A ver. Este domingo, comienza el mundial de fútbol y ningún argentino, que se precie de tal, va a ser indiferente a eso. Muy por el contrario, ninguno, va a querer perderse un solo partido desde la ceremonia inaugural hasta la definición de Ghana contra Corea en la última fecha. Ni hablar un Alemania contra España, o un Uruguay contra Portugal, y ni se te ocurra enfermarte durante un partido de la selección.
Todo esto se potenciará si clasificamos, más aún si después pasamos a cuartos, y no te quiero decir lo que podría llegar a ser si jugamos una semi y la final. Lo peor es que, mientras tanto, no vamos a poder evitar que alguna colación de nuestros hijos o nietos, o alguna despedida de año, invada el calendario de la campaña de la albiceleste en oriente. No alcanzan los días para todo.
Una vez que se termine el mundial, y el lunes 19 de diciembre nos levantemos todos “a laburar”, campeones o no, todos tendremos que cambiarnos, inmediatamente, del modo celeste y blanco al rojo y blanco de Papá Noel. El domingo será Navidad. Nos esperará una semana intensa en la que vamos a tener que comentar el mundial mientras compramos regalos y nos peleamos por decidir con quién pasamos el 24 y con quien el 31.
El lunes 26, entre sobras frías de pollo, carré y vitel toné, aún bajo los efectos espumosos de cajas de sidra y champú, completaremos la maratón gastronómica de despedidas del año que nos queden pendientes, y agotaremos las posibilidades de ganar alguna de las discusiones perdidas sobre dónde pasar el 31 (“¿con tu madre otra vez?”), y sobre que los chicos se queden, por lo menos, hasta 60 segundos después del brindis.
Y así recibiremos, agotados, extenuados, el año 2023, y tendremos que tomarnos un merecido descanso. Nunca, nadie, en esta Patria, tomó una decisión en verano. No da. El que puede se podrá ir a hacer la plancha en las aguas de Playa Mansa en Punta del Este, y, el que no pueda, se conformará con refrescarse en la Pelopincho del vecino, o de alguna tía. Y, sino le va ninguna de éstas alternativas, en Gualeguay tenemos río y dos meses de Carnaval. ¡Eah pe pé! Por acá, entre las tentaciones de la costa y aquellas de los corsos, cualquiera está a salvo de cualquier estrés. ¿Quién puede laburar en esas condiciones inhumanas?
Así, en un abrir y cerrar de ojos, casi sin querer, será marzo y estaremos “de vuelta en el yugo”, blasfemando por el precio de los delantales y los útiles. Será recién entonces que volveremos a cargar sobre nuestros lomos el futuro del país, para llevarlo al lugar que todos sabemos que realmente se merece. “¡Qué grande mi país, paisano!”.
Feliz año y nos vemos en marzo.
Norman Robson para Gualeguay21

















