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Más allá de los gustos

El termómetro perceptivo de la popularidad de la presidente, luego de una seguidilla de desafortunados eventos que comenzaron hace meses, pero que se agudizaron durante la última semana en Estados Unidos, muestra una imagen políticamente delicada que fue coronada con sus declaraciones sobre su riqueza patrimonial.

La triste comparación de Harvard con La Matanza, similar a aquella desafortunada Venecia-Villa Martelli, su descripción de los periodistas, similar a aquel desprecio de la labor docente, y sus erróneas consideraciones sobre la inflación y la economía nacional e internacional expusieron un perfil ideológico de la presidente muy distinto al que se venía viendo desde su asunción en 2007.

 

 

 

Más allá de los pensamientos y conceptos vertidos, los modos y tonos en que fueron manifestados, y los ámbitos elegidos a tal efecto, colaboraron con este nuevo perfil, demás antipático para la sociedad, especialmente si persiste caprichosamente en definir un país que no es real y que la globalización impide disimular.

Cabe destacar que esta imagen no le es para nada conveniente en un contexto político de desgaste y en una instancia en la cual no se dispone de una gran caja que pueda usarse para reconquistar parte de la sociedad.

Más inconveniente aún si ponderamos que todavía no se cumplió el primer año de este período.

Del mismo modo, su interpretación pública de los cacerolazos tampoco promueve una conciliación con sectores que antes le eran afines y ahora se sienten sino defraudados, por lo menos no representados.

Y como si esto fuera poco, el círculo de obsecuencia que rodea a la mandataria, con sus rondas de munición gruesa atacando detractores a diestra y siniestra sin argumentos medianamente válidos, aporta barreras y abre grandes espacios entre la jefa de estado y su pueblo.

Por último, como corolario de este proceso que puede ser considerado como de debilitamiento, la presidente se manifestó sobre su propio enriquecimiento patrimonial calificándolo como coherente con su exitosa carrera profesional y política, en una suerte de burla que difícilmente pueden digerir los ciudadanos comunes, menos la castigada clase media.

Ante todo este cuadro crítico y odioso, indiscutible más allá del color político que se profese, alguien del seno mismo del gobierno debería, de forma urgente, imponer cordura, proponer un mea culpa revisionista, e imprimir el correspondiente golpe de timón.

Faltan todavía tres años de gobierno, los escenarios pronosticados no serían de los mejores, y todavía no se vislumbran alternativas, ni propias ni opositoras, que puedan brindar un futuro medianamente seguro.

Es demasiado largo el camino que le resta recorrer a esta gestión y, sin resucitar inexistentes fantasmas golpistas, la actualidad que vivimos día a día promueve la sensación de inestabilidad política y hace recordar aquellos últimos tiempos del malogrado De la Rúa.

Hoy por hoy, la presidente es lo que tenemos y es preciso que quienes ostentan la responsabilidad política de regir los designios de esta nación se avoquen a asegurar la estabilidad política y transmitan seguridad a la sociedad.

Norman Robson para Gualeguay21

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