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El desorden mata: Un Estado ausente alienta tragedias

Más allá de equivocados conceptos de libertad, cuando el tránsito queda liberado al azar, la ocurrencia de siniestros se potencia, y con ésta la pérdida de vidas, a veces de los responsables, pero a veces, también, de inocentes. Para evitar estas cosas la Humanidad inventó el orden, con normas que regulen su convivencia, y su control se lo encomendó al Estado. Es por eso que, en lo público, es tan responsable quien provoca el siniestro como quien no hace lo que debe hacer para evitarlo.

Cabe recordar que un accidente es un hecho casual, repentino, inesperado, absolutamente imprevisible, mientras que el siniestro es un hecho donde intervino el factor humano de alguna forma, razón por la cual es absolutamente previsible.

Ahora bien, la calle es un espacio público compartido por los individuos, y cualquier hecho que allí pueda ocurrir debe estar previsto, y con las normas que lo eviten promulgadas, pero para que la prevención exista en términos concretos debe haber allí un control efectivo que obligue a cumplir esas normas. Ésto es responsabilidad exclusiva del Estado.

En consecuencia, cuando las normas están pero el Estado no está para hacerlas cumplir, desaparecen los límites, cunde el caos y, tarde o temprano, la realidad se tiñe de luto.

En el marco de la República que nos rige, todo el orden de la convivencia de los ciudadanos en el espacio común o público, es exclusiva responsabilidad del Estado, a través de sus fuerzas del orden: En el caso del tránsito, inspectores municipales y policias provinciales. Por lo tanto, es el Estado el único que puede, y debe, ordenar y corregir la convivencia vial con una presencia activa concreta en cuanto al control de la misma. Cuando ésto no pasa, pasa lo que hoy nos pasa.

Responsabilidad individual

Desde hace un buen tiempo a esta parte, el Estado ha alimentado la idea de que cada uno es responsable de lo que le pasa. El caso más evidente fue en plena pandemia, cuando el Estado promovió el concepto de responsabilidad individual, cargando sobre la ciudadanía el control de la propagación del virus, solo para eludir su responsabilidad.

Esa política, a lo largo de los años, ha convencido a la sociedad de que sus individuos son responsables de todo lo que les pasa, y de resolver todo eso, mientras que el Estado es solo un mero espectador, cuando lo cierto es que es éste último quien tiene la responsabilidad, la potestad y los recursos para ordenar la realidad de sus individuos.

De ese modo, el Estado deslindó responsabilidades en la sociedad y se concentra hoy solo en aquello que le es estrictamente conveniente.

Responsabilidad parental

En la actualidad, la responsabilidad de los padres, a diferencia del pasado, se circunscribe a una protección de derechos de los hijos y coarta cualquier imposición de deberes, lo cual, sumado a una influencia mediática que alienta la rebeldía, la indiferencia y la independencia, les ha quitado a los padres gran parte de la autoridad necesaria para incidir en la vida de sus hijos. A diferencia de cómo fueron formadas las viejas generaciones, las nuevas están libradas a su suerte.

El Estado en el mundo

Más allá de las ideologías, en el primer mundo, la responsabilidad del Estado está bien clara y asumida, tanto por los gobiernos como por las ciudadanías. No se trata de “Estados paternalistas”, sino de Estados haciéndose cargo de su rol ordenador de lo público y protector de derechos individuales.

A nadie en el mundo le cabe duda de que es necesaria una autoridad que arbitre las relaciones de los humanos, plena de roces e interferencias, pues sería anárquico y caótico librar a los individuos a su decisión.

Conclusión

Para que impere el orden es indispensable un Estado presente, sólido y fuerte que enfrente su responsabilidad y actúe en consecuencia haciendo lo que debe hacer. En lo que se refiere al tránsito en la ciudad, si bien son convenientes las campañas de concientización, nada se logrará con éstas si el Estado no asume de forma activa en el territorio su rol contralor.

Es imperativo y urgente que desde el Estado municipal se implementen estrategias efectivas que impongan el orden en la ciudad. Los operativos de tránsito tradicionales que se hacen solo en el centro, más allá de su conveniencia recaudatoria, ya demostraron que no suman a un mayor cumplimiento de las normas vigentes.

Solo la presencia del Estado en cualquiera de sus formas evitará tragedias.

Norman Robson para Gualeguay21

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