De acuerdo a lo que se percibe en el territorio, en un continuo y estrecho contacto con la gente, esta fabulación distorsiva no obedece solo a un capricho social, ni brota de un antojo circunstancial, sino que surge a partir de la angustia propia del desconocimiento y la ansiedad de saber que fue lo que pasó, lo que lleva a los individuos a iniciar un proceso, paralelo al judicial, donde elucubran y especulan a partir de los pocos datos conocidos e, inexorablemente, llegan a una sentencia social.
En este proceso, donde cada vecino agrega sus estimaciones de acuerdo a su competencia, se van tejiendo esas historias fantásticas y fabulosas que, por la propia necesidad, se instalan en la sociedad con indiscutible solidez promoviendo el liviano enjuiciamiento de los hechos.
Ante el altísimo grado de distorsión que logran estos procesos populares, los cuales seguramente terminan afectando los intereses de la justicia, los responsables deciden, ahora sí, imponer la verdadera realidad, pero la bola de nieve ya es tan grande que difícilmente pueda rebatirse la historia instalada, y el intento de esclarecimiento solo contribuye a desacreditar más el concepto de justicia.
Siempre, indefectiblemente, en el consciente colectivo terminan prevaleciendo los mitos y las leyendas.
¿Por qué pasa esto?
Primero, porque los actores involucrados en los procesos, ante el temor de quedar expuestos por sus errores, voluntarios o involuntarios, optan por tender un manto de misterio sobre los hechos, atrincherándose en su soberbia investidura y amparándose en el famoso y nunca tan útil secreto de sumario.
Segundo, porque este blindaje sobre la realidad genera gran ansiedad en la sociedad, disparando el aparato del imaginario popular, potenciado por legendarios conceptos, y adaptado a cada caso según las características mitológicas del mismo.
De este modo, un padre viudo que lleva su hija accidentada al hospital dispara una historia de abuso, una muerte trágica se convierte en una revancha por infidelidad, un accidente muta en un hecho doloso, y, así, un sinfín de historietas novelescas se van agolpando en los escaparates de la historia de una comunidad.
Ante este escenario incómodo, desde los sillones encargados de administrar la ley y el orden, con altanería y desprecio, reaccionan desacreditando al pueblo por chusma y fantasioso, al punto de desacreditarlo como merecedor de a debida información.
Esta actitud no hace más que agravar la situación y debilitar el fino y débil vínculo sociedad-justicia, promoviendo que las condenas y las licencias sociales sean cada vez más arbitrarias, más alejadas de la realidad, y, por consiguiente, menos justas.
Igualmente, en el seno del sistema de justicia hay referentes que, conscientes sobre el daño que esta situación provoca, van conformando la renovación necesaria para recuperar un sistema judicial amigable con la sociedad, más eficiente en término de resultados, y que pueda contener a la sociedad a través de un manejo adecuado de la información.
A esta altura de las circunstancias, es bien sabido que la información no deb ser retaceada ni mezquinada, mucho menos ocultada, sino que debe ser bien administrada, dosificada, incluso, en beneficio de los procesos.
Esta incipiente renovación tiene claro que es preferible brindar cierta información sobre la realidad a que esta realidad sea inventada por la sociedad, atrapándolos en su propia trampa, y ve en la prensa a un socio potencial en la recomposición de su relación con la sociedad, tal cual ocurre en otras sociedades del mundo moderno.
Norman Robson para Gualeguay21

















