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La tibieza: Estrategia o excusa de una sociedad ya sometida y resignada

Cuando la crisis se extiende más allá de lo normal, la gente se resigna, naturaliza la contingencia, y todos terminan acomodándose a lo que les era incómodo, tanto que encuentran allí su zona de confort. Como ese proceso tuvo, para ellos, un alto costo personal, hoy todos temen abandonar esa posición y verse obligados a atravesarlo otra vez.  Cuando este síndrome alcanza a toda una sociedad, y se arraiga en su clase dirigente la evasión de deberes, la corrupción de compromisos, y la injusticia resultante. Ante ésto, las voces se alzan, pero no llegan nunca a la acción.

Las conductas, costumbres y actitudes de los individuos siempre resultan de la realidad en la que se desenvuelven. Si esa realidad es cómoda, la respuesta de los individuos es de relajación, pero si impera la incomodidad, los sujetos buscan acomodarse alterando sus conductas, sus necesidades y sus actitudes, e, inevitablemente, sacrificando necesidades.

Ahora bien, en el caso extremo de una sociedad sometida por décadas a la imposibilidad, o extrema dificultad, de acceder a sus derechos, sus individuos se adaptan a esa impotencia y adecuan sus vidas a esas condiciones, por más inclementes que éstas sean. Para ello, no solo sacrifican conductas, costumbres y actitudes, sino que avanzan sobre su propia cultura moral amoldándola al nuevo escenario.

Más allá de ésto, en la intimidad, todos recuerdan la incomodidad, reconocen que no debería ser así, que merecen otra realidad, y que debería hacerse algo para provocar el cambio y mejora, pero, a la hora de llevar todo eso a los hechos, los invaden las dudas y los miedos: Dudan de que sea conveniente y temen un fracaso que los lleve a perder esa comodidad lograda. Piensan que siempre hay otros que están peor y los aterroriza sufrir como ellos.

En este tipo de sociedades sometidas por el poder político, desde la evasión de deberes, la corrupción de compromisos, y la injusticia resultante, en todas sus modalidades, hasta, inclusive, el delito, después de algún rechazo inicial, son primero toleradas y aceptadas, luego compartidas, más tarde adoptadas, y, por último, naturalizadas.

En definitiva, todos terminan adaptándose a este sistema perverso, tanto que en él logran desarrollarse, algunos negando su culpa, y otros, directamente, culpando a otros. Prueba de esto es que en esas sociedades, los cambios no prosperan, y siempre termina imponiéndose el imperio del sometimiento. En estos escenarios, la democracia es apenas una utopía reservada a la hipocresía de los discursos, no solo de la política, sino, incluso, de todo el arco dirigente, oficial, opositor o indiferente.

En otras palabras, reina la tibieza, disfrazada, a veces de recurso necesario frente a la adversidad, otras de estrategia para sobrellevar la desgracia, y otra veces sale desnuda como mera excusa para seguir como se está, y echándole la culpa de eso a otros. Pero siempre tibia, consintiendo la realidad, y evadiendo la propia responsabilidad. 

Es como que los individuos se aferran a un derecho adquirido por el cual perdieron todos sus derechos. Algo así como aquellas y aquellos que saben que sus parejas los engañan, les son infieles, pero eligen ignorar eso, o negarlo, para seguir a su lado por miedo a no encontrar a la.persona que merecen.

Cualquier parecido de una sociedad de esas con la nuestra es pura coincidencia.

Norman Robson para Gualeguay21

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