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Llamados a cuidar lo que es de todos


El creciente individualismo que nos invade nos lleva a valorar casi exclusivamente lo que estimamos como propio, sin prestar atención a lo que nos corresponde a todos. De este modo me ocupaba mi ropa, mi comida, mi casa, mi familia, mi trabajo…

Como si lo primero y único fuera “yo-me-mi-para-mí”, y los demás… después vemos si sobra tiempo.
La crisis ecológica que afronta la humanidad tiene su raíz en una crisis social y antropológica. El Papa, atento y preocupado por los problemas del mundo, nos regaló hace poco una Encíclica “sobre el cuidado de la casa común”. Un documento sumamente claro que te recomiendo puedas leer con atención.
Una de las enseñanzas que nos brinda es mostrarnos la urgencia de una profunda conversión, que la plantea como necesaria a nivel personal y comunitario.
Nos “hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (LS 217). Esto implica “reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro” (LS 218). Pero el cambio personal ──si bien necesario── no es suficiente. Hay que dar paso a opciones comunitarias. “A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales.” (LS 219) “La conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria.” (LS 219).
Hace falta un cambio de mentalidad que se exprese en concreto en nuevos estilos de vida más austeros y solidarios. No podemos tirar comida que falta en la mesa de los pobres. No podemos llenar el planeta de basura no degradable. No podemos aceptar modelos de producción industrial que ponen en riesgo el Planeta.
El Papa nos ha convocado a una “Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la Creación” a desarrollarse el próximo martes 1 de setiembre. Cada uno puede rezar en su casa, o pasar por alguna Iglesia y hacer un rato de oración, asistir a misa o a algún evento ecuménico.
El miércoles pasado Francisco volvió a insistir acerca de la importancia de esta convocatoria. Abramos nuestra mente y nuestro corazón, y pensemos en el modo en que estamos tratando a nuestra Tierra.
Sepamos escuchar el grito y el gemido de la tierra y de los pobres. “Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22).” (LS 2)
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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