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Madres de luz

La madre es la mujer que tiene el privilegio de sentir los primeros síntomas de una vida que se va gestando. Percibe en su propio cuerpo señales que le hacen caer en la cuenta que otra vida está creciendo en su vientre. Este privilegio estará también a la hora del parto. Es también primer testigo de la vida que irrumpe, emerge y nace.

“Te estoy esperando / no demores mucho / porque hay tantas cosas / que hacer en el mundo./ (…) Asomate al mundo y empezá a crecer / porque ya no hay mucho tiempo que perder / despierte, mi niño, despierte, mi sol / despierte, pedazo / de mi corazón”, decía Marilina Ross en una canción que ya tiene sus años pero sigue siendo hermosa.

 

Qué alegría abrazar afuera a quien mimó durante meses en su panza, y poder acariciar esas manos y pies pequeños que empujaban desde dentro en su piel.

¿Te preguntaste por qué a ese momento sublime le llaman “dar a luz”? Es sacar de la oscuridad interior a la claridad del día. Es hacer que quede de manifiesto ante todos qué estaba sucediendo en el interior, y que te puedan decir: ¡mamá!

Tu corazón y el de tu hijo ya latían a ritmos diversos. Ahora lo sentirás cercano cuando lo abraces junto a tu pecho, aun en momentos en que puedan alejarse geográficamente.

Un salmo dice: “Mi corazón no se ha ensoberbecido, Señor, /ni mis ojos se han vuelto altaneros. /No he pretendido grandes cosas /ni he tenido aspiraciones desmedidas. /No, yo aplaco y modero mis deseos: /como un niño tranquilo en brazos de su madre /así está mi alma dentro de mí” (Salmo 130, 1-2). En el regazo materno está toda la paz y serenidad que podemos pretender. Y así se presenta Dios, con rostro y ternura de madre.

La madre es la que sabe hacer que la verdad sea accesible, dulce. Tiene paciencia para comunicar y enseñar. Te necesitamos, mamá, para enseñar:

a rezar, a dialogar con Jesús como amigos.

a compartir lo que somos y tenemos, a desterrar el egoísmo y la avaricia

a cuidar al más débil, a caminar junto a los que más les cuesta.

a perdonar las ofensas, a no guardar rencor ni odio.

a comprometerse con la paz y la justicia, para ser bienaventurados hijos de Dios.

a valorar la vida como regalo de Dios, y cuidarla siempre.

Vos sos ternura y consuelo, apoyo y firmeza.

Sabés que cada hijo es un mundo, no hay dos personas iguales. Respetás el ritmo y los tiempos de cada uno.

Sos madre para siempre. Si tenés que padecer el sufrimiento o muerte de tu hijo o hija, te identificás con ese dolor desde tu maternidad. Y te llaman “madres del paco”, “… del dolor”, “… de Cromañón”, “…de la Plaza”… Porque lo que pasa al hijo se hace carne en la madre.

La Virgen María fue vientre de luz, iluminado por la presencia del Salvador del mundo.

A Ella pido por todas las mamás en su día.

Dios las bendiga.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión de Pastoral Social

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