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El viaje inesperado de un vecino de Carbó

Tomaba unos mates, a eso de las 8, cuando a Luis Cámera se le ocurrió encender el televisor. Quería saber qué había pasado con la sudestada en el delta del Paraná. Y lo primero que vio fue que el tren binacional estaba por partir desde la estación de Pilar, en Buenos Aires.

Entrevistaban a una mujer que viajaba a Villaguay, en Entre Ríos. Pero antes de llegar ahí, sabía que el servicio iba a pasar por la estación Carbo, a sólo 13 kilómetros de Gualeguay, donde él vive con su mujer y su hija.

 

 

Tomó el teléfono y llamó a un amigo, con el que habían decidido días atrás, mientras trabajaban juntos en el campo, viajar en el primer servicio del ferrocarril que volvía a cruzar la frontera con Uruguay. No lo pudo encontrar.

“Yo no puedo ahora viejo, y la nena tampoco. Pero tu deseo es hacerlo”, le dijo su esposa, con la que lleva casado más de 50 años.

Fiel a su entusiasmo, decidió embarcarse sólo con la única idea de llegar hasta el final del recorrido, sea cual fuere. “Preparame una muda nomás, que me voy entonces”, le dijo Luis a su mujer.

“Los mejores viajes son los que salen así, sin pensarlo. En algún lado encontraré un lugar para quedarme, y después voy a pasear y conocer gente”, cuenta ahora Luis, de 75 años, ya arriba de la formación, con su pequeño bolso acomodado sobre uno de los tantos asientos vacíos. Lleva unas bombachas de campo, una camisa a cuadros, un suéter sin mangas, unas zapatillas de cuero blancas y un pañuelo al cuello.

“El tren les da vida a los pueblos y ayuda a la gente”, dice a LA NACION este hombre de campo, oriundo de Gualeguaychú. Su afirmación se comprueba en cada una de las estaciones que atraviesa el tren en su camino por Entre Ríos rumbo a Uruguay: familias, chicos, ex empleados ferroviarios se acercan a sacar fotos, a saludar a los pasajeros y a conocerlo por dentro.

En Carbo, un pueblo al sur de Entre Ríos donde se sube Luis, una mujer se acerca al tren con los ojos llorosos. Se llama Griselda Godoy, tiene 60 años y, muchos años atrás, servía café en uno de los ferrocarriles que corrían por esas vías. “¡Hace cuánto que no se escuchaba el silbato del tren!”, dice, y se queda parada junto a la formación hasta último momento, viendo cómo se aleja por la llanura.

Luis anota cada una de las estaciones en las que el tren frenó, en un cuadernillo que guarda cuidadosamente en un bolsillo de su camisa. “Este viaje son diez años de vida para mí. Yo creía que este tren no iba a andar por acá nunca más”, dice, y promete que cuando el servicio funcione a diario, va a viajar con su familia.

Ahora es el turno de la aventura: llegar hasta Paso de los Toros, en Uruguay, ver dónde puede quedarse a dormir, y después ya ocuparse de visitar las termas del lugar y pasear un poco hasta la próxima salida del tren, el lunes a primera hora de la mañana.

La Nación

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