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Futbol: Política antiviolencia distingue al fútbol español

La reacción del aparato antiviolencia de España y su fútbol ante una alevosa falta de respeto a un jugador desnuda las distancias que separan a nuestra sociedad del primer mundo europeo. Esta respuesta paraestatal contrasta gravemente con la realidad que sufre la Argentina, en general, y su futbol, en particular, en cualquiera de sus versiones. Un ejemplo digno de ser considerado, sino imitado, en el fútbol vernáculo.

El pasado 5 de febrero, en el Estadio de Vallecas, durante el partido en el que se enfrentaron el local, Rayo Vallecano, y el Sevilla FC, un espectador pre adolescente, sentado en primera fila, y con total alevosía, le metió el dedo en la cola al jugador visitante Lucas Ocampos (argentino), cuando estaba por ejecutar un lateral. El hecho fue captado por las cámaras televisivas, en las que se aprecia la contenida reacción del jugador.

Frente a lo ocurrido, la Liga Nacional de Fútbol Profesional, conocida como LaLiga, asociación deportiva integrada por los 20 clubes de la Primera División española, anunció la interposición de una denuncia contra el autor del incidente ante la Fiscalía de Menores.

Como consecuencia de lo ocurrido, solo 9 días después, el Ministerio del Interior comunicó que la Comisión Nacional Contra la Violencia en los Espectáculos Deportivos, conocida como Comisión Antiviolencia, entidad compuesta por las instituciones y el Estado, propuso ayer miércoles una sanción de 6.000 euros y la prohibición de acceso a cualquier recinto deportivo durante un año para el agresor.

En el mismo también se señala que Antiviolencia consideró el incidente como un grave hecho contra la integridad del futbolista, a la vez que remarcó la actitud de los jóvenes involucrados burlándose del hecho. Al mismo tiempo, señalaron que la alevosa acción provocó la interrupción del encuentro durante varios minutos.

Ahora bien, este hecho y la inmediata reacción institucional contrastan con la realidad argentina, donde la violencia en el fútbol tiene un amplio espectro de manifestaciones, desde el apriete a jugadores y las agresiones a éstos desde las tribunas, hasta los enfrentamientos entre hinchas, tanto del mismo club como de clubes distintos, y las muertes resultantes.

Por estos pagos, donde imperan la impotencia e indefensión de cualquier víctima, cualquier hecho de estas características no habría ido más allá de la burla, los insultos, y, seguramente, de una reacción violenta. Esta cadena de eventos no habría inmutado a autoridad institucional alguna, y solo provocaría una reacción violenta de las fuerzas de seguridad.

Raro sería que en esta sociedad alguien aperciba a un menor por tocarle la cola a un jugador de furbol cuando ni siquiera se castiga a un menor que asesina.

Estas realidades enfrentadas entre un fútbol ordenado, sin fosas que separen espectadores y jugadores, y un fútbol liberado a su suerte y en manos de autoridades que poco hacen por un cambio, son lógicos reflejos de una sociedad con orden y autoridad y otra sumida en el caos y la anarquía. Ésto debería despertar una urgente reflexión de la sociedad, de modo de exigir cambios antes de que sea tarde.

Norman Robson para Gualeguay21

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