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Hospital San Antonio: La odisea de un paciente común

En Gualeguay, el acceso a la salud pública viene siendo un desafío desde hace mucho tiempo, pero, en los últimos años, desde antes de la pandemia, el servicio ha ido de mal en peor, en particular en épocas de epidemias. El principal escenario de esta penosa realidad es el Hospital San Antonio, y el protagonista, víctima inocente de ésta situación, es el vecino común. Algunos testimonios permiten componer la odisea que atraviesan quienes “caen” en la salud pública y sufren sus carencias.

Un vecino común que tiene la mala suerte de asaltarlo un problema de salud medianamente grave, y de verse obligado a recurrir al hospital San Antonio, está condenado a sufrir la desidia y el desinterés, cuando no el desprecio, de una administración pública sanitaria a la cual no le importan los pacientes, los supuestos destinatarios de su servicio.

Por ejemplo, quien llega a la Guardia después de una noche infernal debido a cualquier dolencia, luego de un buen rato esperando en la gélida sala de espera, puede ser atendido, “inspeccionado” por el médico de turno, y depositado en un box, donde queda “en observación” por horas hasta que alguien acepte su internación. Éste tiempo puede alcanzar las 12 horas sin que nadie se inmute, y, durante el mismo, por supuestas “normas internas”, ni siquiera puede verlo su propia familia.

Una vez internado en una sala, un paciente común comienza a experimentar su odisea en la salud pública. Como hoy las instalaciones están colmadas de pacientes con pulmonía y otras dolencias pulmonares, se las mantienen abiertas, para que circule el aire, y, por supuesto, el frío. De todas formas, si se pudieran mantener cerradas, los equipos de calefacción no funcionan.

De ese modo, a partir de su ingreso, el paciente sentirá en carne propia las consecuencias de la falta de personal y de elementos básicos. A pesar del frío, dificilmente acceda a un plato de comida caliente, ni tendrá cómo calentarla de manera alguna, salvo que se lleve con él un equipo de camping.

Tampoco tendrá la suerte de que alguien pueda higienizarlo, sino que deberá hacerlo por su cuenta, o por quien lo acompañe, y con agua bien fría, ya que los baños no cuentan con agua caliente. Si la situación llega a límites extremos, quienes estén con él deberán llevarse sendos termos con agua caliente, y la toalla, por supuesto, para secarlo rápido antes de que se congele.

El estado de las camas es otro tema librado a la buena fortuna. Quien sea condenado a largos días de internación, es probable que descubra la falta de sábanas y almohadas en buen estado, y ni soñar que sean cambiadas diariamente. A tal extremo que, cuando el paciente las ensucia, y no queda otra que cambiarlas, se queda por horas sobre el colchón. Y si llega a hacer mucho frío, las frazadas hay que traerlas de la casa.

Como si todo ésto fuera poco, en toda la sala hay una sola “manija” para inclinar las camas, pero solo para aquellas en que ese sistema funciona. Quienes no tengan la suerte de levantar la cama, deberán sentarse para comer, o hacer ayuno.

Estas son algunas de las peripecias que significa la odisea de estar enfermo en el hospital San Antonio, donde la buena disposición del personal no alcanza para suplir las carencias. Una realidad que obliga a la familia del paciente a “mudarse” al nosocomio para contar con lo básico, como si enfrentara una jornada de camping extremo. De lo contrario, un enfermo difícilmente sobreviva.

Norman Robson para Gualeguay21

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