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Para un ciudadano común, un Estado ausente es peligroso, pero uno indiferente es criminal

Cuando las calles están sucias y rotas, se trata de un Estado ausente, pero cuando esa ausencia redunda en un accidente y el Estado, sabiendo eso, no limpia y repara las calles, se trata de un Estado indiferente. Lo mismo cuando sabe que hay un problema y lo niega, o no lo resuelve, o elige soluciones cómodas para zafar del problema, indiferente a las consecuencias que eso puede traer. En definitiva, cuando un gobierno mira para otro lado porque sabe que lo que hay frente a él impacta negativamente a sus gobernados, se trata de un gobierno criminal, porque no le importan sus gobernados.

Cuando las comunidades (término que viene de común) eligen sus autoridades, lo hacen para que éstas gobiernen todo lo que los gobernados tienen en común. De ese modo, es responsabilidad de esos gobernantes elegidos administrar sabiamente los recursos comunes o de la comunidad, ordenar adecuadamente la convivencia de los gobernados en los espacios comunes, que comparten, y promover acertadamente el desarrollo de sus gobernados en los ámbitos comunes. O sea que es responsabilidad exclusiva e indelegable del Estado todo lo ateniente a lo que sus gobernados tienen en común. Para ello se los elige, y para ello se les paga.

De este modo, las cualidades de un gobierno dependen de la idoneidad y honestidad de los gobernantes. Es el gobierno, a través de sus acciones, el responsable de hacer que el Estado esté presente y activo en su comunidad, administrando, ordenando y promoviendo en beneficio de sus gobernados. Es deber de los funcionarios públicos que conforman ese gobierno que así sea. 

Ahora bien, cuando así no lo hacen, y el Estado se vuelve ausente y pasivo en su comunidad, la realidad de los gobernados se vuelve peligrosa, ya que los errores del gobierno, más el desorden y la postergación que éstos errores le imponen a la comunidad, impactan negativamente en sus vidas. Pero errar es humano y aceptable, lo que no es perdonable es que el Estado, el gobierno, y sus funcionarios, frente a éstos impactos, miren para otro lado, o los nieguen alevosamente, o los corrigan cosméticamente para zafar. Eso significa un grave incumplimiento de deberes, y eso es un crimen en toda su dimensión. Ese Estado indiferente es criminal.

Sin lugar a dudas, la ciudad de Gualeguay no ha sabido generar dirigentes políticos que accedan al gobierno para gobernarla sabiamente en beneficio de sus ciudadanos. Lamentablemente, todos los gobernantes de las últimas décadas han estado más interesados en su sueldo, o en lo que puedan obtener del cargo, por derecha o por izquierda, que en gobernar, y ésto ha afectado seriamente la vida de los gualeyos, sumiendo su convivencia en el desorden, degradando su calidad de vida, y postergando su desarrollo. 

Todo esto ha llevado a Gualeguay, no solo a sufrir una absoluta ausencia y pasividad del Estado, sino que, además, a sufrir su inusta indiferencia. El gobierno actual es absolutamente impermeable a las necesidades de sus gobernados, y está interesado, casi exclusivamente, en sus intereses particulares y en cómo perpetuarlos el año próximo. No le importa la ciudad, ni su orden, ni, mucho menos, su desarrollo, solo le importan las culpas y las excusas que le permitan cumplir con sus objetivos. No le importa ser, solo parecer.

Pero ese, acá, hoy, no es el problema, lo es el silencio, la pasividad, el consentimiento social, la falta absoluta de rebeldía de los gobernados, quienes, con necias tibieza y liviandad, empeñaron su calidad de vida y desarrollo a cambio de una comodidad que cada día se vuelve más incómoda. Si los gobernados fuesen otros, no alcanzarían las gomas a quemar frente a este gobierno.

Todo esto es tan así que quien se reveló contra este esquema de perversión sacrificándose él mismo y señalando abusos que afectan a todos, no pudo romper la indiferencia de este Estado, ni pudo hacer reaccionar a su comunidad. Esto es criminal.

Norman Robson para Gualeguay21

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