una comunidad pujante.

En aquel entonces no había coparticipaciones ni subsidios, solo el hombre a solas con la naturaleza, y en esas condiciones, con sus propias manos, forjó su porvenir en libertad.

Hoy, más dos siglos han pasado, y mucha agua ha bajado por nuestro río.

Los motores a explosión, la electricidad, el teléfono, el avión, la energía solar, la fibra óptica, internet, son solo algunos de los pasos que dio la humanidad desde aquel entonces.

Un sinnúmero de avances que solo han cambiado el contexto general en el cuál se desenvuelve el hombre, pero la esencia económica, ayer y hoy, sigue siendo la misma.

Hoy, el empresario local se desenvuelve en un contexto en extremo competitivo que lo exige estratégicamente mucho más que en la época de Don Tomás de Rocamora.

Pero hoy, la riqueza macroeconómica de Gualeguay, aquella que la hace competitiva, sigue siendo su valioso patrimonio natural y su inmejorable ubicación geográfica.

Por eso, ante tan ricos atributos, la estrategia también sigue siendo la misma: articular su explotación en pos del desarrollo.

En definitiva, el desafío, ayer y hoy, sigue siendo disputar un espacio productivo, colocar el producto en los mercados externos, y proyectar una mejor calidad de vida siempre en libertad. O sea, trabajar y prosperar.

Amanece. Acaba de terminar el turno.

Los muchachos se colocan sus mochilas, de las cuales sobresalen las típicas botas blancas, y parten raudamente sobre sus motos hacia sus casas, no sin antes comprar unas ricas facturas para compartir en el mate.

En la planta, enfundados en blanco, una brigada sanitaria arrasa las huellas del trabajo a fuerza de vapor y espuma, para darle lugar al nuevo turno.

Al mismo tiempo, a pocos metros de ahí, un grupo de operarios descarga animales vivos mientras que otro grupo, en otro lado, está terminado de cargar un contenedor con productos congelados.

Esta podría ser una postal económica actual de nuestra ciudad.

El contexto cambia, evoluciona, el desafío continúa.

Centro Económico Gualeguay

 

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