17 julio, 2024 8:33 am
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El Diálogo interreligioso

El Diálogo Interreligioso es una dimensión, una experiencia espiritual de encuentro. Cada uno coloca al otro en un lugar de autenticidad, de integridad y de reconocimiento; en tanto otro, que es diferente en sus creencias, habla su decir y yo lo tomo para aprender, sin dejar de ser quien soy ni renunciar a mi propio decir.

El Diálogo Interreligioso profundo, no la versión protocolar, mediática, de realpolitik, reconoce el largo camino y el arduo trabajo que ha implicado llegar a este encuentro. Sobre este logro de los referentes emblemáticos de las religiones, que dieron inicio a este recorrido, es preciso profundizar en la contribución que todavía adeudamos: el diálogo entre aquellos hombres y mujeres que integran cada una de las religiones.

 

 

 

Estamos lejos de un diálogo interreligioso de la gente. Hemos logrado que los referentes institucionales se encuentren en una conversación, no las personas, en los términos de la profundidad que este diálogo implica. A esas conversaciones para sostener la unidad en lo común y profundizar la riqueza en la diferencia, aún no hemos llegado.

Si uno ingresa al espacio del diálogo como estrategia, no está en la celebración de la diferencia; la acepta para reclutar, manipular, administrar en beneficio propio. En cambio, si se parte de la convicción de celebrar al otro en su diferencia en el diálogo, el primer beneficio es para uno mismo, al restituir la unidad de la creencia en la diferencia de la propia propuesta.

Si las religiones, en este caso las monoteístas y de tradición revelada, planteada que D-s es uno, principio axiológico en el que creemos, en consecuencia, todos somos hijos del mismo Padre.

Si somos hijos de un mismo padre, somos hermanos. Pero aquellas cuestiones que no discutiríamos en una familia, las debatimos en la humanidad. En una familia no interpelamos al padre ni a ningún hermano sobre su lugar en el grupo. El sistema afirma que somos familia y que cada uno tiene un espacio en la mesa como hermanos.

Tal vez nos gustaría hacerlo; no obstante, maduramos, no nos “comemos” a ninguno de los hermanos, aunque íntimamente sigamos creyendo que uno es el mejor, el privilegiado, el que merece el amor de los padres por encima de los demás hijos. Los padres son los mismos padres, todos somos hijos, pero no existe la posibilidad de llegar a un acuerdo sobre la manera en que cada hijo los internaliza y los representa.

Este mismo concepto en el Diálogo Interreligioso, siempre está por ser confirmado; invocando a la verdad que D-s es Uno, Padre, todavía estamos debatiendo quién es más legítimamente hijo entre los hermanos.

Un diálogo profundo permite la aceptación fraternal. Si somos hermanos, la misma mesa implica compartir coordenadas de tiempo y espacio, un lugar común de unidad. Estamos reunidos, nos encontramos y nos preguntamos acerca de lo común. ¿Lo que nos acerca es mayor que los que nos diferencia?

Probablemente. No cancelamos la diferencia, por el contrario, la afirmamos. Le dedicamos la misma energía a lo común y a lo diferente. Así avanzamos.

Fragmento del libro Celebrar la diferencia. Unidad en la diversidad del Rabino Sergio Bergman

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