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Maestra de cuatro horitas

Me sentí muy dolida cuando la Sra. Presidenta desvalorizó la labor docente usando esa tribuna pública tan importante frente a todo un país que cree su palabra como “santa palabra”.

Hasta hoy mis hijos que tienen más de treinta años me recriminan el haber dedicado tanto tiempo a mi función docente, porque a mí no me lo contaron, yo lo viví.

 

 

 

Conseguí trabajo enseguida porque:

-Tenía que subsistir, con mi esposo docente, nos largamos cada uno a hacer suplencias donde podía.

-Las escuelas rurales eran grandes en esa época, pero había que “patear” para llegar sin colectivos, por caminos desolados, haciendo hasta quince kilómetros como cuando titularicé en Isletas del Dpto. Diamante. El regreso era otra odisea, porque cuando trabajaba de tarde, salía a las 16 y 30 horas y me quedaba poca luz solar para llegar de día a mi casa. Sin transporte público en el campo y tampoco en la ruta, muchas veces lloré de angustia y otras tuve miedo.

-Me animaba a viajar de la forma más insólita, hasta lo hice embarazada en la parte trasera de un tractor, en carros y sulkys que eran un solo “traqueteo”. Mi familia necesitaba de mi sacrificio.

-Cuatro “horitas” estaba dando clases a uno o más grados juntos, pero quitándole horas al sueño debía preparar clases, material didáctico, hacer planificaciones, carpetas didácticas diarias, corregir cuadernos, trabajos, exámenes, etc.

-Además de las cuatro horitas muchas veces tenía actividades periescolares que se evaluaban en el concepto docente, importante pues servía de base para la ubicación dentro del orden de mérito básico para la carrera docente.

Después de más de 10 años recorriendo el campo por Costa Grande y Las Cuevas en condiciones semejantes conseguimos traslado a Gral. Alvear, Para la familia la situación mejoró, vivíamos todos juntos en la casa habitación de la escuela pero la tarea se multiplicó en progresión geométrica. Como Directora con grado a cargo tenía:

-Las “cuatro horitas” de clases con la dirección de la escuela a cargo.

-Las cuatro horitas del turno contrario para apoyar la parte pedagógica de los docentes.

-La hora intermedia entre los turnos para atender comedor escolar.

-Reuniones con el personal que en esa época eran fuera del horario de clases.

-Las horas extras para reuniones con organizaciones anexas a la institución.

-La planificación y realización de eventos benéficos fuera de las cuatro horitas para lograr suplir las necesidades económicas que el estado no llegaba a cumplir con eficiencia. Por lo menos uno o dos fines de semana por mes había alguna actividad extra de ese tipo que nos ocupaba todo el fin de semana con las actividades de preparación y posteriores para poner la escuela nuevamente en condiciones para las clases del lunes.

-Todo esto y mucho más, sin dejar de lado lo que detallé más arriba y que era propio de la labor docente áulica.

Si bien es cierto, era la Directora y había responsabilidades específicas por el cargo, los docentes también estaban a mi lado en esos proyectos y participaban con tiempo extra de dedicación.

Si hablamos del comedor escolar, llevaba mucho tiempo en su funcionamiento, planificar menúes, hacer las compras, rendiciones de cuentas , etc, etc. Ni que hablar cuando el servicio de comedor se extendió en vacaciones de invierno y verano, y alguna época en que hubo en sábado y domingo. Ahí ni siquiera vacaciones mínimas tuvimos pues no podía dejar la escuela a cargo de las cocineras solamente, así que fueron varios los años en que ni siquiera a nuestra casa de Diamante pudimos ir.

Por supuesto, mis siete hijos vivieron bien porque estuvieron en familia, pero su mamá y su papá muchas veces seguían de largo en los horarios de las cuatro horas para atender estas cuestiones. No tuvieron acceso a otro tipo de actividades sociales en la ciudad hasta que empezaron el secundario y vivieron esta sobrecarga de tareas laborales de sus padres como una situación negativa. Lo positivo fue que como mi esposo era maestro y además, estábamos en la misma escuela, me liberaba de dar explicaciones que en otros casos hubiera causado un serio conflicto familiar.

Y ahora, después de haberme sentido importante porque mis alumnos me llamaron MAESTRA y aún hoy cuando hombres y mujeres grandes me abrazan con afecto y respeto y casi los siento “niños” por su emoción al evocar momentos compartidos en el aula, ya una mujer madura de 65 años, debo sentir la vergüenza de que me enrostren públicamente que de lástima casi me pagan el sueldo que yo, humildemente, siempre creí merecer.

Carmen Burne de Ruiz Díaz

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