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La felicidad ¿se puede alcanzar?


Una de las cosas que más disfrutamos – y mejor nos hacen – es pasar tiempo con los amigos.
Encontrarnos a cenar, ir de paseo, salir de vacaciones o vernos un ratito por unos mates. En esas ocasiones, sean cortas o prolongadas, al tiempo a veces lo experimentamos como corriendo muy rápido y otras como detenido. Pero no nos incomoda.

Compartimos desde juegos, música, alguna película o diálogos hondos que arrancan con ternura malezas molestas que ayuda a sanar heridas nuevas o tan antiguas. No nos molesta hablar, ni los espacios de silencio prolongado.
¡Cuánto bien nos hace la amistad! Jesús, que nos conoce y nos ama de verdad, nos dijo “Yo no los llamo servidores (…), yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn 15, 15) Él quiere nuestra alegría, y que esa alegría sea perfecta. (Jn 15, 11)
Jesús nos elije para ser amigos. Y Él también disfruta pasar tiempo con cada uno de nosotros. No le somos indiferentes. No le da igual que lo visitemos o lo olvidemos. Nos abre su oreja y su corazón para recibirnos, sanar las heridas, alentarnos en el camino de cada día.
En estos días siguientes a la Pascua, estaba pensando que Jesús no puede amarnos poco. No ama a uno mucho, y a otros la mitad. “Habiendo amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1) Esta expresión “hasta el fin” expresa que entregó todo, no se guardó nada. Como cuando somos chicos y nos preguntan  “¿hasta dónde me querés?” y respondemos “hasta el cielo”.
En el evangelio de San Juan que leemos en las misas de este domingo, Jesús le dice al Apóstol Tomás “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. (Jn 14, 6)
El Maestro no sólo enseña, también acompaña y fortalece. Él mismo es Buena Noticia para nosotros.
¡Qué hermosas imágenes emplea Jesús!
No nos señala con el dedo el lugar hacia el cual dirigirnos, sino que Él mismo se hace camino. Por eso permanecer en amistad con Jesús no es aburguesarse o instalarse con comodidad, sino estar dispuestos a marchar, a vivir con el estilo de quien se reconoce peregrinando, de paso por este mundo.
Cristo también es la Verdad, nos muestra quién es Dios, y quiénes nosotros, y qué es este mundo. Nos libera de la idolatría de llamar “dios” a lo que no lo es. Ni el dinero, ni mi egoísmo, ni las cosas, son dioses. Sólo Dios colma el corazón humano.
Finalmente es la Vida en abundancia, el amor que desborda y contagia. La libertad poseída y entregada en servicio.
Me preguntaba ¿se puede alcanzar la felicidad? La respuesta es sí. Pero con otros. No es un regalo individual sino comunitario. Para ser feliz tengo que abrir la mano y el corazón a los demás.
La amistad que nos ofrece Jesús Resucitado no es un sentimiento de bienestar egoísta, sino un llamado a entregar la vida por amor a todos. El encuentro con Cristo vivo nos libera de la opresión del individualismo, de la conciencia aislada. Y quien posee esa alegría tiende a comunicarla a todos.  ¿Te animás a sumarte?
Monseñor Jorge Lozano

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