Hombres de guardapolvo blanco, gladiadores de la tiza

A mi nunca me tocó. A mi me tocaron la Señorita Susana, la Señorita Inés, y la Señorita Mónica. El pizarrón de aquellos años, por donde yo crecí, era exclusivo de ellas. En otras palabras, no existía un maestro varón. Pero, por suerte, de grande ya, la vida me regaló la oportunidad de conocer a tres gladiadores de la tiza, tres hombres de guardapolvos blanco que no dudaron en entregar su vida a la formación inicial y desarrollo de seres humanos. Tres grandes ejemplos de pasión, vocación y compromiso.

La docencia es una trinchera donde se defiende la civilización de los ataques de la barbarie, y desde donde se sale a conquistar el progreso y el desarrollo: El futuro. En el caso de la educación primaria, es la etapa en que se prepara a los pequeños individuos para aprovechar al cien por ciento las etapas siguientes, en las que adquirirán lo necesario para lograr el éxito fuera de la trinchera.

En otras palabras, en la primaria, los maestros determinan, con la calidad de su entrega, las posibilidades rrales que tendrán sus alumnos en la secundaria. Si ellos fallan, nada se podrá hacer en los ciclos siguientes. O sea, les cabe la madre de las responsabilidades.

A pesar de eso, la educación primaria, en la Argentina, nunca fue una cuestión de Estado, nunca fue respaldada por compromisos políticos ciertos más allá del discurso, y dependió siempre de la pasión, vocación y compromiso de sus agentes, o, cuando no, de la necesidad de tener un segundo ingreso en la familia. De allí la gran participación femenina y los sueldos en general tan bajos. Se pagó siempre según el “con cuánto se arreglan” y nunca según cuánto valía su servicio y la responsabilidad que tenían.

Ahora bien, cuando uno se encuentra con maestros varones, sin lugar a dudas, se encuentra frente a casos de gran pasión, vocación y compromiso, atributos que tuve el honor de conocer en tres maestros: Hernán Taki Almeida, Sergio Bidegain y Gerardo Almeida.

Tres varones de guardapolvo blanco que siguieron su corazón, y que éste los llevó hasta la escuelita 37 de las chacras, donde la trinchera es trinchera en serio, y la docencia se hace apostolado, más allá del aula y de la escuela. Precisamente, esa escuelita de solo tres piezas, tres cargos y una cocinera, a más de cuatro kilómetros del centro, supo seducir a los tres y conquistar sus corazones.

¿Porqué allí? Nunca se los pregunté, pero sospecho que ellos encontraron allí el desafío que buscaban, la consagración de la misión que habían elegido, pues allí es donde se precisaban, y aún se precisan, esos verdaderos gladiadores de la tiza, héroes escasos de esta alicaída civilización en retroceso.

Va aquí mi homenaje a estos tres, y con el a todos los que realmente son como ellos, por su laburo, y un abrazo al cielo al amigo.

Nota del autor: Una vez le dije a Taki: “Que bueno eso de tener un segundo laburito con plata extra”, refiriéndome a su labor de maestro. Taki me miró fijo y me dijo: “El laburito extra es el del diario”. Todo dicho.

Norman Robson para Gualeguay21

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